LA SUBVERSIÓN COMO EDUCACIÓN POLÍTICA
(Acerca de las distopías)

La política y lo político definen uno de los ámbitos más herméticos de nuestra realidad. Con esto no sólo me refiero a que, para la inmensa mayoría de nosotros, penetrar en el círculo del poder (hecho a su vez de otros círculos) es imposible. Ante todo y sobre todo me refiero a la dificultad de que un ciudadano común y corriente pueda llegar a sentirse entusiasmado por involucrarse de forma crítica con temas políticos. Todos tenemos opiniones políticas y, de hecho, no tener una opinión política es algo políticamente incorrecto, pero no muchos practicamos una reflexión profunda sobre las peripecias políticas y sus resquicios.
Dentro de nuestro imaginario cultural subsiste esta idea implícita, bastante discreta, que nos juzga en silencio si declaramos abiertamente nuestra apoliticidad o un desdén confesado por todo lo político y, muchas veces, incluso, hay quien se refugia en el eufemismo de tener preocupaciones de carácter social, sustituyendo y evadiendo, a través de un ajuste en el vocabulario, el compromiso con el calificativo “político”.
Este gesto que pudiera llegar a concebirse como algo insignificante es, precisamente, uno de los grandes epicentros de nuestra angustia como animales políticos de la modernidad. El gran peligro de una cultura que secretamente nos exige tener opiniones políticas opera desde una agenda perversa: pretende banalizar y distanciar a las personas de una reflexión política profunda. De hecho, la contradicción se vuelve palpable si se observa el contenido curricular de todos o casi todos los programas educativos a nivel mundial ¿Qué sistema educativo en el mundo ‘democrático’ está comprometido con una formación seria de ciudadanos verdaderamente críticos? ¿Cómo es posible que personas ajenas a una cultura democrática (es decir, que no comprenden vivencialmente lo que significa la democracia) estén encargadas de educar a alguien en la democracia? ¿Por qué o para qué no somos educados seriamente en lo político y la política?
Buena parte del problema respecto a la escasez de personas involucradas en una reflexión política de fondo se resume en el problema del desapego político; el cual no sólo es complejo sino que también tiene matices. El problema del desapego político se despliega en dos fases que, por supuesto, son complementarias. La primera fase, o el primer filtro, es el de la insensibilidad política. Todo nuestro sistema educativo, y toda nuestra cultura política, funcionan de tal forma que nos vuelve incompetentes para sentirnos genuinamente indignados, robados, engañados, violentados, etc. Al mismo tiempo, nuestra cultura política está diseñada para incapacitarnos (en la medida de lo posible) a pensar en colectivo, y para desalentar acciones conjuntas; y esto proviene de nuestra discapacidad para generar una empatía o una tolerancia auténticas hacia los demás.
La segunda fase del desapego político corresponde a la parálisis política, que se traduce en inacción, misma que está diseñada de forma genial, pues está constituida por dos semblantes aparentemente opuestos que, sin embargo, son la misma cosa. El primer semblante es la apatía: el cinismo de la indiferencia en todo su pasivo esplendor. El otro semblante es el preocupante: el activismo inocuo, que consiste en la reunión y en la protesta que no llevan a nada (pero que es capaz de generar la ilusión de la acción). En gran medida, el activismo inocuo es una consecuencia directa de una comprensión banal de lo político, aunque, de hecho, la movilización esté cargada de insatisfacción e inconformidad.
La mejor vía para involucrarse en una reflexión profunda es a través de una sensibilización cataclísmica. No es posible pensar agudamente si no se viven las emociones con intensidad: el corazón localiza para que la razón conquiste. Justo en la preocupación de sensibilizarnos en la política y lo político es que las distopías emergen como recursos pedagógicos imprescindibles. Las distopías, también llamadas antiutopías, funcionan como los vehículos estéticos que dotan al acontecer político de un cimiento existencial. Las distopías retratan, a través de un ejercicio imaginativo, mundos en que las pesadillas de la humanidad logran disfrazarse de idilios. Tales idilios, por supuesto, son asumidos y reproducidos por sus habitantes a partir de la seducción de un ideal de perfección, de un mundo en el que la desdicha y la desesperación logran desaparecer de la conciencia, de modo que una simulación lo suficientemente verosímil y veraz sea capaz de generar un orden eficiente, aparentemente incuestionable.
Todas las distopías son paisajes en los que se propone una sociedad en la que logra suprimirse la idea del error y la idea de la alienación. Por esa razón, probablemente el tema que sostiene todas las distopías es el de la felicidad. Sin embargo, la finalidad de las distopías es desenmascarar la gran impotencia, la gran infelicidad, el gran aburrimiento, la gran angustia, la gran mentira, que sirven como soportes a una vida fingida, que no se ha obtenido a través de una sinceridad originaria; impidiendo así que las personas se descubran genuinamente a sí mismas, en toda su generosidad o en toda su perversión.
Las distopías son fuerzas educativas porque sirven para despertar la sensibilidad política (entre otras cosas), nos permiten abrirnos hacia el horizonte de una reflexión profunda, son, fundamentalmente, catalizadores que nos permiten apropiarnos de nuestra musculatura analítica y emocional en torno a lo político. El impacto estético de una distopía no se detiene en esto, sino que puede ir más allá. Puesto que sus raíces pueden ser capaces de crecer insospechadamente, el impacto significativo de las antiutopías puede alcanzar un momento de incertidumbre y de expectación, ocasionado por su contacto con el enemigo público más peligroso de cualquier anquilosamiento: la imaginación.
Afortunada o desafortunadamente, es imposible alcanzar la felicidad o la infelicidad sin ayuda de la imaginación. Del mismo modo, la imaginación es un recurso que por sí mismo no guarda lealtad hacia ningún tipo de virtud o de crueldad. Por esa razón la imaginación siempre supone un riesgo, no obstante, es un riesgo que debemos aceptar si deseamos crear otro mundo. Un mundo en el que el sistema político no despolitiza a sus ciudadanos o, lo que es lo mismo, un mundo que no nos eduque para fingir una politización. Para formarnos en el pensamiento crítico primero hay que empacharnos de las emociones que nacen en vientre de la política y lo político: hay que leer a Ray Bradbury, a George Orwell, a Aldous Huxley, a Alan Moore. Es necesario aprender a pensar por nosotros mismos, a escuchar, a expresarnos, porque de eso depende que podamos llegar a imaginar una desobediencia civil más creativa y contundente (evitando la violencia en la medida de lo posible), para salir de la rutina inefectiva de las marchas y la clausura temporal de las calles.