La Esperanza a Modo de Rebeldía
La Asamblea Nacional Constituyente fue. A pesar del carácter inconstitucional, ilegitimo y controversial del proceso, la semana pasada los constituyentistas ocuparon el Palacio Federal Legislativo. Y, como primer acto simbólico, acompañado por el tradicional cántico del “¡Volvió, volvió, volvió!”, reintrodujeron los cuadros de Chávez y “el nuevo Bolívar”.
Lo que parecía ser la única victoria de la oposición en los últimos años se disolvió. El PSUV no solo retomó el Palacio y el Poder Legislativo, lo desfiguró a su preferencia y conveniencia, y en el peor momento económico, social y geopolítico de su historia logró amasar los puntos críticos del poder y hegemonizar las instituciones.
El PSUV parece ser más fuerte que nunca, más invencible que nunca. Cada guarimba que se le plantea la declara como derrotada, y de cada victoria hace una fiesta; una fiesta a sí mismo. Luego de 4 meses de protestas continuas y por primera vez desde la muerte de Hugo Chávez, anuncian más de ocho millones de adeptos a su proyecto.
Pero, la verdadera victoria del PSUV está en la desmoralización de aquellos que no los reconocen como un gobierno competente o legítimo, pero si un partido ganador, una dictadura impenetrable. Las bases opositoras no se reconocen como minoría, pero la falta de logros tangibles las obliga a reconocerse como incapaces de acción.
Tampoco se creen el cuento de los ocho millones, pero se creen el de los 3.7, o 2.8, que pudo más que los 7.5.
Un Maestro en la Perdida
Hugo Chávez siempre fue un mal perdedor. En los pocos desaciertos que le brindó su historia política tendía a perder la gracia, pero nunca la victoria de vista. Acudía a discursos revanchistas, desprestigiaba al ganador; siempre con actitud de picao’.
Chávez tomó cada obstáculo como una oportunidad. Luego del fracasado golpe del 4 de Febrero aprovechó la ventana que le proporcionó la prensa para anunciar el prolongamiento de su causa, en vez de la derrota permanente. En el 2002 aprovechó la presión económica y mediática para asfixiar la economía y la libre prensa, utilizó cada acción para justificar una reacción más fuerte.
Chávez recomendó a sus contrincantes “administrar sus victorias”, pero no les dio oportunidad para ganar espacios.
El post-chavismo o madurismo, que es simplemente el chavismo sin Chávez, ha sido torpe al intentar imitar esta hazaña, hasta estos últimos meses. Maduro aprovechó la presión para justificar la ruptura con la constitución del ’99, en busca de más poder para el partido. Ha intentado disimular sus fracturas y aparentar autosuficiencia pese a su aislamiento internacional. Y la MUD en momentos de urgente liderazgo no logra reconocer sus victorias y deja a sus bases desconsoladas, acepta los términos del chavismo y sufre un golpe a su convocatoria.

Fiesta a la Democracia
Para mantenerse políticamente comprometidas las bases opositoras deben sentirse representadas, debe existir un sentido de pertenencia, deben sentir que lo que hacen importa y va en línea con la acciones de sus líderes. El sentido de pertenencia y de acción, de poder, están directamente relacionados. El reconocimiento del poder es el principal combustible del ejercicio de dicho poder.
El profesor Mires, tan familiar con la dictadura actual como con el plebiscito chileno de 1988, recomendó hacer de la fiesta electoral del 16 de Julio una celebración a la democracia, contrario a una protesta fúnebre a la dictadura.
El sufrimiento no vende, la victimización no atrae. El chavismo entendió esta idea desde temprano, la oposición por otro lado, no se convence.
La oposición tiene que celebrar sus logros, tiene que mantenerse optimista. Frente a un estado opresor que busca exterminar cualquier pensamiento de disidencia, la esperanza es una forma de rebeldía, de incomodar a la dictadura. La existencia de un pensamiento distinto a lo que vende la maquinaria oficial es crítico para una organización que se soporta en una imagen inventada.
Por supuesto que las celebraciones vacías son tan delusivas como el declinismo político, pero en los últimos meses han habido más capturas de espacios de las que la MUD ha querido aprovechar y el PSUV ha sufrido más derribes de los que ha querido admitir. Es tan irresponsable tratar al PSUV como un partido con ocho millones de votantes activos, como lo es ignorar su poder sistemático.
Independientemente de la futura agenda de la MUD, debe involucrar a las bases como agentes de cambio y la campaña debe enfocarse en acciones concretas y alcanzables. Las victorias se deben defender, celebrar y anunciar como el restablecimiento de la democracia. Se debe entender al contrincante, anticiparse y no estancarse cuando la dictadura rompa las reglas del juego.
Hasta sus últimos días el poder usará toda su maquinaria para crear una imagen de implacabilidad; no puede ser esto motivo de desaliento, sino de constancia.
