Sólo una línea.
“Insanity is relative. It depends on who has who locked in what cage.”
(La locura es relativa. Depende de quién encierre a quién en la jaula.)
― Ray Bradbury

La rutina es agotadora. Las mañanas en el departamento son cortas e irritantes. La ducha fría, el café amargo, el ambiente muerto, en silencio…
Estamos enfrentados. Café tibio, dos cucharadas de azúcar. Yo prefiero tres.
-¿Había mucho tránsito anoche?
-¿Te aburriste mucho acá?
No hay conversación digna de recordar en los próximos minutos. Ya omitimos el beso de despedida, el abrazo del encuentro, la caricia del cariño. ¿Los roces nocturnos? Otra rutina, más espaciada, paralela, que nunca nos satisface juntos: igual de monótona.
La puerta de madera desvencijada del departamento rechina como de costumbre. El ascensor, frecuentemente defectuoso, lo obliga a uno a utilizar las escaleras. Tres pisos a pie son suficientes para cansar a cualquier cristiano a esa hora del día. Recorro los pocos metros que separan a las escaleras de la puerta vidriada del edificio (custodiado por un gran espejo que cubre toda la pared lateral), giro la pesada cerradura y me sumerjo en el denso aire de verano.
Sorteo las mesas del bar que se ubica a continuación del edificio, donde son habituales los gritos desaforados, el agite de camisetas, las cervezas, los saltos, los abrazos y las riñas en cada fecha importante de fútbol. Caminando dos cuadras más, me dejo envolver por la oscuridad propia de la entrada del subte hacia el Microcentro de la Ciudad de Buenos Aires.
Sólo un pequeño letrero identifica la oficina en la que trabajo. Es una sorpresa para la mayoría de los clientes y empleados (incluido yo mismo, al momento de aceptar el trabajo) que en ese edificio se desempeñe un pequeño emprendimiento. Es un lugar de donde uno espera ver salir una señora con tapado de piel, cigarrillos largos y mucho Botox, comentando el último performance de bailando por un sueño o lo fino de la vajilla de Mirtha Legrand, más que otra cosa.
Pero en estos largos años la sorpresa se había esfumado. Una suerte de ciclo interminable había invadido las horas laborales: comenzaba con la lista de errores, sin repetir y sin soplar, que mi jefe había encontrado en las redacciones del día anterior. Puntos, comas, malas expresiones, palabras “que podrían ser más exactas”, diseños “hechos con la amargura de tu cara”, entre otras críticas constructivas. Luego, con el café de media mañana, leía lo solicitado por los clientes. Cumpleaños de 15 de una adolescente con mucho dinero, bautismo del hijo de un maestro, despedida de soltera, etc. Luego de redactar la pila de invitaciones que se me pedía, les daba un formato y las mandaba todas juntas al correo de mi jefe, quién, cansado de renegar con empleados desmotivados y de ver desfilar a su asistente en busca de fotocopias inútiles, ya se había vuelto a su casa. Por supuesto, varias horas antes que el resto de nosotros.
Entro a la antigua torre donde se encuentra mi oficina. Unos “buenos días” y unas “buenas tardes” que nunca lograron coincidir se cruzan entre la portera y mis labios. El ascensor tiembla: el chasquido de la puerta me da la bienvenida. En el espeso bigote de mi responsable se confunde un saludo con los extensos minutos de sermón. “Cómo no, Gerardo. Usted me espera que me acomodo en la silla y ya mismo lo estamos resolviendo”.
Ya sentado en el escritorio, veo llegar a mi compañero del baño, hurgándose la nariz. El tipo, un caño. Podía pasarse horas y horas frente al equipo tecleando, sin descanso. De almorzar ni hablemos, sólo se levantaba al baño. Tomar agua tal vez. Y seguía golpeando el teclado con furia en los dedos.
A medio paseo del sol, suena un pitido agudo, intermitente, molesto: la hora de la retirada. El saludo a mi compañero de pupilas grandes, el chasquido, la portera. El aire a esta hora está más liviano, la gente más irritada. Esquivo bolsos, zapatos y anteojos llenos de poca paciencia y emprendo el viaje de vuelta. Sorteo las mesas, la pesada puerta del edificio que nunca logro abrir con una mano. Afuera, se cierne una nube gris sobre un cielo azul oscuro, con vetas anaranjadas. Adentro, el espejo me devuelve una figura alta y delgada, envuelta en el traje rayado color gris topo, de clásica camisa blanca y corbata negra, vistiendo zapatos de suela floja y una pequeña abertura a la altura del dedo gordo.
La tarde se cierra sobre la ciudad. Los empleados volviendo a sus casas, los tórtolos adolescentes volviendo de sus helados, los niños y las niñas regresando de sus plazas, me encuentran subiendo los tres pisos a mi apartamento. La puerta que rechina descubre la cara lánguida de mi compañera, cansada, que evita mis ojos y mueve nerviosamente las excusas que la alejan hacia otra habitación. Desaparece tras el marco de una puerta.
A pesar de todo, hay algo que sí me recibe alegremente: el jugoso y chorreante churrasco, aromatizando el ambiente, distrayendo las monotonías, relajando los músculos quejosos que se acomodan a la figura del sillón. Ceno despacio, saboreando cada bocado. Se me eriza la piel de sólo pensar la ducha helada que anticipa el final de la comida. Luego de la ducha, claro, a la habitación. Me acerco, despacio, cierro la puerta con ternura. Pero la mirada que me aguarda es áspera. Leyendo un libro, a la luz del velador, no se escucha más que su respiración. Me saco la corbata, la camisa, me cambio los pantalones. Ordeno un poco mi propio desorden, paso por el baño, me aseo. El reflejo me devuelve las ojeras marcadas, las ganas pisoteadas.
Me paro frente a la cama: la luz del velador ya está apagada. Las palabras faltan en el ambiente. La garganta se asfixia de la tensión. Nadie dice nada. Me acomodo en el costado derecho del colchón. Ahí mismo, donde los minutos se vuelven infinitos, los centímetros de sábanas parecen kilómetros, ansío el sueño que nunca llega, la zozobra que desespera.
La luna da su vuelta cotidiana, rueda por las estrellas, se acuesta sobre el horizonte.
Tenue, se hace un lugar entre las cortinas. Sigilosa, me roza los párpados, me acaricia las pupilas. El hilo de luz se mete en el cuarto, entrometido. Miro a la ventana: sólo un gran nubarrón gris se aprecia desde el interior.
Se despliega una mañana para nada innovadora. El desamparo de la habitación me exige retirarme. La ducha fría, el café amargo, el silencio. La ausente presencia que estorba, ese muro infranqueable que construimos. Dos cucharadas de azúcar y le extiendo la infusión: ahora, parece no ser todo el intercambio.
-Llegaste tarde anoche.
-No parecías muy preocupada.
-¿Salís hoy después del trabajo?
-Vuelvo tarde, otra vez. Al jefe se le ocurrió comprarle trabajo al salón de fiestas de Simbrón. Tenemos para rato. ¿Vos?
-A lo de mamá, a la tarde. Pero voy a estar para cuando vuelvas.
El rechinar de la puerta me despide, despreocupado como cada mañana. Escalones, escalones, más escalones para volver a contemplar el traje, acomodar el pelo, y emerger nuevamente de ese extraño bloque vacío de emociones: el edificio. En la calle se anuncia un superclásico para esta tarde: empiezan a llegar al bar los habituales clientes que reemplazan a sus parejas por ese ambiente que presagia transpiración, alcohol y gritos desaforados.
La boca del subte, el edificio, la portera. Estaciono el desgano en el escritorio. Me acerco al baño, donde mi compañero se erguía de manera apresurada frente al lavado, como si hubiera estado bebiendo agua con los labios apoyados en la canilla… sobre una mesada que se encontraba extrañamente seca.
Un par de sorbos al café y comienzo las redacciones del día.
Las horas son interminables. ¡Quién manda semejante cantidad de enunciados! Y qué cantidad de festejos. Qué cantidad de palabras incoherentes que logra pronunciar el jefe en tan poco tiempo. Qué cantidad de veces que pasa la asistente con las mismas fotocopias. Qué bien vendría un poco de agua, un poco de soledad, de verdad.
Me acerco nuevamente al baño.
Al abrir la puerta me reciben sus carcajadas: mi compañero, mira al espejo, se retuerce, se molesta por la reacción de su cuerpo ante la risa. Se detienen las carcajadas. Me observa con seriedad. Nuestras miradas se miden, atentamente. El muchacho extiende la mano… ¿Hacia mí? Doy unos pasos en su dirección, dubitativo. Agita levemente el puño: me está ofreciendo algo. Tiene forma de cigarrillo, como un cilindro, blanco, hueco. Lo sostengo de manera instintiva, dirijo la vista hacia la mesada que apunta con su dedo. Descansando sobre el lavado, tres pequeñas líneas de un polvo color amarillento se impacientan.
“Sólo una”, lo escucho decir.
Atiné a pensar en la cara lánguida, el traje sobrio, las nubes grises, la poca paciencia de mi jefe, el desgano de mis ojos, para luego inclinarme y respirar con fuerza. Picazón en las fosas nasales, se me tensiona la cara. Me obliga a morder con fuerza; debo presionar la mandíbula que, frenética, se esfuerza por salir de los cachetes. Mi compañero empieza a agitar los hombros, abre la boca, amaga a soltar otra carcajada; en su lugar, un líquido verdoso cae de la comisura de sus labios. Entra tambaleante al cubículo y devuelve todo el contenido de su estómago sobre el inodoro.
Aprovecho, doy media vuelta, me vuelvo a inclinar y aspiro con fuerza dos veces más. Las arcadas dejan de retumbar y un cosquilleo nervioso me envuelve las plantas de los pies: la necesidad de salir inmediatamente.
Me siento en el escritorio. Tengo que tomarme de los bordes para no caer… ¡Todo da vueltas! Las esquinas del escritorio, las sillas, las puertas se desdibujan e inclinan continuamente. ¿Acaso estamos sumergidos? El corazón se acelera. ¿En qué momento entramos a esta pecera enorme?
El aire comienza a faltar. ¿Cómo era eso de los peces? ¿Branquias? Las ventanas estaban más herméticas que nunca. Pareciera que, más allá de la fuerza que se pudiera emplear, no iban a abrirse. No por voluntad propia. El extractor de aire, las rendijas de las puertas. Todo cada vez más cerrado. El bombeo del corazón cada vez más acelerado.
Debo escapar.
Dale. Dale. El ascensor no viene. El botón no hace luz. La desesperación se nota en cada presión de mi dedo sobre el botón. Tal vez cuantas más veces lo golpee, más rápido vendrá. ¡Ding!
Se abren las puertas del elevador. Los callos de mis pies saltan al interior. La oscuridad invade todo por un momento. El corazón se queda quieto, por fin, en su espacio. Hay música suave de fondo, muy en el fondo de la armonía. Los hombros me cuelgan, flojos, livianos. La camisa es de pronto muy suelta, los pantalones casi que se me caen. Se acumulan los silencios de todo el globo en el pequeño ambiente, la paz invade las sienes, relaja los párpados…
Un chasquido; la viscosidad de la urgencia del Microcentro invadió mi alrededor. Mis rodillas –bien ligeras- se movían hacia la entrada. A mi derecha una silueta permanece en silencio, murmurando con la boca muda. Los latidos de mis zapatos acaparan toda mi atención: no hay nada más que escuchar. Un pequeño empujón y salí.
El sol me punza con toda su crueldad. Miles de agujas me persiguen, me pinchan, me irritan. Debajo de los árboles, el enjambre se calma. Donde se calman las agujas, retoma el escalofrío. Escalofrío que se convierte en temblor, en ansiedad, en frenético entusiasmo. Zigzagueo entre señoras esbeltas y muchachos delgados, entre zapatillas desatadas y energías desordenadas, esquivando la jauría de gente que decide ir en dirección contraria, sólo para molestarme.
Una luz verdosa se impone sobre el cielo. Invita a cualquier transeúnte a cruzar ese mar de asfalto y calor. Veo el destello verdoso y me animo a cruzar. Ese destello verdoso pronto se convierte en rojo, rojo sangre, sangre prometida por dos columnas enormes de autos que no frenan -ni van a frenar-, que avanzan intrépidos sobre la senda peatonal. Rápido, rápido. Dale, paso largo, saltito, corrida, salto largo, y a rodar y a rodar. Tropiezo con el cordón, mientras detrás de mí se confunden las columnas de autos. La acera me recibe con un golpe seco.
Los escalones al túnel de la rutina subterránea, también.
El aire a limón y aire acondicionado me dejan pensar. Pensar en las figuras que me rodean, me acorralan. En cada estación nos apretujábamos más. Un roce en la nuca, volteo la cabeza. Nada sospechoso. Nada decoroso. La gota de sudor no deja de resbalar por mi sien. Las gotas de sudor no dejan de resbalar por la sien de ninguno. Un murmullo molesto alborota el lugar. “¡Cállense!”. Pero la garganta no obedece. Suelta un pequeño gruñido y se recluye en su cueva de inacción.
El vagón deja de moverse. Mis piernas, rebeldes, se tensan hasta el extremo. El chasquido de la puerta da la alerta. Se prenden fuego las pantorrillas y los pasos se alargan, hasta lo impensado, eludiendo un pequeño duende sucio que extiende sus manos. El calzado golpea duramente las baldosas: se agita la respiración, se nubla la vista, se ensordecen los oídos por el zumbido del aire cruzando a toda velocidad por la carrera.
En el bar la situación era de un desorden similar. Me detuve, anclado por mi propio calzado. Un tumulto de gente bloquea la calle. La masa se agita, vuelan latas de cerveza, gritos desaforados. Brindan por su propia borrachera, hinchas de ningún equipo. Debo rodearlos por la acera.
Ya frente al edificio, apoyo un hombro sobre el pesado metal, y cede. Me sorprende la cara un hombre, con las pupilas enormes y el contorno oscuro de los ojos. La expresión es de desquicio. El pelo desordenado y mojado, sobre la cara, oculta las vergüenzas. En su piel se dibujan rayas y en cada pie una boca. Está quieto. Destila espanto.
Se escucha un chillido. Apuro el paso y comienzo a trepar la escalera.
Uno, dos, tres.
El débil destello de un foquito desgastado batalla en la oscuridad para conquistar el descanso. Se hace imposible discernir mis propios dedos. El camino se desenvuelve entre lo iluminado por la pequeña lámpara y el enigma de las paredes mal pintadas.
Uno, dos, tres.
A lo lejos se escuchan más gritos amortiguados, pausados, rítmicos. Podría ser cualquier apartamento. Pero tengo la certeza de saber cuál es. Ciego, los pasos se convierten en saltos y los metros que me separan de la entrada se esfuman: en la penumbra, empujo suavemente la puerta de madera. Rechina, claro. Siempre desvencijada. Agazapado, escucho los gritos. El sonido es molesto, continuo, perturbador.
Tac, tac, tac.
Me perfora la cabeza. Me tapo los oídos, pero la desazón se escurre entre mis manos. Se siente un tintineo de cubiertos. Dos manos recorren en la negrura un camino que conocen a la perfección. Algo muy bien afilado parece salir del cajón.
La luna se refleja sobre el metal.
La alfombra, suave, oculta mis movimientos. Me desplazo a mi gusto, sabiéndome invisible. Creyéndome inesperado. Deseándome sigiloso. Los gritos se sienten cada vez más cerca, ¿O eran gemidos?
Tac, tac, tac.
Camino discreto, cambio de cuarto. Ya no se escucha ninguna amortiguación sobre los gemidos. En las tinieblas, algunas sombras se mueven rítmicamente, a su antojo. Huele a transpiración, a lujuria. No hay churrasco, ni cara lánguida, ni reproches, ni excusas separadoras.
Tac.
Un paso suena en el piso. Ya no hay ritmo. El silencio inunda la habitación. El mundo deja de girar por un segundo. No hay coches en la calle. No hay vecinos en los departamentos. No hay más que tres narices expectantes. Seis pares de ojos buscan explicaciones en el sosiego de la habitación sin luz. Hasta que comprenden.
Se escucha un alarido. Prolongado, a dos voces, fuerte, bien fuerte. Que se callen. Mi muñeca se mueve totalmente confiada entre la confusión de varios brazos que se agitan sin sentido. Hay un breve forcejeo, alguna mano sin destino que corta la tranquilidad del aire.
Una de las voces se detiene, con un grito ahogado. La otra, un instante después, también.
El cuarto se vuelve eterno. Las paredes no encierran y el techo no limita. Sólo se escucha un latido de corazón. Un latido firme, renovado. La armonía se acomoda a sus anchas, se extiende, se relaja. No hay forcejeo, ni movimiento rítmico, ni caras lánguidas, ni agua fría, ni café amargo. Sólo hay sosiego.
El sosiego propio de la soledad.
Me llevo la mano a la cara y algo cae al suelo. Me limpio las gotas húmedas que salpicaron. La cara llena de sudor y olor a hierro. Pocos se hubiesen atrevido a insinuar, en este momento, que era sangre. La cama, más hundida que de costumbre, me acobija agradablemente. Totalmente exhausto, me acomodo en el lado que me corresponde del colchón. No podría haber notado nunca, en tal estado de agotamiento, la silueta que descansaba a los pies de la cama, o el cuerpo inerte que yacía del otro lado del colchón.
En el lado que me corresponde puedo dormir, después de tanto tiempo, plácidamente.
