Juego de Egos

Constantemente reviso el celular para ver si hay notificaciones nuevas. Las clasifico por color. Las verdes y amarillas son las mejores, Whatsapp o Snapchat, después siguen las azules, Facebook y Twitter. De esas no espero mucho, ambas redes han perdido importancia para mi, al igual que las de Instagram que están de último lugar, la mayoría son perfiles falsos y likes sin importancia a fotos antiguas. Una vez termino con el resto de las redes, alrededor de cada 15 minutos, abro el Grindr. 
Aún no entiendo como hay gente que paga el Xtra para tener notificaciones todo el tiempo. Mi record personal son 13 mensajes en 20 minutos. Antes los dejaba acumular, me hacía sentir bien verlos llegar hasta 1000. Era un puntaje que me calificaba como hombre “deseable”. Es raro como esa pequeña aplicación amarilla se convirtió en una manía extraña por obtener la atención del mayor número de personas a tu alrededor. 
A medida que pasa el tiempo empiezas a aprender las reglas, quien habla primero, que perfiles son reales, los emojis que indican los roles sexuales, las abreviaturas con signo pesos que indican quienes cobran por sexo, las millones de fotos de abdómenes, paisajes, memes y selfies, hasta los perfiles falsos y la calidad de una foto real y una que es de Internet. También aprendes la jerga y el libreto, clasificas a alguien si te saluda con un “Hola” o un “Hey”, las descripciones, los datos, edad, altura, peso, como si esto resumiera todo lo que una persona es, sus preferencias en cada una de las subculturas gais, osos, jovenes, maduros, trans, lo que busca, sexo casual, relaciones sentimentales, charla, netoworking, etc. 
De repente estas jugando este gran juego de egos. La mayoría de personas están a la defensiva, y dependiendo de tu cuerpo y tu cara las posibilidades de ganar son mayores o menores. Los mejores jugadores generalmente son aquellos que solo aparecen en sitios exclusivos de la ciudad como la 93, El Chico, o Chapinero Alto. En estos lugares puedes conseguir a la gente más guapa, a medida que te mueves a la periferia de la ciudad las probabilidades de encontrarte con ellos es menor. Los que tienen las mejores fotos nunca hablan, están allí esperando que se les salude, que alguien se atreva a hablarles, son ellos quienes disponen si contestan o no, si eres digno de atención o no. Así comienza el juego de poderes. 
Es inevitable que toda interacción humana obedezca a una relación de dominancia y subyugación, por más mínima que sea siempre alguien será el dominante y la otra persona pasara a un papel de sumisión automáticamente. Así es Grindr. Si preguntas te expones, bajas la cabeza, muestras que estas interesado y te sometes a la voluntad de otro.
Varios mensajes después, la cosa se convierte en un casting, en una prueba que tendrás que pasar, si quieres sexo o cualquier otra cosa. Los hombres gais son seres que pierden la atención muy fácilmente, tendrás que esforzarte mandar tus mejores fotos, intentar generar empatía en unas cuantas lineas, no verte muy desesperado, pero tampoco totalmente indiferente, al final es un juego de poderes que no lleva a ningún lado. 
Todo es una transacción y generalmente esta llena de agresividad. En el contexto de la situación puedes leer: “me voy a acostar contigo pero no eres igual a mi, no quiero ningún lazo contigo, no me mereces”. No creo que nadie lo acepte, pero dudo mucho que cualquier persona disfrute estar en la aplicación, es una condición de adicción.
Al final el sexo se vuelve mecánico, es como ir al baño, satisfaces una necesidad primal pero lo repites tantas veces que pierde sentido. Sin embargo cuando llegas a ese gran apartamento vacío, lo primero que haces es abrir la pequeña aplicación amarilla, no importa si ya conoces cada perfil de memoria, si has bloqueado a la mayoría, si sabes que en el vecindario ya no hay nada más, lo abres, haces scroll hasta abajo, pones filtros y esperas más que encontrar a alguien nuevo, que ese sonido, esa notificación escándalosa suene, esa es la verdadera recompensa, atención. Alguien se fijó en mi, a alguien le gustó mi foto, levanto, soy digno de nuevo. 
El feminismo ha luchado durante años para que a la mujer se le deje de considerar un objeto sexual, que su cuerpo no se comercialice como un bien más y se le despoje de esa dimensión humana, intelectual y profunda. La comunidad gay en cambio parece querer todo lo contrario, el hombre homosexual desea con ansias ser expuesto y reconocido por sus atributos físicos, en especial por sus abdominales marcados, que parecen ser la moneda más valorada, inclusive por encima de un rostro atractivo, en esta sociedad de redes sociales y apps de citas. 
Se vuelve tan importante mostrar que tienes un buen cuerpo, una vida increíble, y no solo importante, sino necesario para tener una vida amorosa, porque esta generación no ha conocido el cortejo fuera del mundo virtual, el conocer a otros personalmente, tal vez en las fiestas, que es la emulación de ese terreno hostil del Grindr, donde todos se ponen sus mejores pintas, peinados y accesorios y juegan a lo mismo, a eso de mostrar el ego, de ponerse en situaciones de dominancia y sumisión, esta vez en la vida real, con alcohol para quitar la timidez, para dar coraje, y allí volvemos a grabar a tomar fotos, a dejar registro de lo “fabulosos” que somos, de lo marcados que estamos. 
Y entonces jugamos a eso, a entregar pedazos de nuestra vida, perfectamente enfocados, maquillados y editados para obtener la aprobación de una masa anónima, y esto lo cuantifícamos y lo volvemos insumo de nuestra autoestima, de nuestro ego. Al final somos likes, favs y reproducciones. Eso empieza a traspasar la barrera digital y se convierte en nuestra mentira física. 
No sé si al final todo esto es una critica, si así lo fuera, sería hipócrita, como casi todas las criticas, porque no puedes criticar aquello a lo que perteneces, no puedes estar en contra del sistema cuando eres parte de él. Y hubo un tiempo en que no quise hacerlo, no quise pertenecer, quise rebelarme de estas estúpidas reglas heredadas de una sociedad mojigata y machista, pero no pude. La necesidad de “pertenecer” es mayor. A veces quisiera mandarlo todo a la mierda, cerrar mis redes, no volverme a tomar una foto, comer lo que se me diera la gana, dejar de ir a un gimnasio, ser un gordo gay feliz, ¿existe tal cosa? Estoy seguro que no podría ser gordo y feliz, cuando fui gordo de verdad, no mentalmente como ahora, nunca fui feliz, ¿y ahora? ¿Soy feliz? 
Lo intento, al final siento que hago todo este cambio por mi. Sí, lo subo descaradamente a las redes, a Snapchat, y no me importa, porque es la primera vez en mi vida que me siento cómodo con quitarme la camiseta y que la gente vea eso y creo que es valido, porque no espero un like, lo hago porque el solo hecho de subir la foto es un reto que debo superar. Aguantarme las ganas de borrarla, dejar de adelantarme a los pensamientos y prejuicios de los demás. Simplemente ser. Así imperfecto, ex-gordo, un mortal entre dioses de gimnasio.