La roña

– Ya en serio ¿a ti no te dan ganas? Porque así como te veo, tan estóico y sereno pareciera que tienes agua. Si te dieran ganas estarías igual que yo, si hasta parezco gata en celo de las vueltas que doy al teléfono y en lo único que pienso es en el momento en que marques y me digas “Va, te veo en X lado”. Con las ganas que tengo que me digas al menos “quitate las bragas”, así como en esa película ¿te acuerdas? Donde el güey le daba órdenes a la vieja y ella bien que las cumplía todas, calladita y con una sonrisa de satisfacción en la cara que en estos momentos le envidio tanto a la condenada. O que marcaras y no dijeras nada… sólo con escuchar el silencio del otro lado de la línea y la respiración pesada ya sabría que no puedes decir nada, y que sin embargo tienes ganas. Porque las ganas se contagian ¿sabes? Son como la roña que una vez que la tienes la única forma que tienes de quitártela de encima es pagándosela a otra persona. Pero claro, aquí la del problema es esta ñoña que le da vueltas a las mismas cosas por quincuagésima vez sin sacar nada en claro. Porque esta molestia me la pegaste tu hace ya ¿cuánto tiempo? Ah, ya ni sé. Tan sólo recuerdo que te me pegaste y que te olvidaste del asunto y que te has quedado muy tranquilo desde entonces, mientras que yo ardo en fiebre mirando el momento de saltar y pegarle la roña a la siguiente persona que pase, porque esto es asunto serio y antes de que se me queme la papa caliente yo se la paso al siguiente.

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