Temblor.

Despertó con la sensación de estar temblando por dentro. Lo primero que pensó al abrir los ojos, y aún antes de abrirlos, fue que había un motor funcionando bajo la cama. Después de levantarse y poner los pies en el frío piso, llegó a la conclusión de que aquello que hacía temblar la cama también afectaba el edificio. Se arrodilló y buscó sin encontrar nada. Caminó y ahora no solo eran sus pies los que vibraban: eran sus rodillas, su estómago, su corazón y hasta sus ojos.

Podía ver por el rabillo del ojo el rastro de sus manos, la sombra de una milésima de milímetro y sentía como su cuerpo no estaba afianzado. Se sentía a la deriva y con el sentimiento de poder echar a volar en cualquier momento por la ventana.

Lo primero que hizo después de notar que el mundo no temblaba, sino que era ella la que temblaba, fue dirigirse al baño, donde en el botiquín alcanzó un par de aspirinas y las tomó de golpe, creyendo que esa era la solución para lo que consideró que era una migraña muy extraña.

Comenzó entonces el lento y complejo proceso de alistarse para salir: el baño, la ropa, el cabello, el maquillaje; todo ejecutado de la misma forma que lo hacía todos los días y siguió así hasta llegar al desayuno. En ese momento desvió la rutina y decidió saltarse todo lo sólido y tomó tan sólo un vaso de agua. Al beberlo unas gotas se escaparon y resbalaron por su quijada.

No era que no hubieran atinado a entrar en su boca, sino que su boca por un momento no estuvo en su lugar. Después fue el vaso que resbaló de sus dedos que por un momento no lo tomaron. Después la sensación de no estar en el mismo lugar se volvió más grande y desapareció.

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