Sobre el cuidado de la verdad

¿Qué es lo que realmente agrada a Dios?

Imagina a un hombre que recibe un diamante como herencia. De inmediato su corazón se llena de alegría, porque sabe que tiene un gran valor. Así que lo primero que hace es tratar de encontrar la mejor manera de protegerlo. Decide que lo mejor será guardarlo en casa, dentro de una caja fuerte empotrada en una de las paredes de su habitación. Piensa que su tesoro estará seguro allí.

Todos los días mira la caja fuerte, meditando en lo valioso de su contenido. Pero luego, no sólo la mira, sino que la mantiene perfectamente limpia, la lubrica y le da todo el mantenimiento necesario. Sigue pensando que su contenido es muy valioso, de hecho, el más valioso que posee, por lo tanto, no puede arriesgarse a una falla. Pero de lo que no parece darse cuenta es como poco a poco, esta caja fuerte va adquiriendo mayor protagonismo. Incluso comienza a parecer más importante que su contenido.

¿No calificaríamos esto de una absurda locura?

Pues esto es exactamente lo que el Señor puso en evidencia hace dos mil años. El pueblo de Israel había recibido un tesoro único: la voluntad revelada de Dios, y ellos crearon un sistema religioso para protegerla. Con el tiempo este sistema fue tomando tal relevancia, que se convirtió en lo más importante para ellos, dejando la voluntad de Dios en segundo término. Así quedó evidenciado:

Otra vez entró Jesús en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía seca una mano. Y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría, a fin de poder acusarle.
Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. Y les dijo: ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla? Pero ellos callaban.
Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana. Y salidos los fariseos, tomaron consejo con los herodianos contra él para destruirle.
— Marcos 3:1–6 (RV1960)

Los antecedentes

Para Marcos ha sido importante destacar la necesidad de echar el vino nuevo en odres nuevos (Marcos 2:22), y su primer esfuerzo lo hizo narrando el episodio en el que los discípulos recogieron, restregaron y comieron trigo en el Shabbath (Marcos 2:23–28 cf. Lucas 6:1–5). En aquella oportunidad el Maestro dejó claro que el día de reposo fue creado para el hombre y no el hombre para el día de reposo; además que Él es Señor de este día. Tales declaraciones implican cosas muy importantes, entre ellas: que Él es el Creador, quien hizo el día de reposo y quien por supuesto conoce mejor que nadie su propósito. Esto debió haber hecho mella en el corazón de los líderes religiosos, porque de esta manera Jesucristo afirmó su autoridad al tiempo que puso toda la Ley en una nueva perspectiva[i].

Hasta poco antes, el Señor había enseñado y atendido las necesidades abiertamente en la sinagoga (ver Marcos 1:21, 39), por supuesto en sábado, día de culto público; y ellos no habían mostrado ningún tipo de oposición. Lo permitían. Por lo tanto, podemos decir que fue en la ocasión donde el Señor se manifestó como el Señor del día de reposo, que ellos comenzaron darse cuenta de que la enseñanza de Jesús desafiaba al sistema. Su sistema. Mientras este Jesús les desafiaba abiertamente, la idea de destruirle se iba formando en sus corazones (Marcos 3:6).

El rompimiento definitivo entre el sistema religioso judío — junto con sus representantes — y el Señor, se dará en el pasaje que consideramos a continuación.

Un intento de reforma

El acontecimiento que consideramos hoy, se desarrolló dentro de una sinagoga (Marcos 3:1) en la que Jesús había entrado para enseñar (Lucas 6:6), y en la que los dirigentes religiosos «le acechaban», un verbo en tiempo imperfecto que sugiere que lo hacían disimuladamente.

Imaginemos a nuestro Señor impartiendo su enseñanza en la sinagoga, teniendo como oyentes a parte del pueblo, a un hombre con una mano paralizada y algunos líderes religiosos. Los primeros sedientos de palabras de vida, pero los últimos, de venganza. Suponían que Jesús tendría misericordia y atendería la necesidad evidente, pero ahora anhelaban que lo hiciera a fin de «poder acusarle» (Marcos 3:2).

Lo que Jesús hace a continuación representa un desafío aún más firme a estos líderes y al sistema religioso imperante. Jesús pide al que hasta ahora sólo había sido un espectador pasivo, que se levante y se ponga en medio, entre Él y los demás[ii]. Así este hecho nos deja ver que lo que el Maestro estaba a punto de realizar sería esencialmente una lección para todos los presentes, incluidos los que más tarde buscarían su destrucción.

Este acontecimiento era en realidad una oportunidad de arrepentimiento. Quizá, a través de esta enseñanza, ellos se volverían a Dios para honrarle. Aunque esto implicaba abandonar todo el sistema que habían creado alrededor de los mandamientos divinos. Pero no, éste seguía siendo lo más importante para ellos.

Y es que este grupo de líderes ya no buscaba agradar a Dios de ninguna manera. El Señor les había dado un ejemplo con la cuestión del ayuno en Marcos 2:18–22. Las enseñanzas de Isaías 58:6–7 y Zacarías 7:1–10, son muy claras en cuanto a que lo que Dios demandaba era amor hacia él y hacia la humanidad más que pura abstinencia alimenticia, y ellos sólo se quedaban en lo exterior. También habían perdido el verdadero significado del sábado, porque Isaías 56 explica que no consiste sólo en abstenerse de actividad física, sino en «guardar la mano de hacer el mal», pero, ellos deliberadamente desobedecieron este mandamiento, buscando como destruir al propio Hijo de Dios. Por ello es que las palabras dirigidas en Isaías 56 al liderazgo de su tiempo, bien puede aplicarse al liderazgo del tiempo de nuestro Señor Jesucristo. Su corazón era esencialmente el mismo.

Corazones endurecidos

El desafío continúa y se hace más profundo mediante la pregunta dirigida a la audiencia: «¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?» (Marcos 3:4). Es claro que esta pregunta puso en aprietos a los líderes judíos, porque existían tres posibles respuestas:

  1. Hacer el bien.

2. Hacer el mal.

3. Dejarlo así (no hacer nada).

Analicemos brevemente cada una de ellas:

Era prácticamente imposible para ellos responder de la manera más lógica: «hacer el bien», puesto que ellos enseñaban que sólo se permitía sanar si era asunto de vida o muerte[iii].

Tampoco podían responder «hacer el mal» ya que eso atentaría directamente contra toda la revelación divina.

Quizá la salida podría ser «dejarlo así» o «no hacer nada», dando a entender de esta manera que no pecaban de un modo ni de otro, ni haciendo bien para no atentar contra su sistema, ni haciendo mal para no ir contra la voluntad de Dios, pero esta última respuesta tampoco era una opción, ya que la raíz (gr. kakós) de la palabra usada por Marcos (gr. kakopoiéo) denota la ausencia de todo bien, de virtud[iv]. Y tal parece que no intervenir al percibir una necesidad, tampoco era muy bien visto dentro de su cultura[v], lo que nosotros llamaríamos un pecado de omisión (Santiago 4:17).

Ellos entonces «no pudieron responder nada». La palabra usada por Marcos (gr. siopáo) para describir la actitud de los líderes denota incapacidad más que decisión[vi], y en este caso el contexto refuerza esta idea[vii].

Lo que sucede a continuación rompe con la imagen que muchos tienen acerca de nuestro Señor Jesucristo, a quien el imaginario colectivo ha asignado un carácter parsimonioso, casi ausente de toda expresión emocional. Él, al notar la ausencia de respuesta de los líderes judíos los recorrió con la mirada, uno a uno en rededor suyo con enojo o ira, «la más intensa de todas las pasiones»[viii]. Pero la lengua original nos deja ver que ésta sólo fue momentánea, lo que realmente predominaba en el corazón del Señor fue una profunda tristeza[ix]. La palabra que Marcos emplea para describir este último sentimiento (gr. sulupéo) denota cierta empatía o compasión por ellos [x], quizá debido al daño que ellos mismos se hacían.

Pero, ¿qué denotaba esta falta de respuesta? El mismo evangelista lo explica: «por la dureza de sus corazones». De nuevo aquí las palabras son importantes, ya que Marcos usa una expresión que se refiere a «esa piedra yesosa que se forma en las articulaciones y paraliza la acción»[xi], así podemos hablar de un proceso de petrificación. De un corazón durísimo.

Lo verdaderamente importante

Pero aún con todos estos sentimientos, Jesús deja de poner su atención en ellos para fijarla en el hombre sobre quien quería manifestar su bondad. Así que le dijo: «extiende tu mano», y él entonces la extendió y le fue completamente restaurada, al instante. ¿Qué nos enseña esto?

El Hijo de Dios conoce la voluntad de su Padre mejor que nadie. Él sabe perfectamente lo que Dios quiere, así que muestra su misericordia en la vida de aquel que necesita ser sanado, restaurado. Esta es la esencia del evangelio.

Nosotros, el pueblo protestante nos reconocemos también como el pueblo del libro porque tenemos la voluntad revelada de Dios; pero ahora vemos que no es suficiente tenerla, sino que debemos conocerla. Porque conocerla a ella es conocer el corazón de nuestro Padre. Sin embargo, nuestra humanidad siempre nos llevará por caminos equivocados, y debemos tener cuidado en no hacer de nuestros sistemas lo más importante. Por eso debemos ir a Jesucristo, Él es el único que nos puede revelar el corazón del Padre en su plenitud, y llevarnos así por el camino correcto.

Él es el único que puede enseñarnos a amar lo que Dios ama.


Notas y referencias:

[i] Para ellos el Shabbath era el corazón de toda la Ley, por lo tanto una nueva perspectiva de éste, daba un nuevo sentido a todo su sistema religioso.

[ii] Colocar una persona en medio es un recurso didáctico usado por Cristo en Marcos 9:36 y por la oposición en Juan 8:3, 9.

[iii] Hendriksen, William. “C.N.T. El evangelio según san Marcos”, p. 84.

[iv] Vine, “Diccionario expositivo de palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento exhaustivo”.

[v] Véase Éxodo 23:4, 5: Aún debían hacer bien a los animales propiedad de su prójimo; Lucas 10:25–37, en la parábola del buen samaritano el levita y el sacerdote pasaron por alto la necesidad del hombre, a pesar de que estaba casi muerto.

[vi] Strong, “Diccionario de palabras originales del Antiguo y Nuevo Testamento”.

[vii] No es extraño que ellos se quedaran sin opciones, cf. Lucas 14:6, en una situación muy parecida.

[viii] Vine, “Diccionario expositivo de palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento exhaustivo”.

[ix] Hendriksen, William. “C.N.T. El evangelio según san Marcos”, p. 86.

[x] Strong, “Diccionario de palabras originales del Antiguo y Nuevo Testamento”.

[xi] Barklay, William. “Palabras griegas del Nuevo Testamento”. Bajo el mismo tópico se añade: “Porosis es el durísimo, y sumamente difícil de extirpar, callo de fractura. En todos los casos, es fácil apreciar que, básicamente, la palabra expresa la idea de dureza impenetrable, como la dureza de los huesos e incluso la del mármol.”