Mía. Dice el diccionario de definiciones colectivas editado por Suipacha que la expresión “Colgala!” es una “Exhortación a demostrar la habilidad de andar sobre la rueda trasera. Hacer wheelie”.

Aniversario

En algún momento preciso pero indefinido, surgió un concepto novedoso, al menos por entonces: el aniversario. Llegamos hasta aquí, este momento es parecido o casi idéntico a ese otro en el cual recién empezábamos; nos resulta imposible no acordarnos dónde estábamos o quiénes éramos cuando elegimos aquel memorable punto de partida. Quisiéramos saber también cuánto hemos cambiado a lo largo y a lo ancho del camino, o si fue el camino mismo el que fue cambiándonos a nosotros. Y encima aparece, más nítidamente aún, un particular interés por las maneras, traducidas en la intención de hacer algo más con todo esto -aparte de sacar cuentas y tomar referencias. Otra cosa tiene que surgir de esta malla desplegada en todas las direcciones desde el Big-Bang hasta el aquí-ahora, y ese algo no puede reducirse, meramente, a tomar noticia de nuestra existencia.

Texto: jf 
Fotos: Lali Zanotti / Épica Vista

Enrique. En el taller todo se comparte: alegrías, penas, mates, criollos y el conocimiento. Taller específico de centrado de ruedas por un mecánico con experiencia.

Noviembre de 2014. Me entero de que en algún lugar están reparando bicicletas, digamos, así por la libre. ¿Así, como fue en Fabricicleta? ¿Así, como (fue en) Bicicueva? ¿Así, como (siempre intentó ser) en Velatropa? ¿Como en las bike-kitchen alemanas, como en las cicloficcinas italianas, como en el Atelier Vélorution francés? Ponéle. Pero no exactamente.

El taller abierto de ciclomecánica denominado “Suipacha” cumplió mil días de existencia en el verano (austral) de 2016. Pudo haber sido lunes o martes, jueves o viernes, o -lo mismo- un domingo. De ser así, afirmaríamos que ninguno de quienes dicen ser sus integrantes se vieron siquiera las caras, salvo fortuitamente. O más notablemente aún, pudo haber sido miércoles o sábado -días de normal apertura del taller- y los asistentes culminaron un milenio de existencia, expresado en días, sin saberlo. Tres meses y moneditas después, festejan el tercer año de vida del taller. Son muy pocos quienes notan que el aniversario propiamente dicho es, en rigor, al día siguiente -obviamente que, para la mayoría, es algo que pasa desapercibido. Les distrae, como de costumbre, reparar bicicletas, utilizando las mismas herramientas en común, los mismos insumos reciclados o comprados con dineros provenientes de rifas y colaboraciones voluntarias. El milésimo día respecto a la apertura del taller no hubo, como en los festejos del tercer aniversario, mesas temáticas de dibujo, serigrafía in situ, pedaleada por el barrio, taller de centrado de ruedas, pizza para todos y torta con velas. Sin embargo, estas diferencias no son la única contradicción en la que incurren quienes dicen integrar el taller “Suipacha”.

Marcelo y Cori. La calle es para habitarla. Cuenteros y viajeros comparten historias y canciones en un festejo barrio adentro. Versionan “Mountain bike” de Las Manos de Filippi. ¿Por qué no?

El resto de los días (puede decirse que en cualquier otro día del año) se producen, invariablemente y con el mismo ahínco, otras eventualidades del tipo “festejo” mientras se olvida, o se deja de lado, otro aniversario importante igual o aún más importante que los mencionados anteriormente. Baste mencionar que, el día correspondiente a su quincuagésima semana de existencia, inauguraron su propio ciclo de cine sin siquiera mencionar la (única) posibilidad del taller de festejar, aunque sea paralelamente, sus propias bodas de oro, expresadas en unidades de siete días. Y por supuesto que no solamente se omiten los aniversarios fijados por un hito temporal: también hubo otros, de distinta naturaleza, tan poco advertidos como los anteriores, por ejemplo: el del décimo kilo-justo de grasa aplicada a algún rodamiento, sucedido a principios de la primavera (boreal) anterior.

Fabri, Mía y Manu saltan. Todos juegan. Las calles de barrio Pueyrredón alteraron su orden. Los vecinos celebran que las calles son de todos. Saben que los días que abre el taller pueden tirar la casa por la ventana.

Lo que verdaderamente rompe la manía de nombrar las cosas o contar el tiempo es estar muy atento al momento en que parece detenerse sobre un pequeño detalle -algo así como visualizar una fotografía y fijarla por siempre en la memoria, sin tomarse siquiera la molestia o el trabajo de sacarla. Por ejemplo, si fuera por la bicicleta misma, podría acordarme que hoy mismo, martes, se cumple una semana justa desde que recibí instrucciones para llegar al sitio adonde estaba quedándome, de visita por Santa Rosa de Calamuchita: “Si vas para el quinto loteo es más corto por aquí”, suelta uno. ¿Más corto, pero igual de fácil? “No-sé, vé-vos” responde el segundo. “Te acompañamos, si querés” propone el tercero. Y me dejo guiar. El más crecido de todos, parado en los pedales, no despega ni a un metro del suelo. Venimos, todos, de reparar -o de intentar reparar- nuestras bicis ahí en la Plaza de los Niños, como es posible todos los martes desde hace más de un año, ahí. Y sucede, otra vez.

Mate. El taller es un proyecto autogestivo. Hace tres años sostiene todos sus gastos con rifas de bicicletas recuperadas por voluntarios y amigos. El precio de la rifa sale desde su origen $5 -aunque el mínimo del boleto pueda llegar a aumentar a $13,50 a pedido de los empresarios del transporte- y se rifan hasta 3 bicicletas!

Dura una fracción de segundo, mínima, pero suficiente para sentir, en ese lapso, una sola convicción -una certeza íntima, y relativa a la vez, como la que percibí al mirar la silueta de los pibes de Villa Incor, recortándose contra cualquier esquina de su propio barrio, las luces amarillas de fondo; o al oír nuestros cuatro pares ruedas contra la calle de tierra, el contacto entre el caucho y la arcilla apretada; o mientras andaba pedaleando de mañana a la vera del Mapocho (hoy la presidenta recibe por primera vez a un grupo de ciclistas en el Palacio de la Moneda), atravesando puentes, lejos de la bulla (la mandataria anunciará la habilitación permanente de una ciclovía recuperada al costado del río); o viendo, ya bien entrada la noche, cómo van repitiéndose, por intervalos regulares, estos graffittis altísimos, pintados a pura caña y rodillo, recubriendo los carteles publicitarios de la autopista (entre diez o doce mil ciclistas, según las noticias). Uno de los avisos informa la hora y también la fecha: 5 de abril. Hoy cumplo años. Casi no lo tuve presente en todo el día; me distraje con las luces y los ruidos, me distrae la torpeza de tu acento y el frío de esta cerveza recién salida de la alforja. Mucha más distracción provee rozar una de tus manos, uno de tus (cinco) dedos mientras intento devolverte, andando, esta lata a medio tomar; pero cómo, cómo decirte que todo, todo esto, junto o por separado, carece de importancia ante eso otro, ante el momento en que las certezas y las incertidumbres son plenas, verdadera hora la vulnerabilidad. Feliz cumpleaños, por A o por B, y despreocupémonos, al menos por un rato. Ni hace falta decirlo, aparte ya lo dijeron otros; esto lo leí en otro lado pero bueno… igual yo sé que vos sabés, así que a buen entendedor… por las dudas, ahí va: estamos (es tan gracioso tu casco), siguiendo juntos (y el espejito retrovisor que le pusiste de costado), un camino con corazón (a ver si alguno te lo arrebata en un semáforo o cuando nos paremos, y a la vuelta ajustáte la botamanga, así no te ensucia la cadena).

Con el festejo del tercer aniversario se publicó un diccionario de definiciones colectivas. Puede verse online completo en el sitio de FB del proyecto: “Taller Popular de Ciclomecánica Suipacha” y así estar al tanto de las novedades de este espacio en Córdoba.
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