Cuando la unidad no se hace de a uno: 2 meses de AGR-Clarín ocupada

Casi sacada de una película barata de espías, la traffic blanca con antenas en su techo acecha inmóvil hace semanas en la vereda de enfrente. Alrededor suyo el crédito de los celulares dura menos de cinco minutos, los teléfonos tienen ruidos raros y de cualquier charla se enteran las fuerzas de seguridad. Bah, de cualquiera no. Solo de las que pasan por los teléfonos pinchados de los trabajadores de la gráfica AGR. Los mismos que hoy cumplen sesenta días de ocupación en la fábrica que los contrataba.

Producción: Emergente

El constante operativo de inteligencia a su alrededor incluye cámaras de vigilancia, patrulleros haciendo acto de presencia en la cuadra cada cinco minutos y hasta amenazas de barrabravas contratados para bardear junto a gendarmería. La impresión neta que tuvo la denuncia que los gráficos presentaron en la fiscalía, acompañada por Pitrola y un pedido de informe a Marcos Peña y Bullrich sobre la inteligencia realizada sin orden judicial que la avale, fue nula.

¿Semejante despliegue de las fuerzas de seguridad estatales para un conflicto laboral? Estas actividades de espionaje deberían estar controladas y seguidas por una Comisión Bicameral de Fiscalización de los Organismos y Actividades de Inteligencia (la lista de integrantes/cómplices aquí) de acuerdo a la Ley de Inteligencia Nacional, aprobada a las apuradas después de la muerte de Nisman. Sin embargo, ninguno de los integrantes parecería haber encontrado el hueco en su agenda para pronunciarse al respecto. Mientras tanto, Gustavo Arribas, quien tiene rango equivalente a un ministro por ser el director de la Agencia Federal de Inteligencia (de presupuesto secreto desde el año pasado) se encuentra demasiado ocupado defendiendo las pruebas de sus chanchullos con Odebrecht como para declarar al respecto.

Cuando 4x2 da millones

Históricamente, las condiciones dentro de la gráfica eran empresarialmente impecables. O sea, neoliberales. Contenían todas las características de lo que hoy se conoce formalmente como flexibilización laboral. O sea, negreo. La mayor parte de los empleados se encontraban contratados en régimen precarizado de cuatro días de labor cada dos francos: el infame 4x2. Los empleados que llegaban a la fábrica lo hacían a través de la agencia externa de empleo CRF. Proveyendo a AGR con servicios de “outsourcing” (eufemismo para contratos temporales y condiciones carentes de beneficios básicos), la empresa abarataba el mayor gasto existente: los salarios. La misma página de la agencia lo dice: Cambiar costos fijos por variables. Los operadores/costos variables rotativos venían sin experiencia y los fijos tenían que enseñarles desde cero a cada nueva rotación. Sus tareas eran magramente remuneradas y hasta sus turnos calzados con botas más baratas. Entre juanetes y charlas con los fijos, los eventuales terminaban yéndose a la siguiente changa sin llegar a ser parte nunca de la planta estable, sin llegar nunca a la unidad.

Para palanquear las negociaciones con los sindicatos, la patronal llegaba hasta el punto de tercerizar un pedazo de los encargos. Se consignaba a otras empresas fuera de la fábrica para alimentar el fantasma de la fragilidad de la gráfica. De la falta de demanda. Del poco movimiento. Estampar sensación ficticia de crisis constante como herramienta para atemorizar a los empleados. Incluso hoy, con la fábrica ocupada, el volumen de impresiones que antes era tomado por AGR se derivó a Chile. Lugar del cual hace poco llegó un camión al playón de la fábrica preguntando donde dejaba las revistas.

Cuando cambian los papeles

Hasta el año 2011, la comisión de delegados a la cual le tocaba luchar por los derechos de los trabajadores de la gráfica mantenía un mal disimulado romance con los dueños. Hipotecando su lealtad con cómodas cuotas de sobornos y propiedades, congelaban las negociaciones y descartaban los reclamos. Esto quedó evidenciado públicamente en un escándalo cuyo protagonista, Luis Alberto Siri, fue agarrado en plena flagrancia demandando $3.150.000 pesos a los representantes de Clarín para traicionar a sus compañeros. A diferencia de las de la camioneta de enfrente, esta cámara estaba oculta.

Luego de la exposición del caso, la prostituida lista verde perdió las elecciones internas. La lista naranja, compuesta por asalariados de varios turnos se impuso finalmente en las urnas. De las reuniones a puertas cerradas con los gerentes pasaron a las (también vigiladas con cámaras) asambleas públicas. La fundamental transparencia para que las decisiones no fueran tomadas por pocos era que el proceso de esas decisiones fuera visible a todos los compañeros. Cuando a un eventual contratado después de seis meses lo quisieron rajar, pararon todos. Y esa fue la primera página de una serie de conquistas que salieron a la luz. Que marcaron la organización hasta llegar a 380 gráficos tomando la decisión de no salir callados con la cola entre las patas.

Del colectivo de la salida, a la salida es colectiva

El cierre de AGR por parte del grupo Clarín evidencia la connivencia entre gobierno y empresas, que ven como un rival a la organización y como amenaza a los Convenios Colectivos de Trabajo; acuerdos que delimitan condiciones mínimas, reduciendo la posibilidad de precarización laboral. ¿Qué significa esto para las empresas? Reducción de los márgenes de ganancia. Menos guita para ellos y más para los trabajadores. Reducción de la desigualdad. La incumbencia de las fuerzas de seguridad responde únicamente a la vieja técnica de vigilar y castigar.

Después de las emblemáticas recuperadas pos-2001 -que tanto desprecia el gobierno actual- llega una nueva camada de colectivos que resisten en la ocupación. La organización y toma de los espacios productivos es hoy día una de las pocas maneras de resistencia ante el cierre de las compañías. Otros casos en fábricas o restaurantes sirven de ejemplo de todo lo que los empresarios temen: la unidad de los trabajadores. Y al que no le gusta, ya sabemos.

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