La Transformacion en Marcha

Por Florencia Abbate, del colectivo#NiUnaMenos para @Emergente.

Cuando las personas toman las calles para manifestarse yendo contra la agenda de los grandes medios y los aparatos gubernamentales, aunque los motivos sean tristes, siempre son momentos de felicidad.
Hay felicidad porque la igualdad se pone en acto. La igualdad no es parte de un horizonte que alcanzaremos en algún momento, depositando nuestra confianza en el progreso o en una futura revolución, sino que es más bien un punto de partida, “ya somos iguales”, un axioma, una condición que nos habita y de la que podemos hacer uso para interrumpir el régimen desigual que pretende someternos. Lo que cada quien necesita para hacerlo es simplemente reanudar la confianza en sus propias capacidades. Y si la fecha no existe en los calendarios oficiales, basta con inventarla, arbitrariamente, por ejemplo: 3 de junio.
El grito de “Ni Una Menos” y el llamado a salir a las calles pareció catalizar una furia de igualdad contenida. Y ese grito se oyó con cientos de miles de voces distintas, con banderas con colores y símbolos diferentes, cada persona y cada colectivo político lo hizo propio y lo gritó a su modo. Y en esa pluralidad encontró su fuerza, por eso se oyó tanto.
En comparación con el primer 3 de junio, el de este año tuvo una potencia colectiva especial. En primer lugar porque fue convocado y armado en conjunto por todo eso que ya existía antes del 3 de junio de 2015: el poderoso y heterogéneo movimiento de mujeres de la Argentina, conformado por una chispeante multiplicidad de fuerzas. 
Este año ciertas cuestiones se apreciaron más claramente en las calles: 
La activa participación de los colectivos LGTBI en ese movimiento, porque la lucha es la misma: una lucha contra los valores y las prácticas naturalizadas por el patriarcado.
La demanda del derecho al aborto como una exigencia central del movimiento de mujeres. Y por eso uno de los momentos más conmovedores de la marcha fue el ingreso de “la Campaña”, lanzando su humo verde, a la Plaza de Mayo. 
La insistencia en el ejercicio de otros modos de educar a nuestrxs hijxs: “Ni princesas sumisas ni machitos violentos”, “Para decir Ni una menos hay que dejar de prohibirle cosas a tu hijo porque son de nena”, decían los carteles.
También quedó claro que el feminismo y los derechos humanos no son una expresión del pensamiento de sectores medios progresistas de la Capital Federal, sino de amplios sectores populares de todo el país. Inolvidable el afiche de la Garganta Poderosa, que decía: “Las villas gritamos desde abajo: El patriarcado al carajo”.
Las nuevas generaciones estuvieron a la vanguardia. Miles y miles de chicas discurrían por todas partes luciendo sus propias consignas: “De mi cuerpo y mi vestuario reservate el comentario”, “Yo elijo cómo me visto y con quién me desvisto”, “De camino a casa quiero ser libre, no valiente”, “Para decir Ni una menos hay que dejar de entender el feminismo como algo negativo”, “La única sangre que debería correr es la menstrual”, “Para decir Ni una menos hay que entender que el feminismo no es el machismo al revés”. Y los varones no se quedaban atrás: “Comencemos a cuestionar nuestros privilegios”, proponía el cartel de un adolescente.
Lxs familiares de las víctimas de violencia machista, a la cabeza de la interminable marcha, llevaban la bandera “Ni Una Menos. Vivas nos queremos. El Estado es responsable”, y coreaban “La Justicia: Ausente”.
Pero los cambios institucionales y jurídicos suelen ser un reflejo tardío de cambios que ya ocurrieron antes, de luchas que ya estaban. La justicia todavía está ausente pero las calles están llenas y en eso no hay retorno. 
Ejercer la potencia de la igualdad en las calles es operar una mutación del paisaje de lo visible, de lo decible, de lo pensable. Romper el estereotipo es entrar en relación con otras prácticas y otras expectativas. Estos “momentos de igualdad” son un desorden que interviene en el orden instituido y reconfigura el espacio del sentido común. Por eso, como dijo una compañera, la fecha de ayer quedó escrita sin vuelta atrás en el calendario de las luchas feministas y de derechos humanos.

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