Primera marcha juntas

Panes integrales, manteca, mate, y escondida bajo la mesa de madera, Alondra.

Cecilia iba de acá para allá. Mientras tanto, Alondra se trepaba en la brillante tela magenta que cuelga de la sala de estar. Volaba y se transformaba, con 2 años y medio, en ave y en avión. Se bajaba, era cajera de un supermercado. Corría, era piloto de un helicóptero. Rugía, era un león. Se detenía, y con calma, ojeaba uno de sus libros, sumergiéndose en el mundo de Violeta Parra.

Cecilia, en su omnipresencia, terminó de organizar todo para que ambas pasen una larga jornada fuera de casa.

De camino al subte, Alondra pregunta acerca de esa nueva estructura frente a la puerta de su casa. Cecilia le explica que es un nuevo punto de bicicletas de la ciudad, dando por sentado que su respuesta sería comprendida.

Entran al vagón, les dan el asiento. Bajan en la estación Angel Gallardo. Con Alondra a upa, Cecilia camina unas cuadras y llegan a la casa de su amiga.
Se sientan juntas en el piso de la entrada y esperan tranquilas a que Silvana les abra. En su lugar, bajan su ex marido y su hijo.

Ellas suben, ellos se van.

Con una sonrisa iluminada y un pañuelo de flores en la cabeza, Silvana les abre la puerta de su departamento.

Alondra se va corriendo a jugar con Ivo, su amigo de 4 años. Cecilia se acomoda, coloca un pañuelo bordado en su cabeza, y empiezan a desembolsar: cereales, semillas, legumbres, verduras, dos grandes recipientes y algunos utensilios.

Comienzan a cocinar su entrega de hoy.

En el cuarto del fondo, están Alondra e Ivo.
Ella de piernas extendidas y cruzadas, reposando sobre unos almohadones de la cama. Él, primero sentado, después arrodillado, con la cabeza erguida, y luego queriendo colocarla en el hombro de Alondra.

- ¿Cambiamos de dibujito?, preguntó Ivo
- Estos me gustan. No quiero cambiar, respondió Alondra, muy relajada
- ¿Cambiamos?, insistió él después de 20 minutos
- Bueno, le respondió ella, bajándose de la cama y yendo para la cocina con la ligereza de quien no se rige por reglas en relacionamientos.

Alondra tenía hambre y fue a buscar a la mamá para que le dé algo de comer. Ivo, fue atrás de ella.

Cecilia sirvió un plato con repollo, papa y choclo para Alondra, y cortó una manzana en pedazos para Ivo porque le dolía la panza.
Las madres intercambian sus roles, no importa quien cuida a quién, son una pequeña comunidad.

Alondra e Ivo, volvieron al cuarto.

“¿Viste el loco de mi vecino, Ceci? El de abajo, que golpea su techo –mi piso– con la escoba cada vez que los nenes juegan. No sabés lo que pasó ayer… Yo estaba barriendo, ¡barriendo! y empezó a golpearme el piso con la escoba de nuevo. ¿Sabés que hice? le devolví el golpe con mi escoba en forma de música, y ahí frenó”

Cecilia y Silvana continuaron horneando más tandas de hamburguesas. Bandejas, calor de horno, papel film, manos haciendo catarsis.

“Trunca. Así se llamó la última obra de teatro en la que actué. Se trataba de esto, de la vida femenina y sus etapas. La maternidad, la alimentación de tus hijos, su cuidado, nuestra presencia pero también la economía, el campo laboral, la política y los prejuicios de la sociedad”, cuenta Silvana.

Todo se movía en esa cocina.

Sus paredes parpadeaban, los delantales corrían sobre ellas, los guantes se enlazaban y las historias que estas dos mujeres narraban, le daban sentido a ese espacio-tiempo.

Tocan el timbre, llegó la madre de Cecilia.

Se abrazan y salen las tres generaciones para la marcha.
En la estación de Carlos Gardel del subte B se une el padre de Alondra, compañero de Cecilia.

Marcha #NiUnaMenos

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