Sincerando el capital

“¡Sincerate!”, alienta la campaña oficial que anuncia el blanqueo de capitales que termina hoy su primera etapa. Pero como toda la retórica de este gobierno, esa palabrita encierra la paradoja de mantener en secreto el origen de los capitales no declarados y de extinguir toda acción penal posible sobre su ruta. Es que el “secreto” es uno de los ejes que dinamiza el sistema financiero y la impunidad garantizada la forma institucional de darle aliento.

Texto: Lucía Cavallero y María Soledad Sánchez
Foto: Archivo

En el día de hoy concluye la primera etapa del proceso de blanqueo de capitales promulgado en el mes de julio por el gobierno de Mauricio Macri y que, obedeciendo a la nueva semántica política gubernamental, se dio en llamar “Ley de Sinceramiento Fiscal”. Pero, ¿qué es lo que este sinceramiento está dispuesto a revelar? Veamos cómo la sinceridad puede resultar una gran estrategia para mantener algunos de los grandes secretos del capital.

La nueva normativa en materia fiscal que da origen al proceso de blanqueo de capitales, está contemplada en la Ley N° 27260, que incluyó también al Programa Nacional de Reparación Histórica para Jubilados y Pensionados. Concretamente, este “sistema voluntario y excepcional de declaración de tenencia de moneda nacional, extranjera y demás bienes en el país y en el exterior” (Art. 36), permite “exteriorizar” la tenencia de bienes muebles o inmuebles; activos, títulos o participaciones en sociedades; depósitos, ahorros o inversiones en monedas diversas; aquí o en el extranjero; no declaradas ante las autoridades nacionales, otorgando diversos reducciones fiscales que se determinan en función de los montos o valores declarados. Una novedad de este proceso con respecto a blanqueos anteriores, que pareciera estar incluída a la medida de los integrantes del gobierno nacional y sus íntimas relaciones con las guaridas fiscales panameñas, es que no obliga a los “no-contribuyentes” a re-ingresar el dinero al país, sino que permite que la riqueza evadida permanezca depositada en cuentas en el exterior.

Pero, así como para la esperada “lluvia de inversiones” finalmente apenas necesitamos ponernos un rompevientos, las expectativas iniciales del gobierno PRO no se tradujeron en un disciplinamiento de las cúpulas empresariales y financieras locales: apenas se alcanzaron 5400 millones de dólares de los 60.000 prometidos por el Ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay. Y esto a pesar de que el procedimiento de blanqueo no sólo brindaba facilidades formales y beneficios fiscales, sino que anulaba legalmente la posibilidad de que los sincerados, valientes arrepentidos, sean investigados judicialmente por los efectos penales de sus acciones económicas . Aquí se introduce otra importante novedad frente a otros procesos previos, que también han ansiado, no con mayor éxito, conquistar inversiones y ahorros en fuga: además de condonar los delitos fiscales de los arrepentidos, el ingreso a la moratoria fiscal, según las últimas declaraciones del jefe de la Unidad de Información Financiera (UIF), Mariano Federici, extingue la posibilidad de iniciar una acción penal que investigue el delito de lavado de activos. Por lo tanto, los evasores se “sinceran” a condición de que el secreto del origen de sus capitales permanezca guardado bajo las llaves de la impunidad judicial.

Acaso lo primero que revela el “sinceramiento” es la propia existencia de un secreto en el núcleo mismo del capitalismo contemporáneo: no sólo del nacional sino en la dinámica del flujo de dinero global. No sería erróneo decir que las estructuras de secreto que constituyen uno de los engranajes fundamentales de la dinámica financiera. No sólo porque su opacidad implica que ya nadie sabe bien cómo funcionan los mercados financieros, ni cómo producen valor ni por qué los activos valen lo que valen; tampoco por qué ni cómo a pesar de sus crisis recurrentes los mercados siempre se renuevan con una fuerza inmanente que parece no agotarse. Sino porque el capitalismo actual funciona cada vez más articulado en torno a un conjunto de dispositivos (institucionales, jurídicos, políticos) que instituyen, garantizan y protegen sus dimensiones secretas. Claro que el secreto parece acompañar al capitalismo desde sus mismos orígenes, en su modo más primario y fundamental: el de la mercancía. Pero las formas de su secreto (y las relaciones sociales que sobre ellas se entraman) se han ido transformando desde entonces. Si, como dijo Marx, el capital vino al mundo “chorreando lodo y sangre”, en su despliegue moderno se desarrolló atento a la legalidad, y comenzó a desentenderse de sus exigencias, especialmente en los últimos 30 años. Tal es así que sus dimensiones legales e ilegales se difuminan al hacerse cada vez más interconexas, donde el carácter excepcional de los flujos de dinero global en sus formas secretas ha devenido regular: cerca de 70 paraísos fiscales en los que se localizan las filiales y subsidiarias de los grandes bancos internacionales y en los que se instrumentan las transacciones comerciales de las multinacionales globales; sociedades fantasmas que circulan anónimamente la riqueza más concentrada, inversiones y depósitos offshore sin declarar ni pagar tributos, delinean un circuito que moviliza cerca de 12 trillones de dólares (en el que puede incluirse la mitad de la riqueza del estrato más concentrado de América Latina).

El capitalismo argentino, que puede ser excepcional en algunos sentidos, no escapa a estos secretismos. No hace falta más que repasar las últimas revelaciones de la prensa internacional en los escándalos conocidos como “Panama Papers” y “Bahamas Leaks” sobre la titularidad de miembros del ejecutivo nacional y grandes empresarios en cuentas off-shore y sociedades fantasmas. Pero esta relación tan íntima entre el secreto y las finanzas no se reduce a escándalos aislados que de tanto en tanto vinculan a funcionarios públicos, sino que ha sido constitutiva del modo en que el capitalismo financiero global desplegó su poder en la Argentina: la estatización de deudas contraídas por las corporaciones privadas en el exterior (que más que inversiones, habían sido el motor de la valorización financiera), el financiamiento de la fuga ilícita de divisas de corporaciones y particulares, el blindaje y/o salvataje de los grandes bancos (aun cuando supuso confiscar o congelar los depósitos de los trabajadores y ahorristas), entre otros tantos mecanismos en los que se blindó de opacidad al capital financiero.

A pesar de que muchos jardines, hospitales y escuelas podrían construirse con el dinero fugado, esta forma secreta del despliegue de las finanzas puede asomarse ante todos en un sinceramiento. Entonces, ¿qué tipo de estructura de secreto es esta, si se puede dar cuenta de ella a plena luz del día? ¿No es irónico que cuando inversores, empresarios y ahorristas pueden confesarse, simultáneamente aparezcan mayores garantías desde las estructuras estatales para la perpetuación de la opacidad en zonas de la dinámica de las finanzas locales?

El carácter de este sinceramiento revela la obscenidad del secreto pero no lo anula en su totalidad; nos muestra algo de su contenido, garantizando la reproducción de su forma. La relación paradójica entre el secreto y su sinceramiento acaso no pueda ser más aprehensible que en la promoción de un régimen de blanqueo que se articula con el vaciamiento de las instituciones judiciales y organismos estatales abocados a la investigación de delitos económicos como el lavado de dinero. Es decir, pedirle al capital que nos diga la verdad pero no tanto.

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