Sobre sus pasos, los nuestros

Por la ventanilla de un auto familiar avanzamos por las calles de San Miguel, estamos a unas cuadras de la estación Lozano del tren Urquiza. Ahí vive Guillermo Pérez Roisinblit junto a su compañera Cynthia, y sus tres hijos: Ignacio, Catalina y Helena, con “h”. En el 2006, eligieron el barrio y gracias a la indemnización del Estado por ser él hijo de desaparecidos, compraron esa casa, en donde luego tendrían a sus hijos, sus perros, su gato. Imaginaron el lugar en donde construirían como familia otro relato, con una escuela cerca para los chicos y el tren conectado con la capital, para ir a trabajar.

Producción: EMERGENTES

En el barrio hay mucha gente mayor e incluso muchos militares por la proximidad con Campo de Mayo. Guillermo explica que eso no le molesta tanto, porque a los militares los conoce bien y es un barrio tranquilo. A unas estaciones de distancia, y en el partido contiguo, hizo el secundario en una escuela técnica del Palomar, perteneciente a la brigada aérea. Le gustaban los aviones y le había ido muy bien en el examen de ingreso. Muchos años después, y gracias al impulso de su compañera, empezaría la carrera de derecho, porque además de gustarle los aviones, le interesaba el debate en clase y le indignaba la injusticia.

Después de terminar la escuela secundaria, se puso a trabajar. En el año 2000, en una Argentina a punto de estallar, se acercó Mariana Eva, su hermana, a su trabajo, para decirle que él no era quien creía ser, y que a quienes consideraba hasta el momento sus padres, eran en realidad, sus apropiadores. Descubre entonces los nombres de Patricia Julia Roisinblit, su madre y de José Manuel Pérez Rojo, su padre, ambos militantes montoneros, secuestrados junto a Mariana Eva, en dos puntos diferentes de la ciudad el 28 de junio de 1977. Conoce a sus abuelas, Pura Argentina Rojo de Pérez y Rosa Tarlovsky de Roisinblit luchadoras incansables que lograron después de veintitrés años encontrar a su nieto. Argentina falleció hace unos años, Rosa tiene hoy 97 años, y persiste tenaz en la búsqueda del cuerpo de su hija, para poder, finalmente, duelarla.

En el 2000 comenzó un período complejo y confuso para un pibe de veintiún años, en cuyo contexto, aclara, todavía estos procesos no se manejaban bien. Recuerda no haberse sentido contenido, siendo él víctima, por la justicia, recuerda que la jueza Servini de Cubría lo mandó a buscar por la fuerza pública para que diera su testimonio.

Durante unos años más, luego de descubrir su verdadera identidad, visitó a su apropiador en una dependencia de la fuerza aérea en la que, a pesar de estar preso, disfrutaba de muchos beneficios por conocer a quienes oficiaban de guardias. Allí, el 23 de diciembre del 2003, Francisco Gómez, alcoholizado, lo amenazó de muerte acusándolo de estar preso por su culpa: tengo cuatro balas reservadas para vos, tu hermana y tus abuelas para cuando salga de acá. Ese fue un punto de inflexión en el que, dice, tuvo que empezar a asumir su historia. Porque no hay manual para un nieto restituido, cada historia es diferente.

Casarse con Cynthia y el nacimiento de su primer hijo, Nacho, fueron otro punto de inflexión. Construir una pareja sin violencia, desde la paridad, y asumir el rol de padre, sin tener un modelo al cual apelar fueron un desafío. En el abrazo fuerte y contenedor a Nacho aparecía el gesto reparador.

Porque otros marcharon antes, nosotros marchamos hoy

Viajamos hacia el Congreso, ahí se dieron cita con otros compañeros de ATE, sindicato al que pertenece Guillermo, hay abrazos y charlas. Un rato después caminamos hacia avenida de Mayo para encolumnarnos con Abuelas. Guillermo se ubica junto con otros compañeros al frente de la columna. Arriba de su camisa, se pone una remera negra, que reclama juicio y castigo por los 30.000 desaparecidos. Marchamos y hay una emoción colectiva que crece conforme avanzamos. La energía de la multitud recorre los cuerpos de quienes estamos ahí y transforma los gestos en la cara de Guillermo, la lucha deviene en sonrisa, abrazo, canto, grito pelado y emoción.

Son 30.000, dicen los carteles y las remeras. Se despliega una bandera inmensa en donde figuran las fotos de los desaparecidos. Allí están las caras de Patricia y José Manuel. Guillermo recuerda que en la primera marcha a la que fue, recién en el 2012 (porque hasta ese entonces estaba procesando su historia) marchó sosteniendo las fotos de sus padres y se preocupó porque no se arruguen en el trajín de la caminata.

En su casa de San Miguel tiene en una biblioteca, una foto de Patricia de bébé y una de José Manuel en la escuela primaria, con el guardapolvo blanco. Lamenta no tener una foto de los dos juntos, pero nos muestra orgulloso, un dibujo que le hizo un amigo, de sus padres apoyados sobre un Fiat 600. Patricia le salió bastante parecida, José un poco menos.

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