Foto: Kaloian Santos Cabrera

Un paso previo antes del Frente

Por Raquel Robles

Aclaremos algunas cosas de entrada: no hay en la Argentina una líder como Cristina. Alguien a quien se pueda aludir sin nombrarla. “Ella” es ella. No hay otra. Escucharla, verla, mirarla a los ojos, dejarse tocar en la primera fila de una multitud o seguir atentamente sus palabras en una radio mínima desde lejos en esa multitud, todo eso, pacifica, alegra, alivia. Si hubiera saludado y nada más, hubiera sido potente, pero además habló, indicó, consignó. Entonces todo parece ordenarse. El caos, el desasosiego, la angustia de estos 120 días, encuentra un sentido en su “silencio respetuoso de la voluntad popular”. Y no hay, dejemos claro una vez más, nadie que sea capaz de esa magia más que ella. Ella.

Pero una vez aclaradas estas cosas, me gustaría compartir algunas preocupaciones. El kirchnerismo fue la experiencia de gestión del Estado más interesante, más progresista, más profunda de los últimos cuarenta años (quién sabe si no lo fue de los últimos cincuenta años). Entonces, no cabe ninguna duda de que la respuesta frente a la pregunta/consigna de Cristina: antes del 10/12 estábamos mejor. Tampoco caben dudas, me parece, respecto de la segunda consigna: formar un frente ciudadano para resistir la avanzada del neoliberalismo. Pero, cuando ella dice que no importa a quién votó en las elecciones este ciudadano para invitarlo a participar, ¿está hablando del ciudadano común que quería “un cambio”, está hablando de alguna izquierda que no entendió la diferencia y llamó a votar en blanco, o está hablando de Massa? En esta suerte de borrón y cuenta nueva, ¿hay que olvidar lo que votaron los diputados y senadores del FPV respecto de los Fondos Buitre y llamarlos a participar de este gran frente? ¿Tenemos que convocar a Moyano y a Barrionuevo y a toda la caravana de ex sindicalistas, actuales empresarios millonarios que miran sin siquiera pestañear cómo se despiden a miles de trabajadores?

Insisto: la unidad es la única salida. Y la unidad se forja con algunos imperativos éticos y un sentido profundo de pluralidad. Y en los tiempos difíciles, donde la unidad es más urgente y más necesaria, es donde las miserias o la flojera o la miopía para entender la contradicción principal, se convierten en obstáculos crueles. El 24 de marzo parecía un momento ideal para una experiencia de unidad, y sin embargo ahí fuimos, en dos marchas. Unos queriendo hacer un homenaje a Néstor y a Cristina y los otros impugnando a Néstor y a Cristina. La cantidad impresionante de gente que fue a las plazas de algún modo borró esa torpeza política: éramos tantos que nadie sabía muy bien si estaba en una o en la otra y lo único importante fue ese desborde millonario de almas sintiendo una misma cosa y cosas tan diferentes.

Pero sigue preocupando: ¿cómo hacemos un gran frente ciudadano sin bajarnos de la soberbia, de los irreductibles, de los epítetos, de la falta de respeto por la construcción del otro? No lo digo desde una posición naif ni siento ningún candor por las reuniones en las que se discuten los términos de la unidad. Estuve en muchas y son una pesadilla. Pero tal vez una pista para que sean menos dantescas sería invertir el razonamiento: no nos reunamos para ver si tenemos acuerdos para la unidad, reunámonos con la decisión tomada de la unidad y veamos que entra y que sale para que podamos hacer el frente común contra la derecha despiadada. Y, dicho sea de paso, tenemos dos opciones para plantear las coordenadas de un frente: una la lógica barrabrava de “invitar a sumarse” a los que no van a hegemonizar ese frente por cantidad de militantes e incluso por legitimidad a un armado que ya fue hecho en una mesa chica en la que no hay invitados, y otra, la de convocar a todos y todas en una mesa grande para definir los términos de esa unidad. La hegemonía, de todos modos, sucede y se ve en la cancha y nadie está suponiendo que no va suceder.

Por otra parte me preocupa que la insistencia, la necesidad, la urgencia de ir para adelante nos haga olvidar el paso previo e imprescindible de la autocrítica. Todos, todas, cada quien en su justa medida, somos responsables de estar acá. Los que tuvimos responsabilidades en la gestión del Estado, somos responsables de que mucha gente haya querido un cambio y que ese cambio haya sido por derecha. Si hubiéramos gestionado tan bien, si hubiéramos elongado las posibilidades de nuestros recursos hasta modificar para bien la vida de toda la gente, esa gente no hubiera votado un cambio. Porque no votaron a Macri desde la impaciencia, no fue a cuatro años de gobierno donde los pendientes se explican por la falta de tiempo. Doce años después, algunas cosas importantes, seguían sin solución. Los que no tuvieron responsabilidad en el Estado y se quedaron construyendo en el campo popular, tienen responsabilidad de no haber aprovechado un tiempo donde las prácticas represivas del Estado chocaban con políticas del mismo Estado que combatían la represión, sin proscripción, incluso en muchos casos con recursos económicos, para construir un entramado capaz de resistir esta arremetida voraz de la derecha.

No estoy obviando ni el cerco mediático ni la habilidad de la derecha para ganar. Sólo digo que sin autocrítica estamos fritos. ¿O qué suponíamos que quería decir Rodolfo Walsh cuando hablaba de “los pueblos que olvidan su historia”? Finalmente. Es claro que este país es un país de huérfanos. Cuando masacraron a la generación de mis padres, no me dejaron huérfana a mí y a los otros hijos e hijas. Dejaron huérfanos a todos y a todas. Cómo no echar en falta a esos cuadros que tenían una práctica política del hacer y el pensar, del mover la realidad, de soñar no con “no estar tan mal”, ni siquiera con “estar mejor”, sino con cambiar las estructuras, combatir al capitalismo, hacer la revolución. Pero. La felicidad de un pueblo no puede, no debe, estar en manos de una persona. Somos nosotros, nosotras, el poder popular, las construcciones trabajosas y peliagudas que se hacen desde abajo las que nos salvarán.

El héroe colectivo. Somos nosotros y nosotras dejando de pensar que militar es ir a una reunión. Nosotros y nosotras entendiendo que hay que construir el mundo en el que queremos vivir allí donde tengamos la posibilidad de construir. Somos nosotros, somos nosotras con el coraje de reconocer dónde nos equivocamos y con la audacia de lanzarnos otra vez. Somos nosotros y nosotras valorando más las construcciones que a los referentes. O en todo caso, llamando sólo referente a quien sea la mejor expresión de una construcción y no una persona con muchas cualidades.

Igual, con todo, qué bueno, después de tantas penas y olvidos, tantos abandonos, traiciones y agachadas, qué bueno es saber que ella volvió. Que no respete con silencio la voluntad popular. El silencio duele, paraliza, angustia. Las palabras alivian, sanan y convocan.

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