Las musas de Edward
Llegado a este punto, Richard, no debería sorprenderte cuán extraño es el carácter de Edward. Supongo que, como el resto de la comunidad de artistas, estarás enterado de su desaparición.
No, no quiero saber dónde ha ido, ni tampoco, por muy interesante que le pueda parecer a un crítico, a qué se dedica ahora. Ni siquiera me planteo hipótesis respecto a ello, principalmente por el hecho de que, desde nuestro último encuentro, tengo dificultades para dormir por las noches.
Sé perfectamente que cuando leas esta carta considerarás este hecho como una nimiedad, o bien, si estás airado en el momento de la lectura, como una exageración desdeñable. Te adelanto desde ya que no es ni lo uno ni lo otro, es más, a medida que pasa el tiempo, la situación se recrudece; hasta el punto de necesitar varios candelabros encendidos pululando por toda la casa.
¡Qué absurdo e irrelevante se vuelve el género humano cuando se enfrenta a los desconocido!
Como ya he dicho, llevo tiempo sin ver a Edward; la última vez acaso, la recuerdo con nitidez, y es más que probable que continúe poblando mis pensamientos hasta mi muerte.
Ese día, como es casi obligación para el clima de Vermont, nublaba profusamente, y las calles se tintaban de espectros densos e impenetrables. No bien hube salido del club de arte, de charlas animadas con el resto de pintores (De Gally, Scott Stoke, Varnando…) y entretanto, muestras de varios lienzos trabajados por las nuevas promesas; se me apareció en uno de los laterales de la calle, con su habitual levita manchada de sus trabajos y el pelo enmarañado colgándole a los lados tal y como la naturaleza lo quisiese. Semanas atrás había sido expulsado indefinidamente por un altercado con alguno de los maestros, el cual se negaba a exponer sus obras. Edward terminó por llamarlo ‘‘puritano’’ y ‘‘viejo tradicionalista sin visión del arte’’.
No se equivocó al pronunciar esos epítetos, pero al ser el único que — más por rabia que orgullo — expresó lo que rondaba por su cabeza, acabó, inevitablemente, vetado como integrante del club. Y con ello, se aseguró bien de que no se le volviera a estimar como artista dedicado en algunos sectores de la sociedad.
Lo cierto es que, lejos de ser esa ebullición de pasiones lo que condenó su carrera, Timothy Wallace Edward ya estaba, desde hace tiempo, debido a sus extravagancias, enterrando su propio arte junto a su persona.
Richard, ten muy claro que en todo Vermont nunca hubo y — seguramente — habrá, un pintor del talento y la energía de Edward. Desde su primera exposición, en la cual mostró sin ningún pudor ese cuadro tan escalofriante que acertó a titular La comedia macabra; se ganó a la fuerza los sobrenombres de genio e inmoral.
Esa pieza, tan bien titulada, no se reduce a una mera representación física y medieval del infierno, el ambiente, opresivo y cuasi dañino, despierta en el espectador, al igual que sus personajes, ganas de querer terminar con la existencia.
A estas alturas no debería explicarte por qué los cuadros de artistas de la talla de Edward se diferencian tan sobremanera de esas piezas mediocremente compuestas por un mero ilustrador de cuentos de fantasmas. Las primeras tienen la capacidad de dejar nuestro espíritu al desnudo, las segundos, si cabe, nos provocan risa.
En mi modesta opinión de estético esporádico diré sin tapujos, que desde Füssli no existe una mirada tan profunda a los confines del horror; el desasosiego florece con tal facilidad que uno tiene la sensación de que esos engendros, en mitad de su danza lasciva, fueran a salir de la pintura y asaltarnos.
Por eso, me ha sido imposible no contarte esto para que entiendas a la perfección, Richard, lo que supuso esa última mirada al pintor.
Como salí solo y bajo el amparo de la noche, tuve la desgracia de no poder recurrir a un semejante cuando me abrió conversación.
— Rike, te he estado esperando; pensaba que no saldrías nunca.
Le dirigí un ojo displicente, y aunque todavía conservaba — de forma relativa — cierta admiración por él, me sobresaltó un profundo temor encontrarlo allí.
— No eres bienvenido aquí — le dije — . Lo sabes perfectamente.
— Oh, pero no es por esa comunidad de vejestorios la razón por la cual me he arrastrado hasta aquí — y en este punto hizo una pausa y añadió con voz perentoria — : verás, quería verte.
Pero, ¿por qué a mí? Bueno, sencillamente porque yo era el único, de entre toda la comunidad artística, que aún apreciaba sus cuadros. Era lo suficientemente experimentado como para dejar de lado los prejuicios y ver que, delante de mí, había un arte tan penetrante como soberanamente elaborado.
Por supuesto, en ningún momento me relacioné con él tras el incidente, no porque no coincidiera con su espíritu romántico, sino, más bien, por no hacer peligrar mi carrera. Él también me apreciaba como artista, y sus buenos comentarios forjaran una amistad que, aunque especial en cierta manera, nunca se salía de los límites dictados por la profesionalidad.
— ¿Qué es lo que quieres? — le repliqué.
— Ah, Rike, tan tenue como siempre. Si todavía no lo has adivinado, te lo diré. Quiero tu opinión sobre mi último trabajo.
Imagíname, Richard, a mí, un principiante; siendo el primer comentarista de una obra inédita realizada por Wallace Edward. Tengo que decir que, esa labor, como descubriría más tarde, era tan apasionante como peligrosa.
La invitación se me antojó como un presagio de su retorno al mundo del arte, porque, a pesar de todo lo dicho, Edward era uno de esos artistas irreemplazables, con sobrado talento para dejar a los críticos y admiradores con la boca abierta por varios siglos.
Si algo era Edward, es un artista capaz de inmortalizarse con sus trabajos.
Eso era lo que afloró en mi espíritu en ese momento, y con unas pocas palabras, tan ingenuo como era yo (ya lo sabes por otras historias) acepté su invitación. El resto del diálogo es harto superfluo y, realmente, carece de importancia hasta la llegada a su casa. Sí, no solo iba a ser el primero en contemplar su obra, sino que, además, vería su vivienda, y por ende, su lugar de trabajo. Tan exaltado como iba yo por esta repentina esperanza, cualquier advertencia o temor vaticinado por mi cabeza, ya se había esfumado sin dejar rastro.
Nadie, ni siquiera los del club de arte, sabían dónde trabajaba Edward; hoy en día yo me cuento como el único con esa información. Y te aseguro, Richard, que va a permanecer así, ni por miles de riquezas pienso decírselo a la policía; que por supuesto ya estará enterada de su misterioso retiro. Lo he estado reflexionando mucho, y no existe ninguna evidencia de que yo visitara la casa tal noche; salvo claro está, esta carta que no tardaré mucho en enviarte. No voy a clamarte, sé que tienes tan poco interés como yo en mezclarte en asuntos de tan ponzoñosa índole. Sólo de pensar que me hicieran volver a casa… Aunque tan siquiera fuera para señalarla.
No quiera pensar en ello…
Accedí, como ya te he puesto, y cruzamos gran parte de Vermont bajo ese mar de nubes, el cual reducía a la ciudad a un aspecto fantasmagórico inenarrable. Siguiendo por un choque de calles desierto, no tardamos en llegar al casco viejo de la urbe. Los edificios de esta zona, aparte de erguirse como robustos anacronismos de lo que ya fue, están, en su mayor parte, desvencijados por la indolencia del tiempo. Los techos de pizarra, destartalados, se precipitaban contra el suelo; y sus jardines…
¡Ah! ¿Cómo hablar de sus jardines si no es con las entrañas apretadas? Las hierbas, sin ataduras para vagar en su libre albedrío, escalan partes de la sillería hasta calar como una decoración verdosa que, unida a las viejas piedras grisáceas, confiere al conjunto un aspecto de descuido ignominiosamente conjurado.
Cuanto más nos internábamos en esta oda a la eternidad consumida por el tiempo, más despertaba en mí el deseo de llegar hasta el final. Lo que pareció entre divagaciones y falta de conversación horas, resultaron ser minutos. En uno de los laterales, retraída hacia el interior, como queriendo ocultarse del resto del universo, se encontraba la vivienda del pintor. Un caserío de varios pisos, cubierto por un recinto enjaulado, y que confería el mismo deje ominoso que el resto de los edificios.
Sin embargo, algo había que la diferenciaba del resto, no únicamente porque albergara a uno de los mayores artistas que conozco, sino ‘‘algo’’ que no puedo expresarte con palabras. Como un aura mística de maldad, donde el infortunio campa a sus anchas y asola a los hombres bajo una tiranía horrorosa. Disculpa mis elucubraciones, si son tan abigarradas es, sencillamente, porque esa diferencia es igual de inefable que los propios cuadros de Edward. La puerta que daba al interior del recinto no estaba cerrada, y atravesamos un jardín desentendido con el resto del mundo; en el que, como expresiones tribales de indecible malicia, había esculturas de madera con rostros contraídos de dolor.
¿Puede uno, a menos que se trate de una ameba espiritual, no sentir fascinación por el significado oculto de esas obras?
Penetramos hacia los interiores tras atravesar el marco de la puerta, la oscuridad era densa pero no absoluta, ayudado con mis manos tuve que palpar algo cercano para evitar un tropiezo. Edward se había adelantado, y después de unos forcejeos metálicos, prendió una lámpara de queroseno. La luz del aparato inundó lo que parecía un antiguo recibidor victoriano, poblado por muebles que por su suntuosidad contrastaban con la tristeza del exterior. Al elevar la lámpara, Edward reveló su rostro mortificado, por un instante lo observé, notando la misma epifanía que me conferían sus cuadros.
¿Sería una casualidad, que esa revelación emocional se posara en mí con tanta magnitud?
Miré en derredor, los muebles no eran la única decoración presente; en las paredes, sucias y húmedas, había varios de sus cuadros, la mayoría ya me eran conocidos; otros sin embargo, nunca los había visto expuestos, supuse que pertenecerían a una colección privada. Dentro de los marcos, a modo de confesiones demoníacas y lascivas, las figuras provenientes del pincel de Edward, aparecían en diversas situaciones: algunas se escondían tras cortinajes, acechando en mansiones de aristócratas acaudalados; otros, más atrevidos, aparecían a espaldas de transeúntes, tras una esquina o alcantarillado.
Tuve que hacer acopio de mis fuerzas para no sucumbir ante mi ambivalencia. Por un lado, el miedo conferido por los cuadros se corporeizaba en un rimbombante temblor de manos, por otro, estaba la fascinación que sentía ante tal desfile de formas malignas y colores rojizos hasta rozar la herrumbre.
Edward advirtió mis emociones, como hicieran sus funestas creaciones, y a modo de sentencia inquietante, rompió el silencioso imperante diciendo:
— Aquí guardo mis trabajos menores, me produce gran placer dejarlos cercanos a la entrada. Pero a lo que has venido, lo que querías mostrarte, está por ahí. — Su índice señalaba la profundidad del pasillo, no advertí el final, no por la falta de luz, más bien por estar encauzado mentalmente en sus frases enigmáticas.
Se puso en marcha y rompió mis pensamientos al estar afanado en no perderlo de vista. Por nada del mundo quería quedarme solo con sus muestras observándome desde la pared. Tras recorrer el pasillo, estrecho hasta la opresión, se encontraban unas escaleras en descenso. Cada paso que dábamos prorrumpía en ecos alrededor de los muros, bajamos algunos peldaños hasta encontrarnos de frente con una puerta. Edward no se demoró en abrirla, y tras ceder, entramos dentro.
El sótano de la casa — si así se le puede llamar — , era una sala amplia y espaciosa, y más que un lugar de estudio se asemejaba a su almacén. Mayormente porque, salvo el caballete vacío y los botes con pinceles, todo eran cuadros tapados en las esquinas.
Al fondo de la sala se encontraba un cuadro enorme, de un tamaño menor que su comedia macabra, y francamente, en ese momento no pude hacer la distinción.
Cuando los dos nos situamos cara a cara frente al cuadro, tapado y apoyado en la pared; Edward se puso a mi espalda y me susurró:
— Vamos, revélalo.
Cumpliendo sus palabras, me acerqué unos pasos y descorrí la tela de un solo movimiento. Lo que viene a continuación, Richard, me es difícil narrarlo sin tener alguna luz cercana.
Ante mis ojos, apretado en el marco, estaba Edward, detrás suyo dos seres parecidos a demonios le doblaban la estatura y le asían por los hombros a modo de alabanza. Me pareció, en ese momento, que el fin de todo nuestro mundo estaba próximo, el clima de la escena me apretaba la garganta, y no había suficiente aire en el mundo para la demanda de mis pulmones. Incapaz de seguir contemplando el rostro de lo infernal, me di la vuelta.
Edward había desaparecido, y el único habitante de ese destartalado y — cuanto menos — escalofriante sótano, era yo.
Por este motivo, Richard, creo que entendí lo que Edward quiso decir con me produce gran placer dejarlos cercanos a la entrada.