Ha muerto Bowie, ha nacido Aravena

Ha muerto David Bowie pero ha nacido Aravena; qué le vamos a hacer… El tiempo me dirá cuán equivocado estuve. Es verdad: me impongo ejercicios de contención y autocensura que, en ocasiones y porque en el fondo soy débil, hago caso omiso; incumpliendo el principio de mantenerme quieto y alejado, allá donde no he sido llamado.

Y hoy tropiezo en la misma piedra. Alejandro Aravena atractivo Premio Pritzker 2016 de la Arquitectura. Jamás criticaré una obra que, además, me interesa; del mismo modo que no dudo de sus dotes para esta profesión. Se muestra tan seguro de sí mismo en sus conferencias como vanidoso, rasgo compartido con aquellos proyectos que no son “los sociales”, aquellos sustentados gracias al apoyo gubernamental (algo relativamente sencillo si tu socio llega a ser ministro) y que el Jurado destaca. Porque Alejandro se gusta y mucho. Y así lo cuenta en sus conferencias. Mientras Isabel Tocino le pone ojitos en un esperpento de congreso en el que los sientan juntos ¿a debatir?; o cuando mis compañeras al encontrárselo en algún máster caen rendidas ante sus encantos naturales -bueno, también caen ante mí así que tampoco podemos fiarnos de su gusto- imagino que al igual que un jurado más preocupado por los medios que por la densidad de la Arquitectura-.

José Antonio Coderch: “no son genios lo que necesitamos ahora” 1960

Esta cita data siete años antes de que naciera Alejandro Aravena. Y hoy tampoco necesitamos genios ni héroes de intensa mirada, obra inconstante, próceres de la arquitectura social (que en realidad se hace en una escala distinta). Está muy bien que Vitra patrocine la silla-cinta, que es una ocurrencia fantástica. Elemental. Pero cuidado. No queremos genios y menos cuando se construyen ad hoc, jóvenes, guapos, tan merecedores de premios de relumbrón. Hoy el Pritzker equivale al premio a la Sonrisa del Año. Hoy algún arquitecto provinciano, que pasó por la Universidad de Navarra, o por Harvard o Yale… que también construyó barrios sociales con la convivencia y conveniencia del flirteo político, se dará de cabezazos porque puede que esté más cerca de lograrlo… (si Aravena ha podido…). Mientras tanto, los demás, demandaremos auténticos guías de la verdad, de la arquitectura, de su función social, de su belleza.
 “Elementary, my dear Watson”. El mismo Elemental que jamás apareció en las obras de Arthur Conan Doyle. Lo más parecido a esta fórmula es la que podemos leer en El perro de los Baskerville: “interesante aunque elemental”.

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