El futuro es hoy

La primera máquina del tiempo que conocí en la vida fue un DeLorean DMC-12, y era en extremo cool. Tanto que estaba segura que cuando fuera adulta (por que los 17 años me parecían una edad “adulta” a los 5) iba a tener uno de esos carros, un chaleco rojo y muchas aventuras. Décadas después, tengo un chaleco rojo y he pasado mis propias aventuras; dos de tres no puede ser tan malo. Además no soy rica y DeLorean quebró hace mucho.

“Volver al futuro” introdujo el concepto del viaje en el tiempo a mi vida. Además fue mi primer contacto con la Ciencia Ficción que no implicaba extraterrestres. Todavía me da risa lo emocionada que estaba de pensar que el 2015 sería justo como la segunda entrega de la saga prometía. La ropa era horrible, pero bien valdría la pena por las patinetas voladoras y el cine holográfico. Así que año con año, el 21 de octubre, me preguntaba cómo sería cuando el día al fin llegara.

Ya perdí la cuenta de las veces que he visto la trilogía, creo que me sé los diálogos de memoria. Amén de mi grupo de amigos frikis (y no tanto) con los que he hecho referencias del filme en cualquier plática casual desde que tengo uso de razón. Y hasta parodias. Lo cual no está fuera de lugar porque el mismo Marty es friki, estoy segura: “Darth Vader del planeta Vulcano” ¿recuerdan?

Mi generación creció viendo el filme de Zemeckis, lo mismo en VHS que en las repeticiones infinitas del Canal 5 del DF. La tres de un tirón, como un maratón sabatino por la tarde. Uno no siempre puede describir bien que es lo que hace que un film se vuelva un clásico; o se arraigue con una fuerza inamovible dentro de la cultura pop. ¿Una buena historia?, ¿El conflicto?, ¿Personajes entrañables? ¿Frases memorables? Volver al Futuro tiene todo eso y mucho más. También está la magistral banda sonora de Alan Silvestri, esa que todavía hace saltar de emoción mi corazoncito cuando vemos el mítico DeLorean por primera vez o nuestros protagonistas logran que el rayo que impacta la torre del reloj mande a Marty de regreso a 1985.

No obstante, ese filme es importante para mí por algo mucho más profundo que eso: me enseñó la capacidad de emocionarme con una historia bien hecha; el poder de un relato para hacernos imaginar. De algún modo, Marty McFly era ajeno a mí, pero era alguien con quien me identificaba, cuyas aventuras quería vivir. Como en aquellos cuentos y libros que tanto amaba, esa peli me hacía sentir lista para la aventura.

Volver al futuro me llevó a preguntarle a mi mamá si las historias que yo inventaba en mi mente también podían hacer que otros se sintieran así, como si las vivieran en carne propia. Cuando su respuesta fue afirmativa, esa niña de 5 años que era yo se sentó a “escribir y dibujar” su primer cuento. A duras penas recuerdo algo sobre un gatito que se hacía amigo de un monstruo, no tenía mucho sentido, pero tampoco lo necesitaba. Lo que de verdad tenía sentido ya estaba germinando en mí: yo también quería contar historias, imaginar y crear.

El futuro es hoy, mientras una nueva historia me revolotea en la cabeza, una niña dibuja un gatito negro en la mesita de su sala en el DF. En algún lugar del tiempo-espacio coexistimos, somos la misma, pero si tuviera el DeLorean para viajar al pasado no podría verla ni tocarla. Tal vez crearíamos una paradoja que destruiría el universo entero; o sólo nos desmayemos.