Benito Carrasco Por Eduardo Macchiavelli

Conocé al primer paisajista argentino de la Ciudad.

Benito. Así lo conocían en el Jardín Botánico de la Ciudad, su lugar de trabajo, cuando perteneció al gobierno municipal, como Director de Paseos, entre 1914 y 1918, siguiendo a la gestión de su maestro Carlos Thays. Y justamente ese cargo fue el que le permitió dejar su impronta en el diseño de los espacios verdes más emblemáticos de la Ciudad: diseñó el Rosedal de Palermo (donde este jueves hacemos “La noche de los jardines”) e impulsó el rediseño de muchos parques y plazas que aún hoy se conservan.

Acuarela de Carrasco de los Jardines de Invierno

Dentro del Botánico creó el laboratorio fotográfico, la biblioteca botánica, el semillero y el herbario y dio impulso definitivo a la Escuela de Jardineros, cuyo objetivo fue la formación de jardineros para la conservación de los espacios verdes de la Ciudad, bajo la dependencia de la Dirección General de Paseos, organismo que formulaba los programas del plan de estudio. Lo que fue el inicio de la actual Escuela de Jardinería “Cristóbal María Hicken” que está emplazada en el predio del Jardín Botánico pero que ya no es parte del mismo, y donde los alumnos durante su época de aprendizaje debían prestar servicios a la Municipalidad.

Mi recuerdo llega hasta acá. Que fue el primer profesional argentino dedicado al paisaje urbano, desde la práctica y desde lo académico. Que fundó la Cátedra de Parques y Jardines dentro de la carrera de Agronomía y Veterinaria, que estudió al urbanismo y al paisaje desde un punto de vista científico. Que nació en Buenos Aires un 3 de diciembre de 1877 y que se graduó como ingeniero agrónomo con su tesis “Fitogeografía de varios árboles indígenas cultivados en el Jardín Botánico Municipal”, trabajo que aún hoy es fuente de consulta y que su director de tesis fue nada menos que el francés Carlos Thays. Que propuso un gran proyecto de embellecimiento para la Costanera Sur que se llevó a cabo una vez que dejó el cargo, en 1918. Y que a partir de entonces se dedicó a la enseñanza y a la actividad privada, desde donde teorizó y expuso con fuerza sus principios sobre el urbanismo. Su principal obra quizá sea su tratado de 1924, “Parques y Jardines”, una historia completa de los espacios verdes. Más tarde, en 1925, junto a Pedro Luro, Emesto de la Cárcova, Luis Agote y Miguel Cané, entre otros, formó una asociación vecinal, “Los Amigos de la Ciudad”, que perseguía el mejoramiento del ambiente urbano de la Ciudad de Buenos Aires. Que falleció en 1958, pero el estudio de sus trabajos y de sus palabras sobre Buenos Aires han hecho que su figura crezca y se fije en la historia como uno de los referentes más agudos y sólidos del urbanismo. “Para conocer el grado de adelanto de una ciudad, basta con estudiar sus paseos públicos”, decía.

Que su historia me la recordó hace unos días Graciela Barreiro, gerente operativa del Jardín Botánico “Carlos Thays”. Yo no hice más que repetir sus palabras, para que lo conozcan. Aunque tal vez aspire a continuar sus ideas: “Los espacios públicos tienen importancia para la estética y, especialmente para la salubridad”. “Los recursos invertidos en ellos no deben ser valorados en dinero, sino en los innumerables y valiosos beneficios que los paseos públicos reportan a los vecinos de la Ciudad”. “Que tienen también una misión social”.

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