En la ciudad del caos

Suena el estruendo de la alarma, pusiste una canción que sabías que te iba activar por las mañanas… Pero hoy la detestás. Son las 6:00 am, 10 minutos más no harán la diferencia.
En un abrir y cerrar de ojos, vuelve a sonar la alarma. Te jode, te perfora la mente como un taladro. Ni modo, tenés que levantarte.
Entre agarrar fuerzas y prepararte para salir se hicieron las 6:43 am. Entrás a las 8:00 am, está bien, vas a tiempo, si no fuera porque tenés que cruzarte toda la ciudad primero.
Ponés un pie en la calle, suena un concierto asíncrono de bocinas. Por un lado van los carros, y sus pasajeros en supuesta comodidad. Por el otro, los buses, latas oxidadas de sardinas, vomitando gente, ensordeciendo pasajeros. De lejos se ve la desigualdad, de cerca una relativa equidad: Todos van tarde y estresados.
El tráfico no avanza. Te va pegando el sol de la mañana, te impregna ese calor que te desespera, que te hace sudar y te inyecta en el pensamiento: “Hoy si vas tarde, vas a llegar tarde, y te van a descontar”. Ponés la radio para despejar la mente, en cuatro radios distintas aparece despacito ese hit desesperante, infelices las cuatro. Te aburre escuchar la misma canción desde hace 3 meses. Te aburre escuchar al locutor hablando de ponerle feeling a la mañana cuando él toma café en el aire acondicionado, y vos atascado en el tráfico, condenado a ver el mismo horizonte por, al menos, media hora más.
Se va despejando, ya van circulando los carriles. Curioso, siempre el carril contrario es el que se mueve más rápido. Se te meten los buses como si una ballena se le atravesara a una chalupa, haciendo ese gesto de la mano hipócrita, como pidiendo permiso para cambiarse de vía pero con medio vehículo invadiendo al prójimo, lo mismo hacen otros automóviles, todos buscando el carril despejado… Para saturarlo.
Mientras más conducís, más cosas tenés a las cuales prestar atención. El reloj que te avisa que el tiempo se acaba, el medidor de gasolina para saber si te alcanza para el viaje, los espejos laterales para ver quién se incorpora, el retrovisor para ver quén viene detrás. Hay que ver al frente por si los peatones se cruzan como si no hubiera mañana, hay que ver a los costados por si los motociclistas usan la línea divisoria como carril central.
Para ir todos tarde, siempre van apurados. Un esfuerzo inútil considerando que no hay solución para la tardanza. Este es el país donde quien sale de último piensa que debe llegar primero. Donde por querer ganar terminan perdiendo todos, porque un pequeño choque compitiendo la vía deja varados al resto. Este es el país del infarto, todas sus arterias están obstruidas. Esta es la ciudad del caos: San Salvador.
Se escribió escuchando: Lodo en la alfombra (2014, Danger)
