Colgar

Cuando hablaba sonreía el mundo. Esa extendida costumbre de añadir su golpeado y “fresa” norteño. Un poco ronca. Simples palabras, construcciones verborreicas. Ella había conocido a Alex la víspera de su peor cruda; aquella fiesta en la terraza del Master fue un monumento al alcohol: las cervezas se tomaron cual agua fresca, los tequilas gorgojearon ante el grito de macho, el wisky estremeció a los juniors en sus puñetas mentales, vaya, ella nunca recordaba haber compartido su número telefónico con aquel estirado chico de cabello negro y lacio, ojos penetrantes y sonrisa despreocupada que la invitó a salir unos días después. Hoy me contaba que pelearon. Me imaginé el combate al estilo del barrio: entre el polvo de la calle bloqueada para el evento boxístico, la horda de niños en uniforme escolar, los gritos de fiebre animal; aclaro: yo también me pierdo entre las dulces inconsistencias de la imaginación. En realidad, Lucy, mi amiga y cómplice, me narraba por teléfono su último enfrentamiento verbal con Alex, el novio que todo Instagram desea. Algo así como que el wey no quiso acompañarla a su competencia de voleyball porque tenía una peda en una quinta; idiota, no saber lo que significa el deporte para ella. Dijo que tenía que contarle a alguien, siempre hay que contarlo: según ella no había jugado bien. Pero también conocía esa costumbre que los nerds aplican en cada examen: “no estudié, voy a reprobar”, clara previsión de un simple 98; seguro que, cuando mucho, falló un bloqueo y un punto.

Me preguntó qué hacía, tratando de escribir la historia más hermosa del mundo, le dije.

-Espera, tengo que colgar, hay un retén aquí adelante-me contestó apurada. Colgó.

Silencio: El Silencio. ¿Cómo lo escribimos?

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