Suponer

De mi vecino a la derecha sabía poco. Lo visible era una playera del Cruz Azul, de las épocas en que la ofensiva bombardeaba de centros y el Loco Abreu destrozaba las redes, la gorra blanca con patrocinadores de la Fórmula 1, el bigote abundante y escarchado de grises, las arrugas que le otorgaría a un cincuentón la etiqueta de normalidad.

Estaba acompañado por un cómplice generacional y un par de jóvenes que le llamaban tío. Cuando arribé la cerveza ya dominaba sus cuerpos, con eso ademanes seguros pero impuntuales, con esa voz sin censura y esos ojos radioactivos. Apenas se inmutaron con mi llegada, aunque me hicieron sufrir para llegar al intento de asiento: una banca azul con dos descansabrazos o dos separaciones, un misterio.

Porque en el estadio Azul uno sabe que ha viajado en el tiempo, entre las arterias viales del monstruo mexicano, a nivel de calle, esa fachada de bodega debe ser reconocida sólo en los fines de semana que acumula las esperanzas más golpeadas del futbol azteca. Concebido en lo años 40 es previsible su antagonismo con los estadios state of the art: indefensión contra el clima, nulo estacionamiento (sí, ¡inexistente!) pocos y rústicos palcos, mínimos baños, en plena era de las pantallas sólo hay un sencillo par de marcadores, asientos precarios, en fin, una sensación de amontonamiento que comprobé durante los 90 minutos que mis espinillas fueron derrotadas por la fila anterior.

Al viacrucis señalado se sumó otro factor: en pleno ascenso de la primavera cometí el error de escoger un lugar por encima de la zona de calentamiento local, sí, con una vista maravillosa, topando la mirada con la gran Plaza de Toros México, pero con el infierno entrando directo por la frente. Creo que no había comenzado el juego y ya tenía las marcas rojas que el sol deja en la piel.

Con la mano simulando una visera, mi cara debió de mostrar alguna frustración o sufrimiento, porque en mi diestra frontera, el sensato señor de gorra automovilística me dijo que no sufriera, que para el segundo tiempo estaríamos salvados; acertó y me lo hizo notar antes de continuar con su ritual. Aquella sabiduría del vecino debía estar basada en la experiencia: fue de los primeros en llegar a la sección, se notaba en el silbido para llamar por las cheves, en el manejo de los tiempos para ir al baño, en los gritos bélicos contra los jugadores que no le agradan, en la confianza para pedirle un cambio al DT ¿Qué es de un estadio mexicano sin el tipo que grita eufórico, que señala los apodos certeros, que acierta en el timing para la mentada de madre, que con sus frases dobla de carcajadas al público?

Entonces reviré y observé sus manos gigantes, sus dedos firmes y una piel gastada, gris; me di cuenta que esas manos debían provenir de un trabajo inagotable, entonces supuse que sería un jardinero que dejaba su espíritu y las capas de piel en los azadones y tijeras, que sería un mecánico o un pintor de brocha gorda, es decir, con más estopa que vida. Lo seguí observando algunos segundos hasta que la inmovilidad fue sacudida y nos despegamos del asiento, un simulacro: si los delanteros cruzazulinos fueran un poco efectivos haríamos series aeróbicas por juego.

El certamen había sido intenso si tomamos en cuenta los golpes, los sprints, la testaruda idea de destruir al rival antes de crear, pero más allá de los chispazos locales y un par de golpes de talento visitantes, el partido generaba la sensación de ver la Concachampions el mismo día que la Champions. Conforme avanzaba el reloj y el juego no se definía, aparecía el diáfano espíritu que más temor causa entre los capitalinos, esa leyenda que dobla la misma cruz del escudo, como diría Borges: ¿cómo explica usted esa voluntaria omisión? Bastó una jugada de carambola para atizar las preocupaciones que la memoria produce: Gignac tomó el rebote del balón pasando la media cancha y arremetió contra un Corona inocente e indefenso; el daño parecía inminente, el mejor jugador de la liga con espacio y certeza, iba a anotar y las tiránicas redes sociales harían de cruzazulear el tópico de moda para enmascarar la ignorancia. Pero un aparente pibe más mexicano que el mito azteca recorrió la trayectoria del atacante francés, aprovechó una duda y a una alta velocidad despojó del balón. Observar ese sprint fue poner en hechos la mexicana idea de huevos: te puede faltar o sobrar talento, pero nunca pueden faltar aquellos. Ante la sorpresa monumental los gritos de alabanza al Chaco emergieron y fallecieron fugazmente, pues la calidad del jugador de 36 años encendió una arremetida que ilusionó al público y terminó en nada.

Entonces recordé la lectura de un italiano quien decía que, en silencio, creemos conocer París porque ya lo hemos visitado gracias a Hollywood, a las fotografías de revistas, a las novelas: esa felicidad, esa nostalgia, ese salto o ese beso frente a una Torre Eiffel indiferente: acaso una imagen imperfecta de la realidad. En este juego entre Cruz Azul y Tigres recibí de golpe el largometraje de mi vida sabatina a las 5 de la tarde: años frente de un televisor sufriendo (¿de qué otra forma?) por el juego de unos celestes; a lo largo del tiempo, en esa multitud de televisiones, las características de la transmisión no variaron tanto, la cancha inundada de luz haciendo sufrir a la cámara y generando la ingenua desaparición de las líneas blancas, las tribunas azules gritando soledad, unos tambores de fondo y algunos aullidos perdidos de apoyo local. Sería el fin de semana largo, la visita del exitoso equipo del norte o esa estoica creencia en el equipo, pero en mi primer visita al recinto las tribuna estaban repletas, vencedoras ante una invasión inexistente, con los tambores como pieza inagotable y con el entusiasmo colectivo al tope; sería la superior calidad del ojo humano, pero en esta ocasión veía un verde impecable con límites blancos y los aviones sobrevolando el recinto: a pesar del calor, en mi París, la imagen perfecta de una feliz realidad.

El juego terminó con un empate a ceros. La marea se enfiló a la salida mientras los jugadores se despedían con un aplauso para la gente, alguno de ellos fueron entrevistados y dejaron el campo lentamente. Un puñado de fervientes no habíamos dejado las tribunas cuando el 10 terminó de atender a la prensa, se enfiló hacia el ridículo túnel inflable con un cansancio evidente, ante los gritos de Chaco, Chaco, se detuvo, alzó las manos y aplaudió. Mi vecino tomó el gesto como suyo, yo también.

Supongo que Christian Giménez sigue siendo aquel niño que no quiere ir a dormir si no ha ganado, supongo que también extraña la Bella Airosa y algún día tendrá nostalgia de su patria. Yo a mis 5 años escogía mis calcetas blancas de acuerdo a las rayas que las adornaban en la parte superior: azul por los Cementeros, naranja por el Correcaminos, verde por el Tricolor, supongo que las amarillas eran prohibidas. Para la RAE, suponer es: considerar como cierto o real algo a partir de los indicios que se tienen. De ese vecino, del Chaco y de mí no conozco mucho, pero supongo que gritaremos Azul, Azul, Azul, por siempre.

Nota del autor: después del juego señalado por esta crónica, Cruz Azul se refugió en la fecha FIFA hasta regresar por derrotas vs Veracruz en liga, Morelia en Copa Mx y empate contra los mismo michoacanos; casi eliminación y gravedad en el tema de descenso. Como desde hace 20 años, Cruz Azul me decepciona con su manejo de los tiempos.

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