El hombre invisible

Tenía un matrimonio feliz hasta que me enamoré de otro hombre. Antes de conocerlo mi vida era mucho más simple, tal vez más gris y aburrida pero al menos posible.

Me cuesta encontrar el punto exacto en donde se inició el caos pero los pocos recuerdos que aún conservo lo ubican en un día como ayer.

Nunca nadie lo vio conmigo y, sin embargo, todos a mí alrededor fueron alcanzados por su embrujo. Mis ojos, mi sonrisa y hasta la piel irradiaban su presencia.

Quisiera que los acontecimientos fuesen distintos pero soy incapaz de controlar los estímulos que siento en el cuerpo cada vez que lo pienso. De haber tenido una opción, hubiese elegido no sentirlo. Hice lo que pude y construí –paralelo- un universo donde la correspondencia nos hacía vivir plácidamente.

El psiquiatra dice que él no es real y tampoco lo son mis recuerdos. Que todo es producto de mis deseos: la más creativa de mis utopías.

Mis afectos sinceros, todavía confusos e incrédulos, me ruegan que lo deje ir, que lo borre de la memoria, aún sabiendo — ellos y yo — que al hacerlo mataré a la mejor versión que hubo de mí. Porque si él no está, él no es y ni siquiera existe, entonces tampoco yo puedo serlo.

La prescripción médica me obligó a quemar cada una de las diez mil cartas que me escribí fingiendo ser aquel hombre inquietante, atento y honesto que un día me abrió una puerta. Pero las llamas de ese ritual no han conseguido llevarse consigo las marcas que su ternura le imprimió a mi cuerpo. Su capacidad de estimularme resiste cualquier intento químico por quitarle a mis células los recuerdos.

El procedimiento para recuperar la sensatez es tan doloroso que empiezo a idear una farsa capaz de convencer a cualquiera que ya no lo siento; crear una forma de ocultar que no me duelen sus miedos ni le temo a su tormento. Una mentira donde su sabiduría no me alimente ni sea su risa la que redima mi aliento. Necesito ahogar cualquier evidencia que me conmueve sólo con su existencia. Y traicionar así su confianza, romper su corazón, aprendiendo a vivir sin necesitarlo o haciendo de cuenta que puedo.

Mientras voy asesinándolo con pastillas de colores puedo ver sus ojos oscuros nublados por la angustia y lo escucho pedirme perdón: Por no salvarme, por no conseguir cuidar de mí…cuidarme de él y sus deseos. Lo veo morderse la boca para contener mi equilibrio y en su defensa, también se deja morir y con él a nuestros sueños.

Casi sin resistirme ingreso a un túnel que promete -del otro lado- devolverme la cordura. Me dejo vencer con la esperanza que al despertar todavía lo encuentre.

Ya casi no consigo mantener los ojos abiertos, pero aún así puedo percibir en los de mi marido su desolación. Y Aunque nuestra pareja se basó más en la lealtad que en la fidelidad, su amor incondicional y su confianza en el tratamiento no logran soslayar la certeza que jamás volverá a ser el hombre más importante en mi vida.

Porque en cada resquicio de la memoria quedará –clandestino- una fracción de otra presencia. En todos libros encontraré un camino de regreso hacia otra intimidad; en cualquier sábana reinventaré un perfume y ante una duda buscaré en otras ideas una salida.

Cada ausencia validara su existencia y nada será más cierto y definitivo: la sombra del hombre invisible eclipsará nuestros días hasta que un día lo encuentre.-

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