Roma

Cuentan que hace mucho, mucho tiempo, en el imperio de lo profundo, allí donde no existen el deseo ni la especulación, se desarrollaban seres excepcionales destinados a dominar a la humanidad. Dos de ellos se rebelaron resistiéndose a separarse. Nacieron de la explosión de una misma estrella y quizás eso los cegó, volviéndolos incapaces para reconocer sus diferencias. Como castigo a su rebelión fueron enviados al mundo de los humanos a sufrir en sus cuerpos las consecuencias de su comunión. Desde entonces andan errantes por la tierra buscándose y alejándose desesperadamente.

¡Huyamos a Roma! — propuso con tormento ante la carencias de alternativas.

— ¿Ahora? — preguntó con espanto. Pero antes de oír una respuesta subió sus penas a un triciclo destartalado con la ilusión de quien revela un unicornio alado.

Él oyó que todos los caminos llegan a Roma y, aunque nadie le ha explicado por qué, sabe que allí encontrará las respuestas.

Tomó una linterna, un mapa y un paquete de galletas; ella empacó un muñeco, un libro y un abrigo. Equipaje suficiente para emprender ese extenso viaje de acortar la distancia que existe entre dos personas.

Pero como hay batallas que se libran antes de nuestro propio tiempo no pueden resistirse, para siempre, al destino: Él es arrancado de su pueblo y ella estaciona su triciclo solo para verlo volver.

— Me duele el cuerpo cuando te vas.

— Donde haya un dolor te brotará un lunar.

La imagen que atravesó el cristal le resultó encantadora. Ella lo miraba con tanto desdén que él no pudo contener la risa que estuvo punto de desatar otra tormenta pero, tras un instante de duda, consiguió que le abriera la puerta. El pijama con osos y corazones apenas conseguía contener el erotismo que la joven mujer irradiaba del cuerpo y esa combinación resultaba perturbadora. El abundante rímel que usaba para endurecer sus rasgos le surcaba la cara como ríos desbordados devolviéndole un poco de esa ternura que había perdido en algún rincón de su infancia. Aún furiosa se dejó abrazar y la masculinidad del hombre fue puesta a prueba. Otra vez. Y aunque ambos sabían que él no podía redimirla, salvarla en esas nimiedades cotidianas lo volvía, por un instante, omnipotente.

— Solo te salvará el amor o la muerte.

— ¿Cuál de los dos me darás?

Apagó la luz, cerró las cortinas y desconectó los cables. Puso la cabeza del gigante derrotado en su regazo y le cerró los ojos a fuerza de caricias. En silencio, lo trasladó por una eternidad en la que sólo era capaz de sentirle las manos acariciándole sin treguas. Caricias exorcistas –quiméricas transgresiones a la estática en su sangre y en su tierra– que fueron desalojándole del cuerpo ese dolor que sólo sienten los huérfanos y anclándolo así, en el mundo de los cuerdos.

— Que el amor no arrase tu pena o seré la persona más triste de esta tierra.

— Vencer la soledad exige ganarle batallas a la indiferencia.

Un beso robado que le regaló un orgasmo en plena calle un martes al mediodía, le valió a ella como expiación por haber arruinado una familia antes de constituirla y a él para derrocar monstruos y -por primera vez- agradeció ser abandonado antes del segundo año de matrimonio.

— Hay dos clases de mujeres: las que no saben amar y las que son un salvoconducto entre una herida y la que viene.

— Roma no se destruyó en un día.

Les llevó casi diez años confinar aquel beso adentro de loa límites de una habitación. Tiempo suficiente para sucumbir a la epifanía. Porque hubo un momento, ese donde el sueño venció al deseo, en el que sus cuerpos asumieron lo definitivo. Se durmieron abrazados, como si al sexo pudieran dejarlo para luego y como si lo que les sobrase fuese tiempo.

Él tenía una carrera exitosa que incluía promociones cada dos años, una casa con vista al lago, tres hijos y un gato. Ella quería devorarse el mundo y le hizo el amor a cuantas ciudades pudo hasta que el cáncer la dejó sin aire y sin prole.

— Tu amor es tan egoísta, cínico y cruel.

— ¿Existe otra forma de amar?

Nunca llegaron a Roma pero al final del viaje encontraron casi todas las respuestas. Porque hay una razón para que dos personas tan distintas y ajenas coincidan en un instante, entre todos los lugares y todos los cuándos de este infinito universo. Fue cuando él renunció a vivir a dos tiempos y ella aceptó ser forastera dentro de su propio cuerpo. Y se permitieron invadir por esa conmoción irracional que estimula el espacio intersticial que existe entre el cuerpo y el pensamiento.

— ¿Conseguiste eso que buscabas?

— Te encontré a vos.

Le toma las manos, esas manos donde la crueldad del tiempo no se detiene, esas manos en las que cabe un mundo y que tanto se han resistido. Las tiene entre las suyas porque finalmente supo construir los puentes. Ella descansa en su pecho oyéndole recitar los peculiares eventos de una vida que sabe que no han compartido. Disfruta sin cuestionamientos del cándido intento por darle –otra vez– eso que no tiene. Después de todo qué son los recuerdos sino las trincheras que inventamos para someter a la intrascendencia.

Transitan satisfechos los detalles de esos viajes que no tuvieron, los hijos que no fueron, los pleitos que no hicieron. Y se completan los vacíos con recuerdos imaginarios de lo que no son pero quisieron.

Con esa inmunidad que sólo da la vejez, se sientan impávidos a esperar que el tiempo se detenga. Ella no sabe que él se ha ido ya, y para ser honestos, tampoco importa.

Cuentan que él caminó hacia la muerte con la esperanza, aún a riesgo de perderla, de volver a tenerla. Dicen que ella se entregó a la locura cuando cerca del fin encontró la respuesta: Nunca fue a Roma porque aunque compartió toda su existencia con el mismo hombre –aunque haya tenido muchos rostros y distintos nombres– lo que en verdad amaba ella era a su pena.-

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