#MadresVinotinto Mary Carmen Souto guardó el tutú de Verónica y le compró las botas de fútbol
“Mamá, ya no quiero bailar ballet, quiero jugar fútbol”, dijo una Verónica Herrera de apenas cinco años a Mary Carmen Souto, su sorprendida madre. “Ella veía a su hermano jugar y un día dijo que eso era lo que ella quería. Nos tomó a todos por sorpresa”.
Mary Carmen le guardó el tutú y le cambió las zapatillas rosadas por las botas de fútbol y desde entonces es su más fiel y ferviente hincha. Siempre lo tuvo claro: si eso era lo que su hija quería hacer, valía la pena. “Significa apoyarla, aun cuando al principio mucha gente me decía que cómo era posible que una niña jugara fútbol y eso, pero ahora son más las alegrías que hemos recibido”.
Va con ella a todos los entrenamientos y en todos los juegos la apoya desde las gradas, junto a su otro hijo. También la acompaña a las entrevistas. Verónica confiesa que le da algo de pena que su mamá la vea en grabaciones o ruedas de prensa, pero le agradece que esté ahí.
Empezó en la cancha de la Hermandad Gallega de Venezuela, donde siempre había niños jugando. Sus amigos de entonces lo siguen siendo hoy día, y uno de ellos fue quien le contó: había un equipo que buscaba jugadores. Verónica fue, sola, a entrenar allí. El entrenador luego fue a hablar con su mamá y ahí comenzó la historia.

Fue en uno de esos entrenamientos que Pedro Febles, el famoso futbolista conocido como “El Grande”, la vio. Verónica, que para ese entonces tenía seis años y con el permiso de sus representantes, empezó a entrenar con Febles y se convirtió en la única jugadora femenina en su equipo.
Mary Carmen recuerda entre sonrisas esos días. Cuando los papás de los niños del equipo contrario veían que había una niña en la cancha decían que iba a ser fácil para sus hijos jugar, hasta que empezaba el partido. “Me decían ‘ay, pero esa niñita no deja a mi hijo hacer nada, no lo deja jugar’ y yo les decía que esa niñita era mi hija y que no, no iba a dejar a su hijo jugar”.
Ya no es extraño que haya una niña jugando fútbol. “Luego los padres decían ‘¿y todavía Verónica está jugando?’”, cuenta Mary Carmen orgullosa.

Vero, que porta el número dos en su camisa, estudia cuarto año en el Colegio Santo Tomás de Aquino, donde su mamá asegura que recibe todo el apoyo de sus compañeros y de la institución para continuar en la selección. “Hoy en día y con lo que ha logrado, si hay alguien que piense que es raro una niña jugando fútbol se queda callado. Lo pensarán, pero ya nadie se lo dice”, comenta.
Durante casi toda su joven carrera, Verónica se ha desenvuelto en el fútbol masculino: con el equipo de la Hermandad. La mamá rememora que una vez intentó jugar en la liga femenina del Caracas, pero no se acostumbró, sobre todo porque los partidos no tenían la misma regularidad en el fútbol femenino que en el masculino. No fue si no hasta el diciembre pasado que decidió cambiarse al femenino del Deportivo La Guaira, que se convirtió en su nuevo club.
Para Mary Carmen, la mejor fortaleza de su hija es su persistencia. “Se pone retos y si no los logra, vuelve a intentarlo una y otra vez. No sé cómo lo hace. Incluso a veces le digo que me gustaría aprender de ella, aunque sea un poquito”, relata la madre, quien no titubea en admitir que Verónica es un gran orgullo.
‘Verito’, como es conocida por ser la más pequeña del grupo, lo demuestra también dentro de la cancha. Su mamá rememora como, hace ya varios años, su equipo –el masculino de la Hermandad Gallega- quedó segundo en la Liga César del Vecchio. “Todos sus compañeros estaban deprimidos, pero ella les dijo que qué les pasaba, que haber llegado tan lejos era ya un triunfo y había que celebrar”, cuenta. “Tiene una fortaleza, una capacidad de levantarse que me parece impresionante. Es algo innato en ella”.
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No todo ha sido fácil. Aunque su mamá, su abuelo y su hermano mayor se declaran “sus principales fanáticos”, les ha costado aprender que la pequeña de la casa pase tanto tiempo fuera. Sin embargo, hacen lo posible para asistir a cada uno de sus encuentros. “El que más falta es el hermano, que a veces no puede ir porque también juega, pero en el Deportivo Galicia. A veces chocan los horarios”.
Para ella, tener una hija mundialista es “una satisfacción, un orgullo, una emoción” y luego de una corta pausa culmina diciendo que “en realidad, no hay palabras para explicarlo”.