No poder decir adiós

Conocí a Jorge hace unos seis o siete años. Uno pensaría que fuimos cercanos desde entonces, lo cierto es que no éramos buenos amigos, mucho menos podía pensar en salir con él. Dejamos de vernos por casi tres años hasta una noche que nos encontramos en una fiesta. Recuerdo que me costó trabajo asociar la imagen que tenía de él con la persona que estaba frente a mí en ese momento. A partir de esa fiesta comenzamos a vernos constantemente. Una tarde, cuando ya estábamos saliendo, quedamos de ver una película en casa. Tú escoge, me dijo, da lo mismo. Una parte de mí no podía creer lo que decía, cómo va a dar lo mismo, si la vida no le alcanza a uno para poder ver todo lo filmado en el mundo. La otra parte de mí sabía que en realidad no importaba en lo absoluto, no en esa ocasión. Como quiera tardé unos quince minutos en decidir y al final vimos Los insólitos peces gato. Temía que con mi elección se perdieran nuestras verdaderas intenciones o peor, temía que se aburriera. Terminó la película y lo descubrí llorando. Lo hacía con honestidad, podía verlo vulnerable. Me arrepentí de no haber puesto atención a la película por preocuparme su reacción, hubiera querido disfrutarla como siempre. Esa noche nos quedamos hablando en el sofá. Me confesó que le gustaría que hicieran con él lo mismo que pasaba en la película con Martha. Creí que era una especie de broma, pero no lo comenté. Al día siguiente se llevó el dvd. Días después de eso me contó que la vio con su mamá y le había contado lo mismo que a mí, ya no parecía tanto una broma. Creo que parte de la razón por la que no lo tomé tan en serio fue que no pensaba que me tocaría a mí compartir esa parte de su vida, realmente no siempre pensamos en la muerte de las personas que tenemos cerca.

Ayer subí a su coche junto a su mamá y sus hermanas. Pusimos Say hello 2 heaven de Temple of the dog, su canción favorita. Recorrimos la ciudad en un acto de memoria y patetismo, que sólo pudimos reconocer entre risas nerviosas que terminaron en llanto hasta que bajamos del coche, para que se fuera quedando en cada espacio y cada avenida a la que le hubiera gustado pertenecer. Jamás había sentido esa mezcla entre profunda soledad y tranquilidad como aquella vez que recorrimos la ciudad. Queda, honestamente sólo tristeza y enojo por cómo sucedieron las cosas.

A Jorge se lo llevaron sin preguntar nada. Era medianoche, veníamos de una fiesta. No nos dimos cuenta de dónde salió la camioneta, de un segundo a otro estaba frente a nosotros impidiéndonos el paso. Ahora creo que hubiéramos salido de esa pero no pensamos rápido. Tres sujetos armados bajaron y se acercaron a nosotros, nos apuntaban. Le ordenaron que abriera la puerta y saliera, a la persona que nos acompañaba en la parte de atrás y a mí pidieron que nos agacháramos. Nos lo vamos a llevar, dijeron, ha estado hablando mucho, pero se los vamos a regresar, es sólo para que aprenda. Se alejaron y dejaron de apuntarnos, apenas pudimos ver que lo subían a su camioneta.

El pequeño río en donde dejaron su cuerpo tenía el recuerdo de días mejores. Verlo fue difícil, no es exageración, la cosa más complicada que he hecho en mi vida. Es profunda rabia escuchar cómo tratan lo que pasó como si fuera su culpa: Quizá no debió dar su testimonio si sabía que era peligroso, se atrevieron a decirnos las mismas personas que le pidieron hablar sobre lo que había visto. Lo asesinaron por intentar ayudar a la familia de otra persona, lo asesinaron porque se atrevió a hablar sobre lo que vio pero todavía se otorgaron el derecho de tratar su cuerpo como algo criminal.

Pienso en sus últimos momentos, el miedo, la tristeza, la desesperación y la completa soledad con la que se lo llevaron y no es justo. Se adueñaron de su vida, de su cuerpo, de su risa, de su llanto, pero lo seguiremos viendo, lo seguiremos escuchando, lo vamos a extrañar toda la vida.

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