
Se dice que cuando un general romano regresaba victorioso de la batalla, mientras desfilaba por las calles entre los aplausos de la multitud, un siervo iba con él, y constantemente le repetía al oído “memento mori”, que traducido es “recuerda que te vas a morir”. ¿Lúgubre? tal vez para algunas sensibilidades contemporáneas. No nos gusta hablar de nuestra propia muerte. En nuestra cultura pop capitalista somos eternamente jóvenes clientes de “Forever 21”.
Incluso dentro de la Iglesia contemporánea existe esta tendencia a ver todo tan positivo y lleno de color como un libro de superación, una conferencia de Herbal Life o un comercial de Coca Cola. Evitamos el tema de la muerte y cualquier tinte oscuro, bajo el slogan de que la Igleisa “celebra la vida”. Sin embargo, la Iglesia históricamente tiene una tradición pictórica muy sombría llamada justamente “memento mori”, así bien darks llena de gente posando con cráneos, o calacas danzantes cual pintura de Guadalupe Posada. Y el objetivo de este arte, era hacer reflexionar a la gente sobre su propia vanidad y mortalidad, tal como lo hacía el siervo atrás del general romano agüitándole un poco la fiesta para que no perdiera piso.

De hecho, incluso en la Escritura, el salmista le pide a Dios en oración que le recuerde que su vida es corta:
“Enséñanos a contar bien nuestros días,
para que nuestro corazón adquiera sabiduría.” (Salmo 90:12 -NVI)
Sé que el tema del Día de Muertos es controversial dentro de los círculos cristianos, y mi intención no es presentar un caso para promover o censurar el pan de muerto o pintarse la cara como catrinas. Sólo quiero rescatar un aspecto de la fiesta, y es que es un día que nos susurra “memento mori”.
¿Por qué hablar de la muerte?
Bueno, una razón es porque (spoiler alert) nos va a pasar a todos, y a todos los que nos rodean, y muchas veces, antes de lo que esperábamos. Es bueno tenerlo en mente para aprovechar nuestro tiempo en esta vida, con las personas que tenemos a lado pero que no siempre lo estarán, y buscar constantemente qué es lo que en realidad importa.
El recordar nuestra fragilidad nos hace humildes y nos da luz sobre nuestro lugar en la Creación y nuestro breve paso por la tierra. A veces nos sentimos dioses imparables vitoreados por nuestros logros en esta vida, y necesitamos que alguien nos susurre en el oído “memento mori, chavo” para recordarnos nuestro lugar y vanidad en este gigantesco Universo. Recordarnos que somos polvo y al polvo volveremos.
La Biblia no evita el tema de la muerte. Convive con él…y lo trasciende. La Escritura baila en medio de esa paradoja entre el imperativo de redimir el hoy, pero sabiendo que éste no es el final:

“El hombre, como la hierba son sus días;
Florece como la flor del campo,
Que pasó el viento por ella, y pereció,
Y su lugar no la conocerá más.Mas la misericordia del Señor es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen” (Salmo 103:10,14–17)
Los creyentes estamos llamados a vivir en esa tensión de recordar que nuestros días son limitados, pero que al mismo tiempo, deben ser vividos a la luz de la Eternidad, y que las decisiones que tomemos en esta vida se proyectan con consecuencias en el Infinito. Al final de cuentas, como dice Máximo en Gladiador “lo que hacemos en esta vida, hace eco en la Eternidad”.
Pero sobre todo, el recordar nuestra muerte no debe apuntar a Aquél que venció a la Muerte, y que puede redimir la dirección eterna que estaban tomando nuestras vidas. Los cristianos podemos con sinceridad reírnos de la Calaca como Pablo en esta especie de calaverita neo testamentaria:
«¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?»
El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. ¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!”
Y aunque lejos esté de mí el traer a mis difuntos para que coman de un altar, sí los traigo a mi mente y recuerdo de dónde vengo, y honro su memoria. Pero sobre todo, me recuerdo que yo también soy uno de ellos: polvo que volverá al polvo, al que se le pedirá cuentas de cómo redimí mi tiempo en esta vida, pero con la paz de que en Cristo hay victoria en esta vida, y en la vida después de la vida.
Así que memento mori, queridos, memento mori.
