El populismo no ha muerto

La parranda se ha acabado, por un tiempo al menos…

Cuenta la historia, que el todopoderoso caudillo argentino Juan Domingo Perón (1895–1974) escribió en 1953 al entonces recién electo presidente chileno, el ex dictador Carlos Ibáñez del Campo, dándole algunos consejos sobre como debía manejar la economía. No sabemos si lo hizo con buena intención o más bien quería perjudicar a su país vecino, pero lo concreto es que le dijo: “Hay que llevar la lucha a la calle… Y hay un solo camino para copar la masa: la justicia social… Dé al pueblo, especialmente a los trabajadores, todo lo que pueda. Cuando a usted le parezca que les da mucho, déles más. Verá el efecto… Tratarán de asustarlo con el fantasma de la economía. Es mentira. Nada hay más elástico que esa economía que todos temen tanto, porque no la conocen” (Gonzalo Vial, Chile. Cinco siglos de historia, t. II, p. 1151).

Tampoco sabemos si Ibáñez le hizo caso, pero lo que sí es claro, es que ambos gobernantes compartieron no sólo el uso del uniforme y ser una de las figuras más relevantes del siglo XX latinoamericano, sino que también el haber obtenido resultados económicos desastrosos en sus respectivos países, fruto precisamente de no entender como funciona la economía.

Nombrado Secretario de Trabajo y Previsión Social, Perón fue desarrollando una relación con los sindicatos que pasó del enfrentamiento a la colaboración y viceversa, aunque un factor clave en su acceso al poder fueron los militares, “una oficialidad media”, imbuida “de ideas nacionalistas contrarias al status quo entonces imperante en la Argentina” (Torcuato S. Di Tella, Perón y los sindicatos, 2003, p. 79).

Carlos Malamud, en su libro Populismos latinoamericanos. Los tópicos de ayer, de hoy y de siempre (2010), afirma que tanto los de la primera hornada, es decir los desarrollados entre los años 1930 y 1950, entre los que se encuentra el argentino y también el brasileño Getulio Vargas, como los de los años noventa e incluso los más recientes también llamados neopopulismos, vemos una “influencia de la reivindicación de los valores populares, así como su anticapitalismo y antiliberalismo” (p. 13). Es más, agrega, el populismo no tiene ideología. Nos preguntamos ¿es de izquierda? ¿es de derecha? Perón, Vargas, ¿qué fueron? Sí, es cierto que el neopopulismo es de izquierda, pero nada impide que surja uno de derecha. Tampoco tiene una forma determinada de gobernar, puede ser bajo la apariencia de una democracia o bajo la bota de la dictadura, ni se ubica en una región geográfica específica. A los dos países mencionados podemos agregar la Bolivia del Movimiento Nacionalista Revolucionario, el aprismo peruano, la Acción Democrática de Venezuela o el México de Lázaro Cárdenas. Lo importante, nos dice este historiador, es que “más bien se relaciona con fuertes liderazgos y ciertos estilos personalistas y patrimonialistas del ejercicio del poder” (p. 13).

Entonces, ¿ha muerto el populismo? Los recientes resultados electorales en Argentina con el triunfo de Macri, la derrota en el plebiscito de Evo Morales en Bolivia, las marchas que piden la renuncia de Dilma en Brasil y el debilitamiento de Nicolás Maduro en Venezuela han hecho que algunos comiencen a cantar victoria. A riesgo de ser el aguafiestas, declaro mi escepticismo. Mi impresión es que más bien se trata de un deseo contenido, una esperanza que una realidad. Al tiempo que me hicieron recordar cuando hace casi 20 años, en noviembre de 1996, The Economist aplaudió la situación económica y política latinoamericana debido al reemplazo de los populismos por democracias. El problema fue, como dice la canción, es que “no estaba muerto”, y si bien la parranda se le había terminado momentáneamente, pudo volver, como quizás podrá hacerlo una y otra vez. De ahí que Malamud acierta con ese subtítulo: “tópicos de ayer, de hoy y de siempre”.

Perón fue derrocado por un golpe de Estado en 1955, pero desde el exilio, que lo mantuvo 18 años alejado físicamente de la Argentina, a su regreso fue electo presidente en 1973 y esta vez no pudo terminar su mandato porque murió en el ejercicio del poder.

Getulio Vargas, fue presidente en cuatro ocasiones del Brasil, claro que desde 1930 hasta 1945 lo hizo de corrido cumpliendo las etapas sucesivas del gobierno provisorio, constitucional y el Estado Novo, para regresar en 1951. Tal como afirmó en su testamento político, y como todo populista, tenía un fuerte rasgo mesiánico, que le hizo seguir lo que el llamó “el destino impuesto”, ese que lo enfrentó a los grupos económicos y financieros internacionales. Es cierto, tuvo que renunciar, pero “volví al gobierno en los brazos del pueblo”. Claro, ahora lo que le faltaba era pasar a la posteridad, a la historia en clave heroica — como lo hizo Evita Perón, la “santa”, el “mito”, y el brasileño lo hizo clamando “nada más les puedo dar a no ser mi sangre. Si las aves de rapiña quieren la sangre de alguien, quieren continuar chupando al pueblo brasileño, yo ofrezco en holocausto mi vida. Escojo este medio para estar siempre con ustedes”. Se suicidó en 1954.

¿Alguien pensó que después de su primer mandato Alan García regresaría no sólo a Perú, sino que volvería a gobernarlo? Y no sólo eso, ahora más allá de lo que digan las encuestas, esta en competencia por un tercer mandato.

Es que en el populismo la eternización en el poder va de la mano con el liderazgo carismático, con la impresión ideológica, con el nacionalismo, con el discurso anti imperialista, anti política. Va debilitando o se aprovecha de la fragilidad de las instituciones, y por cierto, necesita de la existencia de una masa de población dispuesta a seguirlo.

Razón tiene Di Tella, cuando afirma que el peligro del populismo no es su disyuntiva ideológica (izquierda o derecha), sino un caudillismo movilizador dispuesto a cualquier cosa (Perón y los sindicatos, 2003, p. 89).

Pero, ¡hay de quien se le oponga en el camino! Pues como sentenció Evita, exigen un cheque en blanco como garantía de lealtad al caudillo, el cual “llenaremos con su extermino cuando no sea lo suficientemente hombre como para cumplirlo”.

Este artículo fue publicado originalmente en El Demócrata (Chile) el 19 de marzo de 2016.

Ángel Soto es Profesor dela Facultad de Comunicación de la Universidad de los Andes (Chile).