Intercambios

Sobre Javier Abreu y El Empleado del Mes

por Ionit Behar

Hoy en día no son raros los lugares de encuentro que se consideran icónicos en la ciudad, que formen parte de sus variadas alternativas y a la vez la representen. No hace falta decir que existen calles, que existen bares, por ejemplo, que son espacios reales pero también que han sido idealizados y existen en otra dimensión que los transforma. En esos casos se desarrollan los episodios contemporáneos de la vida cotidiana, aptos para que el ciudadano experimente la banalidad de sus rutinas pero donde también se enfrente al vacío en una sociedad que le impone sus reglas aunque le ofrezca la posibilidad de transgredirlas.

“Habitar, circular, hablar, leer, caminar o cocinar, todas estas actividades parecen corresponder a las características de astucias y sorpresas tácticas: buenas pasadas del ‘débil’ en el orden construido por el ‘fuerte,’ arte de hacer jugadas en el campo del otro, astucia de cazadores, capacidades maniobreras y polimorfismo, hallazgos jubilosos, poéticos y guerreros.” Es así como el historiador y filosofo francés Michel de Certeau observa, desde su perspectiva, a los habitantes de la ciudad en su ser y hacer cotidianos.

En otras palabras, esas formas diferentes que presenta la vida diaria se convierten en una vía de escape del sistema oficial y, por lo tanto, implican un nuevo nivel de significación y de otra magnitud en las realizaciones del arte. Cuando se produce esa nueva significación debido al cambio de contexto, ocurre un desplazamiento, y es esa transformación la que me interesa destacar en la obra de Javier Abreu. Por ese cambio de lugar se atribuye a un objeto, a un material, a una acción, un cambio de valor. La obra cambia y el mundo del arte la acompaña.

Desde hace ya varias décadas, los artistas manifiestan su interés por el dinero con más evidencia que en el pasado, a tal punto que ese interés se vuelve objeto y sujeto de sus realizaciones. Sin embargo y a pesar de su poder real, del dominio que ejerce, de los servicios que presta, se sabe que el dinero no posee un valor en sí mismo, es una abstracción y, como tal, desprovista de contenido propio. Se ha dicho que el capitalismo produce una “cultura de la abstracción” y, si bien genera un clima intelectual de rotunda hostilidad hacia lo abstracto, en realidad refleja y reproduce más abstracciones. Son contradicciones difíciles de resolver y en el juego de oposiciones se enfrentan el pensamiento con el mundo, los conceptos con los objetos, los ideales con la realidad social, ya que nada produce tantos efectos como el dinero. Su carácter abstracto resulta de la organización particular de cada sociedad, de sus instituciones y los procesos históricos que las determinan. Entre otros pensadores, Karl Marx explica que el dinero vale “como medida general de valores” y en él se concreta, como ya se sabe, nada menos que el trabajo humano.

El artista uruguayo Javier Abreu se llama a sí mismo “El Empleado del Mes”. Con ese “cargo” se crea una doble personalidad que presenta las dualidades de la labor del artista confundidas con la labor del empleado corporativo. Al designar a “El empleado del mes” se verifica un reconocimiento público a aquellos empleados que durante ese período se destacaron en empresas como McDonald’s, y en función de ese aprecio se le otorgan incentivos. Según Abreu, “El Empleado del Mes” es un proyecto que nació en la crisis del 2002 en el Río de la Plata. ¿Se sabe que los empleados de esas empresas reciben un sueldo por debajo de un salario mínimo? ¿Se sabe también que la mayoría de los artistas luchan por sobrevivir, muchas veces trabajando en más de una ocupación para lograr sustentar su práctica artística? Por eso, quizás más que un proyecto, “El empleado del mes”, un personaje trivial, se convierte en el artista mismo y es en este sentido que vale la pena identificar y analizar su condición, su conducta, sus hábitos y reacciones y las etapas de su institucionalización.

El artista se aproxima a su “trabajo” y el diálogo que se entabla entre el artista y el empleado se vuelve fundamental. El aspecto performativo de la práctica artística se repite, se amoneda y circula como una nueva mercancía del arte. Al proponer esa aproximación, Abreu logra cuestionar el valor del arte y del artista. Quien lo sigue de cerca se pregunta: ¿Es el artista un empleado? Y si lo es, ¿a quién le está sirviendo su trabajo? ¿De qué forma ha cambiado nuestro propio entendimiento de la labor artística?

Sería interesante comparar esta situación con otros momentos de la historia cuando otros artistas trataron de redefinir su labor. Por ejemplo, la década de 1930 fue una época en la que las huelgas, el disenso, la actividad sindical y la organización de las masas forzaron a Roosevelt y el New Deal (Nuevo Trato) a realizar un corrimiento hacia la izquierda. Afortunadamente, fue un año que ofrece múltiples ejemplos de la acción de los artistas que trabajaron en conjunto para afrontar la crisis económica de su tiempo. La Unión de Artistas, fundada en 1934, basada en la ciudad de Nueva York, fue uno de los principales voceros para los artistas desempleados. También en una región lejana, los Constructivistas Rusos se llamaban a sí mismos “trabajadores del arte.”

Otros artistas, ya en los sesenta y setenta, formularon preceptos fuertemente anti-gubernamentales y aspiraban a que su trabajo fuera considerado similar a las tareas consideradas como mano de obra. Aunque las condiciones de trabajo son muy distintas, en la actualidad muchos artistas se involucran en movimientos sociales y políticos y se refieren a ellos en sus obras. Cuando los artistas eran trabajadores asalariados en la década de 1930, podían realmente declararse en huelga y mantener su trabajo si así lo querían.

En esa época sus pronunciamientos tenían una resonancia colectiva. Sin embargo, si los artistas hoy en día detienen su trabajo, ¿a quién impacta realmente esa decisión? Los años 1930, los 1960 y los 2000 fueron muy diferentes tanto en las actitudes asumidas por una parte, como en las reacciones de la otra parte.

El arte de Abreu, con sus performances y objetos, siempre está en discusión con la cultura capitalista y consumista, con lo cotidiano y contemporáneo. Pronuncia una clara protesta por medio de cuerpos y objetos que ocupan un espacio destinado a presentar preocupaciones parecidas a las de los trabajadores activistas. De ahí que Abreu utilice el dólar, los billetes, propiamente dichos, como materia prima en varias de sus obras. En “Casita-dólar” (2008) Abreu construye la maquete de una casa con un dólar. En “Salvavidas” (2009) Abreu cubre un salvavidas redondo con dólares y, replicando la famosa frase, escribe debajo “Esto no es un salvavidas.” En “Pichón consumista” (2013) Abreu crea una pequeña paloma hecha también con billetes de un dólar y expone el objeto en una vitrina. En “El Edén Uruguay, Paisaje de dólar” (2013), el artista utiliza billetes de 100 dólares y mediante un proceso de escáner digital obtiene una imagen final en la que aparecen todas las huellas de su uso y circulación: mugre, rayas, roturas. En la serie que presenta se puede reconocer hechos que ocurrieron y personajes que cobraron notoriedad en las últimas décadas. Aparecen, por ejemplo, Tabaré Vázquez y George Bush en Anchorena, Cristina Kirchner, Mujica y una gallina, etc.

En su trabajo más reciente, expuesto en el Espacio de Arte Contemporáneo (EAC), la obra “Belleza y devaluación” (2014) para la cual Abreu se inspiró en una planta, un geranio que floreció y se marchitó en el balcón de su casa en Montevideo pero, al reproducirlo, construyó un Geranio con dólares americanos. Este nuevo geranio dolarizado ocupa un lugar sobresaliente colocado sobre una base blanca con una cúpula de acrílico.

El Geranio de Abreu es un objeto delicado, precioso, es una joya. A pesar de esas cualidades, se reconoce fácilmente como algo muy conocido en Uruguay; los geranios y sus flores son plantas muy difundidas en nuestro país, provocando un descubrimiento y un extrañamiento a la misma vez. Al exponerlo, Abreu nos muestra la belleza del geranio en su balcón y, al mismo tiempo, da por supuesto que la belleza natural de la flor no es suficiente. Nos hemos acostumbrado a vivir toda clase de experiencias vía internet, por medio de fotos, por películas y por mensajes de texto, en esta época de redes. El Geranio de Abreu recrea varias experiencias contemporáneas y cotidianas pero que, por sus desplazamientos y transformaciones, adquieren aspectos diferentes. Ahora empezamos a apreciar la belleza del geranio pero solo cuando aparece en su obra, ubicado en un espacio artístico, a distancia de su medio botánico o del balcón, su lugar de origen.

Además, en la exposición, se le ve aislado, protegido por medio de una cúpula de acrílico pero, sobre todo, sorprende que esté hecho nada menos que con dinero, el más valioso de los materiales. La ironía es muy reveladora. Gracias a ese ironía de Abreu, el geranio es y no es la flor, es otra cosa que, paradójicamente, la muestra distinta y verdadera, siempre muy valiosa o luciendo otros valores.

A pesar de ser acciones bien diferentes, la obra de Abreu “Belleza y Devaluación” me recuerda a “Money to Burn” (Dinero para quemar) (2010) del artista estadounidense Dread Scott. En este último caso, realiza una performance en Wall Street, Nueva York, y en ese ámbito de las finanzas, el artista quema su propio dinero, los billetes de otros participantes, mientras que canta repetidamente las palabras “dinero para quemar.” Mientras que Abreu cultiva la belleza de una flor diferente y las posibilidades estéticas incluso del dólar cuando deja de ser dinero, en la obra de Scott hay violencia y una destrucción que intimida.

En lugar de destruir, Abreu transforma algo que solo “se considera” valioso en un valor de verdad. Coinciden ambos artistas, Abreu y Scott, al usar el dinero para cuestionarlo y para hacer pensar en su precario valor, en su uso y circulación en nuestra sociedad. Abreu precisamente lo adelanta en el título de su obra, cuando dice que se trata, en efecto, de una devaluación. Poniéndolo a la vista en el EAC, Abreu aparta de su contexto a la flor o al dinero, y propone un contexto nuevo. El arte de Javier Abreu depende de circunstancias de la vida diaria y, sobre todo, de los registros anti-institucionales que admiten lo cotidiano. Sus obras no residen en un plano ideal ni en la autonomía de un ámbito independiente sino en un espacio de prácticas compartidas, contemporáneas, cotidianas, donde su imaginación las desafía y, al mismo tiempo, las descubre”