Héroes
De cómo el cáncer de mi padre cambió mi percepción de las cosas

«Studer». Esto fue lo primero que escuchó mi padre en la UCI tras someterse a su segunda operación en mes y medio. Al hacerlo, sonrió y, aún bajo los efectos de la anestesia, volvió a caer profundamente dormido. Seis horas, seis, estuvo en quirófano, en las manos de tres cirujanos. Uno de ellos no apartó la vista de sus tripas en todo ese tiempo.
La derivación de Studer es una técnica de derivación urinaria que ha permitido a mi padre llevar una vida prácticamente normal pese a serle extirpada la vejiga, afectada por un tumor maligno. Una intervención a la que no pudo someterse hasta serle realizado un doble bypass, obligado por una lesión arterial que dio la cara en el tiempo de descuento. Por suerte para él, prefirió irse a urgencias antes que al cine; creía que los microinfartos que sufrió eran gases.
Ahora que han terminado los Juegos Olímpicos, el término «héroe» me resulta, cuando menos, difuso. Acostumbrado a calificar de esta forma a deportistas de élite como Rafa Nadal o Pau Gasol por mi profesión y mi pasión por el deporte, lo cierto es que, tras meses yendo de casa a la redacción y de la redacción al hospital, no puedo más que encumbrar el trabajo de aquellos cuya labor no valoramos lo suficiente en nuestro día a día.
Hablo de los cirujanos que no se tomaron ni media hora de asueto para disfrutar de una tostada, un café o un cigarro mientras mi padre se debatía entre la vida y la muerte -hasta en dos ocasiones- sobre la mesa de operaciones. Hablo de las enfermeras que no le quitaron el ojo de encima día y noche para que no se saltase una sola de sus pastillas. O de la limpiadora que nos dedicó una sonrisa y un «no pasa nada» cuando la cosa se torció a las dos de la mañana.
Del ortopedista -del sector privado, por cierto- no diré nada. Sólo espero que la vida le dé lo que se merece.
Cada día, ya fuese en la cafetería, en la UCI o en planta, la misma duda rondaba mi cabeza: ¿cómo hacían médicos, celadores y enfermeras para seguir funcionando a toda máquina tras años de recortes, desprecios y pisoteos por parte de la Administración? ¿Cómo? Más aún en una región como Andalucía, la más poblada del país, que lleva años a la cola en gasto sanitario en toda España.

Entre febrero y mayo de este año, he visto varias protestas en la puerta principal del Hospital Virgen Macarena de Sevilla. Pero, de puertas hacia dentro, el trato por parte del personal del centro siempre fue exquisito. Nadie pagaba su frustración son quienes sufríamos por nuestros seres queridos. No diré -por razones obvias- quién nos proporcionaba café y dulces by the face a los que esperábamos la hora de visitas con el corazón en un puño cada día, pero sí diré que era harto reconfortante.
Esta experiencia me ha hecho valorar muchas cosas, entre ellas la vida humana en sí misma. Pero, sobre todo, me ha hecho darme cuenta de lo poco que valora la población española, en general, lo público: desde la Sanidad hasta la Educación, pasando por quienes velan por nuestra seguridad.
Por ejemplo, los bomberos que, verano tras verano, se juegan la vida para evitar que nuestras casas y nuestros montes sean reducidos a cenizas. Eso sí, cada vez con menos medios. Tampoco debemos olvidar a los maestros y maestras, sometidos cada curso a una mayor carga de trabajo: más niños por aula… y más recortes.

Por lo general, muchos vivimos -o vivíamos- aislados del mundo real hasta que la vida decide darnos un empujón. Al igual que con el sector de la Educación, pude familiarizarme con la dramática situación que se vive en nuestros hospitales públicos entre hora de visita y hora de visita, pasando de verlo en la televisión, a la cual apenas presto interés hace tiempo, a escucharlo en boca de los propios protagonistas.
La vida de mi padre, afortunadamente, no corre peligro en estos momentos. Ha perdido mucho peso, pero mantiene intacto el sentido del humor y su amor por la vida ha ido in crescendo según ha ido superando etapas. Me gusta pensar que ha podido lograrlo -en un tiempo récord, además- gracias a un sistema público que, aunque ruinoso, tiene en la vocación de quienes forman parte de él su mejor sustento.
Gracias a todos ellos por abrirme los ojos. Y, por supuesto, gracias por salvar a mi padre.
