Minucias, nada más

Como la mayoría hace, la mayoría pero no toda, y aunque parezca increíble, el año pasado vacacioné. Y digo increíble porque acumulo varios meses de andar corto, como ando corto ahora mismo. Sin embargo, aun andando corto, me endeudé para pagarme el vuelo a Cancún so pretexto de ir a una boda, y me endeudé con la promesa de que eso de andar así, corto, no se me hiciera tan largo. El caso es que como me ahorré la estancia porque mis parientes a los que agradezco la invitación pagaron la estancia en conocido hotel, pues el viaje resultó relativamente barato. Mi mayor sorpresa fue que el hotel estaba exactamente en Punta Cancún, ese vértice de la isla que sale siempre en las fotos aéreas. Aclaro que no me hospedé en el hotel más caro de los que ahí se ven, sino más bien en el de aladito, justo el que casi no luce, pero que por el simple hecho de estar ahí no es tan barato como cualquier hotel de paso en la Cárdenas-Villahermosa, desde luego. Fuera de un vendaval gélido del norte que me sorprendió no por vendaval sino por gélido, pues estábamos en noviembre y debí sospecharlo, la estancia fue breve pero placentera. Y aprovechando que estaba oh qué felicidad en un balneario y no mi portuaria e industriosa ciudad, bajé del cuarto al Oxxo de la esquina en chanclas y bermudas, casi media noche ya. No tardé en notar que estaba en un código postal diferente. La calle asfaltada y las banquetas bien trazadas y lustrosamente barridas. El césped de los callejones cortado, justo como Dios manda para que alcance la categoría de “césped” y no “pasto”, “zacate” o ya de plano “monte”. Si me hubieran animado habría rodado como infante por el césped, so pena de hacer el ridículo, pues un césped así se ven en pocas oportunidades de la vida. Los hoteles, qué decir, limpios y pintados. Las palmeras, frondosas, y la calle apacible y silenciosa. Toda una postal de promoción turística. Cualquier que diga que así es todo México pecaría de ignorante. Después de tres días de estancia, porque breve es breve, volé de regreso a casa, a mi fraccionamiento polvoso, a mi calle que aunque pavimentada, siempre con un hilito de agua negra que corre justo frente de mi casa y que con el tiempo ha carcomido el pavimento, provocando un bache tan ancho como el tamaño de la calle. ¿Algún día alcanzaríamos, nosotros, como país, tal nivel de desarrollo económico, humano, social y político para tener cada calle de cada ciudad de cada municipio justo o si no justo por lo menos algo parecido o que aspire a las calles de Punta Cancún? La realidad mexicana está como para no soñar en caprichos, desde luego. Sin embargo, el hecho de que exista un hilito de agua negra que corra por la calle y no por el alcantarillado sanitario, como es su real proceder, y que ese hilito salga de una sola casa de todas las casas de la cuadra, me dice mucho de las pequeñas cositas que se pasan por alto como el alto del semáforo. Para empezar, me dice mucho la indolencia de los dueños de la casa del hilito de aguas negras, que lo mismo les da conectar su lavadora al alcantarillado que echarla directa a la calle. Y así llevan, ¿qué va otro año más? ¿Qué le hace otra queja de los vecinos que tienen su calle lodosa, encharcada, como este su servidor? ¿Qué le hace la visita en persona de la autoridad municipal? ¿Qué le hace que el fraccionamiento, teniendo los servicios de luz y TV por cable por ductos subterráneos, llegue un día Telmex y ponga postes y cableado aéreo? Nada, minucias, nada más.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Ulises Méndez Martínez’s story.