Es momento de tirar el Monumento a la Revolución 

#Ensayo


En 1910 Estalló tanta miseria

Los hombres y las mujeres del campo, pa repartirlo

Apoyaron nuevos amos a treparse en el gobierno

Fragmento de 1910 canción de León Chávez Texeiro

Por Raúl Orozco

Es común escuchar en México expresiones como “al ahí se va”, “como quede” entre otras que de una u otra manera resumen la idea de hacer las cosas con el menor esfuerzo posible y sin buscar la mayor calidad en ellas, parecieran ya parte de la idiosincrasia y mentalidad nacional formando ya parte de nuestro comportamiento.

Prueba de ello son dos de nuestros monumentos más importantes, uno celebra la gesta de la Revolución Mexicana y el Zócalo, que se encuentra en el centro político, cultural e histórico del país; que hoy son símbolos inequívocos de lo nacional y referentes en muchos aspectos de la identidad nacional.

¿Por qué un par de monumentos se relacionan con un comportamiento e idiosincrasia de un país? Por el simple hecho de que son resultado de esto, de una cultura mental de lo inacabado, de la improvisación para que algo quede pero no se termine, de convertir fracasos en paupérrimos empates que no son más que la derrota disfrazada de paliativo embellecido.

Y de esta manera el Monumento a la Revolución aparece como un avatar de la mediocridad nacional, (en caso de ser usted un priista o fanático de Villa debe de estar al punto del colapso) y parece que su historia nos lo confirma, surgiendo él edificio como un proyecto de un régimen que al concluir deja sólo sus cimientos y el entrante que al ver la obra inacabada decide no derrumbarlo para convertirlo en un proyecto diferente ahora símbolo de una “nueva nación” y de la lucha y grupo que llegó al poder.

Si bien esta idea de convertir algo de un régimen tiránico en algo nuevo y de interés histórico, no es mala y en muchos caso ayuda sanar problemas históricos y sociales de un país; es en el caso del monumento revolucionario más en la transformación en un monumento del régimen que convirtió una revolución en una institución y decidió volverlo símbolo de esto, además de un mausoleo para “caudillos” y “héroes” que muchas veces lucharon entre sí, se disputaron el poder; seres dispares como Carranza y Cárdenas se encuentran juntos por no mencionar que figuras más intachables de la lucha como Zapata o los Magón no se encuentran ahí.

El proyecto del edificio original surge como el palacio legislativo de ambas cámaras durante el Porfiriato, siendo puesta la primera piedra el 26 de septiembre de 1910, momentos antes del inicio de la Revolución y siendo esta la misma que afectara su conclusión, dejándola en el abandono; con sólo su estructura metálica principal. Es hasta 1934 en donde por idea del arquitecto Carlos Obregón, se decide tomarla para construir el símbolo de la gesta armada que acababa de convertir al país sustancialmente.

Festejando más allá de la Revolución a un régimen que buscaba validarse y mostrar una historia escrita por ellos, los ganadores de ese momento histórico nacional pero sin notar que basaron una ideal en los cimientos de un sistema que se acusaba de corrupto e injusto, contándose el chiste casi sólo.

Es como si usted se quejara de su casa pero decidiera usarla para construir la parte espiritual de su comunidad sobre ella, como forma aprovechar algo ya construido pero jamás vio o intento ver que tenía la oportunidad de derrumbar viejas cargas y problemas de una sociedad, empezar desde cero; decidiendo como mejor opción embellecer los monolitos del pasado para venderlos como nuevos símbolos de identidad.

Siendo aquí donde se inserta la relación del “como sea” con el Zócalo, también conocida como la Plaza de la Constitución, que tiene una historia similar que el Monumento a la Revolución, si bien siempre ha sido una zona geográfica central en la historia de la vida del país, ahí se asentó Tenochtitlán y a la postre se volvió el centro político, social y cultural de la Nueva España y posteriormente del México independiente.

En su nombre tiene su historia trágica de lo inacabado, la zona siempre fue una plaza central, pero es en el periodo de Santana, se decide hacer una obra arquitectónica, una columna para conmemorar la Independencia, pero también sólo se construye el zócalo del proyecto, la base; para quedar abandonado el proyecto.

Marcando así casi metafóricamente la psique nacional en una aceptación de lo no terminado, del acomodo de los símbolos del pasado puesto que es más fácil redecorar que derrumbar y construir desde cero algo, esto no significa derrumbar el pasado, es el cambio por el que se ha luchado tanto. Hoy en los cimientos de un proyecto se festeja la independencia, se deciden los destinos del país, se llevan las protestas para hacerlas visibles, entre otras actividades que marcan la vida mexicana.


De la arquitectura a lo psicológico en un paso

Para entender también esta grácil idea que busca relacionar un monumento tendremos que buscar entender parte de la psicología nacional, del pensamiento del mexicano y así mismo de su comportamiento a la par de la historia de estas edificaciones.

Samuel Ramos y posteriormente Octavio Paz, entre muchos otros, se dedicaron a entender el pensamiento nacional o lo que esto sea, para primero entenderlo y como marca el mismo Ramos en su ensayo La Psicología del Mexicano, buscar superar sus problemas para ser una mejor sociedad.

Las pruebas de que somos un país con una mentalidad de lo inacabado es nuestra fijación casi innata son muchas, pareciera que desde pequeños o nos enseñan, o nos programan para aceptar lo no concluido como un final, como valido aun si no está completo, terminado. Y parece este ensayo un proyecto de calidad empresarial para la vida, cosa de la que está muy lejos de ser, es y busca a analizar esta idea que parece general en la vida de México.

Primero debemos de desmenuzar nuestro actuar bajo el lema del “al ahí se va” que se resume como el hazlo como puedas, quieras, se te antoje, ocurra o simplemente salga; más allá de lo que se espere o se necesite, es un actuar de la mediocridad como aceptación de las carencias o el asumir incapacidad sin necesidad de probarlo.

Parece un terror a la victoria, al triunfo; somos una nación bipolar en ese sentido puesto que esperamos y decimos que le vamos a echar “muchas ganas” (frase contradictoria a nuestra idea a tratar pero que es tan ambigua que es solo algo que decir cuando no se tiene mejor argumento, es una bolsa de buenos deseos no especificados). Pero al avanzar el proceso de algo y encontrar los primeros problemas o complicaciones parece más sencillo el hacer las cosas como sean, como estemos de humor, que seguir el plan original y completarlas tal y como se espera.

Esta idea también aplica en el caso de que las cosas sean obligatorias (que en su mayoría en la vida todas lo son) como tarea, trabajo, favores y enumere usted todo lo demás que se hace no tanto por gusto. Es aquí que esto se nota más puesto que el primer argumento del “ahí se va”, puesto que al estar obligado a algo se hace con desgana y disgusto, siendo válido hacerlo así, sin importar mucho el proceso y menos el resultado.

Sumando esto a otros comportamientos nacionales como ese envalentonado valemadrismo nacional que ayuda a justificarlo, idea que requiere un análisis total aparte, pero que se entiende a la primera al ser usted mexicano o capaz tan solo de leer esto. Somos casi como broma, la contraparte de cultural de sociedades como la japonesa o alemana en la que es un cliché la perfección y la búsqueda de la calidad.

Justificamos esta actitud con ese valemadrismo por el hecho de que entendemos como nacional esta actitud de hacer las cosas porque nuestro humor así nos lo dicta, hacemos del capricho una especie de valor ante la falta de otros o la comodidad que representa el nepotismo.


Derribar para empezar de cero

Pero estas posturas no son más que una cortina de facilidad que representa tomarlas y hacerlas como nuestras, hemos asumido casi como dogma que lo inacabado y lo mal hecho son una cosa común, “pues así somos los mexicanos” decimos como bonita justificación a sabernos conscientes de esta idea pero lo suficientemente cómodos en estar ahí como para buscar evitarlo.

Y el ser así es realmente un dogma de pasividad, se exige menos, se acepta cualquier cosa, el sistema político por ejemplo, lo sabemos disfuncional y con la necesidad de cambio; pero de esta misma manera se da por justificarlo con que se le puede hacer.

Es nuestro pecado y dolo al mismo tiempo, como dicta el santo catecismo y la Vela Perpetua, lo hacemos y nos justificamos con pues así soy y qué; lo sufrimos y lo justificamos con el así es y qué. Nuestro “al ahí se va” se vuelve entonces el mayor monumento a todo lo inacabado, se erige sobre los monumentos monolíticos de lo nacional que solo reformó los viejos demonios para volverlos los nuevos regímenes.

Por lo que ambos monumentos, el de la Revolución y el de la Independencia, son casi metáforas de una de nuestras mayores formas de pensar y actuar en el país, por esto la importancia de derribarlos primero con lo psicológico ya después veremos sombre las edificaciones, total siempre podremos hacerlo “al ahí se va”.