Indefinible

Caracas te quiero…entender


Hoy hablábamos de Caracas en la oficina. Buscamos maneras de definirla y de defenderla. Nos paseamos por lo bueno y por lo malo, pero la verdad es que el verdor que uno se encuentra en sus calles, su amable clima y El Ávila no parecía suficiente para ganarle a la inseguridad, la impunidad, la basura, su maltratada arquitectura y principalmente, a la falta de valores en sus ciudadanos.

Cinco horas después de esta discusión, salí de la oficina rumbo a casa, fantaseando en soluciones para Caracas, para el país… hasta que llegué a una cola en la autopista Francisco Fajardo. Encendí la radio y de inmediato reconocí a la ‘venezolanísima’ voz de mi siempre admirada Valentina Quintero que echaba uno de sus “cuentos de camino” sobre un personaje que había conocido: un ermitaño que decidió vivir con su soledad en algún lugar de La Puerta en Trujillo, para alejarse de todo, y desde entonces se dedica a caminar por las montañas. Sonreí recordando mi reciente experiencia caminando con mi cámara por la paz de Los Nevados.

Interrumpí mi atención al cuento porque a mi lado comenzó a cruzar una fila de motorizados y tomé la ociosa decisión de contarlos. Uno, dos, tres…- — Valentina seguía hablando de fondo: “la soledad es terapéutica” o algo así decía— … doce, trece, catorce… hasta contar más de treinta motorizados en treinta segundos. Me llamó la atención que el último de esa larga caravana venía a un ritmo distinto. Venía más lento. Valentina dejó de hablar. Yo aguanté la respiración.

El motorizado frenó justo al lado del “Ford Fiesta” azul que estaba frente a mi carro en la cola. Sacó una pistola y le gritaba algo al conductor. Todo fue muy rápido. No quería escuchar el disparo. No quería ser testigo de eso. Solo quería seguir escuchando a Valentina. Entonces vi como el motorizado le dio un “swing” a la pistola, golpeó el carro y al conductor. Le arrebató algo y se fue. Retomé la respiración.

La cola avanzó pero yo no podía. No solo porque el “Fiesta” azul no arrancaba y yo estaba justo detrás, sino porque aparte de estar temblando con el volante en las manos, no podía irme sin saber el estado en que se encontraba el conductor. Necesitaba saber que estaba “bien”. Tenía que ayudarlo.

Me bajé y corrí para descubrir que se trataba de un señor de unos 60 años que estaba recostado en su asiento con las manos en la cabeza. El motorizado lo había golpeado y algo de sangre manchaba su cara. Me vio y dijo de inmediato: “¿Y ahora cómo le aviso a mi hija? Se llevó mi celular”. Me percaté de que el golpe no era de gravedad, le presté mi teléfono, habló con su hija…y allí me quedé con él un rato mientras las luces intermitentes hacían lo suyo.

Me ofrecí a escoltarlo hasta salir de la autopista pero prefirió esperar a unos amigos que vivían cerca. Su hija los había llamado para que lo auxiliaran. Llegaron 20 minutos después y todos arrancamos. Ellos por su lado, yo por el mío… Ni un policía.

Durante el tiempo que estuve con el señor, no dejó de mezclar maldiciones con agradecimientos especiales a Dios por estar vivo y a mi por ayudarlo. Yo casi no hablé. Él tenía mucho más que decir.

Finalmente llegué agotado a casa, a mi “terapéutica soledad” de la que tal vez hablaba Valentina en la radio. Aún sorprendido por lo vivido, recordé lo difícil que se me había hecho definir a Caracas en la conversación de la oficina… pero también recordé una frase que el señor del “Ford Fiesta” azul repitió varias veces durante su trauma: “Esto es un infierno, mijo. Esto es un infierno”.