La cita

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Jul 23, 2017 · 2 min read

Hoy salí como todos los 22 de octubre en mi bicicleta. Iba un poco tarde, pero la emoción pedaleaba por mí para llegar a tiempo. Necesitaba estar en el puente Racamalac, sobre el río Mapocho, antes de las siete.

Este aniversario es importante, es el quinto. Así que me puse mis zapatos de iglesia, mis pantalones con cinturón y la camisa nueva que me compró mi tía. Incluso me peiné, porque ya tengo trece.

Aquel día, cinco años atrás, mi madre estaba en la cocina y yo en la mesa viéndola como siempre, totalmente enamorado. Cantaba su canción favorita mientras preparaba mi plato favorito. Era la perfección, suspiraba viéndola. El aroma de la mejor reineta inundaba toda la casa.

Nunca olvido su sonrisa al poner el plato sobre la mesa y ver mis ojos brillosos por hambre y por amor. “Disfruta, rey”, me dijo. Comí velozmente, esquivando las espinas, mientras continuaba admirándola. No la perdía de vista. Ella seguía sonriendo mientras caminaba hacia el patio para inspeccionar las sábanas que estaban tendidas al sol que ya comenzaba a despedirse. ¿Cómo es posible que alguien pudiera hacer tantas cosas a la vez? Era como un pulpo, pero yo prefería verla como una sirena.

Con dos dedos, como siempre, tomé la cola de la reineta que quedaba en el plato y cerrando un ojo jugué a sustituir sus piernas para convertirla en la sirena perfecta. Mi sirena perfecta.

Entonces, sin avisarnos, la tierra rugió y se sacudió tan fuerte que dividió la casa en dos. Salté, y como pude corrí hasta la puerta. Solo por ese momento preferí que ella fuese un pulpo, para que pudiera usar sus tentáculos y sujetarse a mí; pero como buena sirena, se deslizó con los escombros hasta la profundidad infinita. La destrucción fue instantánea, pero a mí me tocó estar del lado que quedó ileso. Allí estuve por horas, inmóvil, a pesar de la centena de réplicas, viendo hacia el vacío que había quedado; hacia el río que fluía como nunca y limpiaba parte del desastre.

“Los cuerpos llegaron hasta el Mapocho y flotaron millas hasta transformarse en olvido”, así tituló El Mercurio una semana después del gran terremoto. Yo nunca lo creí. Tal vez nunca entendí esa frase. Tenía solo 8 años, pero tampoco era un tonto.

Ya en el puente, estacioné la bici, me volví a peinar y la esperé hasta que pude ver el brillo de su cola que se alzó saludándome mientras nadaba hacia el atardecer. “Disfruta, reina”, alcancé a gritar.

Foto: Ana María Guzmán

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Storyteller — Fotógrafo — Director Creativo — Sobrevivir no es suficiente.

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