Aconséjeme

- Mae aconséjeme-

La frase me arrancó del celular y de un interesante juego de Candy Crush Soda que me entretenía mientras esperaba que el autobús saliera rumbo hacia mi pueblo.El bus estaba medio vacío (o medio lleno según se vea). Sin embargo la mayoría de pasajeros se encontraban ubicados de la mitad hacía adelante de modo que yo, y mi interlocutor, nos encontrábamos solos en los últimos asientos.

-Perdón ¿qué?-

-Que me dé un consejo-

Mi interlocutor, sentado un asiento adelante, se había vuelto hacia mí y me observaba con ojos nerviosos y esquivos. Una gorra cubría parte de la cabellera crecida y desordenada; su barba lucía descuidada; vestía una vieja y estirada camiseta y, en su brazo, un tatuaje trazado con la precisión del aprendiz que practica sus primeras líneas con compás y tinta azul.

Dudé de lo que había escuchado y, en lugar de eso, inventé una historia,(la mente, es sabido, puede imaginar toda una vida en breve fracciones de segundo) en la cual quien me hablaba en realidad lo que quería era obligarme, cuchilla en mano, a que le entregara los dos mil colones que cargaba en la billetera y el celular.

-¿Qué hago?- Pensé.

Mis opciones eran: 1) Hacer como que no había escuchado y volver a mi juego pausado. Esto por supuesto no solucionaba nada y más bien era una invitación para ser asaltado con más facilidad por estar distraído y con el celular en la mano. 2) Cambiarme de lugar, sin embargo temía que sí me ponía de pie “El Pinta” (ya lo había bautizado) se enojara por mi cobarde intento de huir, sacara su cuchilla (para mí era obvio que debía andar una filosa y larga cuchilla en alguna parte) y me asaltara con toda facilidad. 3) Aconsejarlo, lo cual tenía al menos dos objeciones a) no sabía de qué iba el asunto y b) en la lista de los peores consejeros de la historia mi nombre figura en el último lugar. Sin embargo de las tres opciones el consejo era la que me parecía menos riesgosa para mí, mi celular y los dos mil colones.

-¿Qué le pasa?- Pregunté mientras respiraba un poco agitado y guardaba, en la forma más natural posible, mi viejo celular.

El bus ya estaba en movimiento.

-Pasa- dijo- que llevo once años de fumar piedra y hace dos meses la dejé, pero estoy deprimido y ayer me mandé dos bazucos…-

Al escuchar la palabra bazuco pensé, porque así de caprichosa es la mente, en los chicles de Juanito Bazooka y en los malos chistes que venían en cada chicle, de este recuerdo mi mente volvió al presente. Mi situación no había variado: iba a ser asaltado por un pinta que le gustaba tramar a sus víctimas.

-Lo mejor es seguir el juego del consejo, esperar que suba alguien más y venga a sentarse atrás- fue mi audaz plan.

-Bueno- dije recordando los consejos clichés que me han dado una y otra vez –lo importante es reconocer que tiene un problema… ese es el primer paso y después… esteeeeeee…. (¿¿¿¿qué seguía después del primer paso?????)… y nada… seguir “pulsiándola” y no “agüevarse” si falla, porque no es las veces que usted caiga- dije mientras visualizaba una frase leía en algún muro de Facebook- sino las veces que usted se levanta.

-Pero cuesta-

-¡Sí… cuesta!-

Hubo un breve espacio en que el bus avanzaba lentamente.

Al fin y al cabo- dije pensando en mis demonios — casi todos llevamos algo que nos ata, en eso todos somos iguales-.

En ese instante la conversación se volvió trivial: me preguntó si yo tomaba, yo le pregunté por su procedencia y si tenía familia.

-Tengo un hijo en Alajuela y cuando tengo plata lo voy a ver. Y mi mamá…- añadió mientras se descubría otro tatuaje hecho con el mismo preciosismo que el del brazo — mi mamá se murió. Ella es mi mamá- y se tocó el tatuaje.

Confiado, no sé por qué, en que ya no sería asaltado decidí concluir el juego que tenía pausado.

-¿Usted no me compra un desodorante para el baño?- dijo con el mismo tono lastimero con que me pidió un consejo.

-¿Desodorante para el baño?-

-Sí, valen dos rojos. Pero le dejo tres por una libra-

Después de saber que había recaído en el crack, que solo veía al hijo cuando tenía plata y que su madre había muerto, no tuve la pasta para decirle que no. Saqué mis dos mil colones y le compré una especie de pastilla desodorante.

El bus se detuvo en mi parada.

Bajé con la pastilla desodorante y entré a mi casa.

-¿Y eso?- me preguntaron.

-Un desodorante ambiental que compré para el baño de abajo- dije mientras me debatía pensando en si había aconsejado a alguien o había sido víctima de una elaborada triquiñuela de un muy paciente vendedor de chucherías inservibles.

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