El culto.

Histéricos nos lanzamos a los cultos divinos más frenéticos que se puedan imaginar: cada madrugada nos levantábamos a adorar al dios oculto tras las cosas más simples.

A veces veíamos a dios en un árbol, tras una piedra, oculto en la cara oculta de la luna llena, en el rocío, en un chicle bajo una banqueta del parque, en ocasiones dios no estaba presente en ninguna cosa sino que era un pensamiento persistente en nuestras mentes, una idea que no nos abandonaba. Otra veces el dios fue percibido a través del grito de un ave nocturna (creo era un búho). Sucedió que alguno vio a dios en el titular de un periódico que anunciaba no sé qué catástrofe aérea en un país olvidado.

Cuando veíamos a dios, no importa donde fuera, estallábamos felices. Gritábamos como locos, nos abrazábamos, nos besábamos, tocábamos cada parte de nuestro cuerpo, explorábamos cada centímetro de piel, no había rincón oscuro o pudoroso que no fuera recorrido por nuestros dedos locos. Si estábamos en pareja, cada uno tocaba al otro; si estábamos solos, nos explorábamos en soledad; si íbamos tres, dos tocaban a uno y luego el tocado era sustituido por un tocador hasta que los tres fueran tocados; si éramos cuatro, nos dividíamos en dos parejas; cuando fuimos cinco procedimos con el mismo método de los tríos; al ser seis hicimos dos grupos de tres.

Nunca fuimos siete porque siete es el número divino.

Hubo madrugadas donde el dios no nos visitó, no se manifestó ni en pensamiento, ni en objeto. Entonces llorábamos locos de terror, hacíamos jirones nuestras ropas pecadoras, corríamos presos de temor hacía la pared más cercada para estrellar contra ella nuestras carnes, girábamos hasta caer mareados en los caños, aullábamos el nombre de la divinidad esperando su manifestación gloriosa pero nada ocurría. Dios miraba hacia otra parte.

Al llegar el día cada quien volvía a su trabajo: unos a sentenciar prisioneros de por vida, otros a vender chucherías en las calles, algunos a puestos miserables en algún ministerio sin importancia, había quien de plano no trabajaba y se dedicaba a la mendicidad.

Todos adorábamos al dios de las madrugadas.

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