Traición

En lo más profundo de su infierno, siendo eternamente devorados por Satanás -el Ángel Caído que traicionó a Dios-, Dante coloca a Bruto, Casio y Judas, todos traidores. Bruto y Casio traicionaron a Julio César, Judas a Cristo. La traición es pues, según Dante, el peor pecado, la peor ofensa y por lo tanto el lugar para su castigo se ubica en el punto más lejano de Dios: en el centro de la tierra.

Algo de razón tendrá el poeta pues el traidor gana nuestra confianza, se hace amigo, come del mismo plato, sueña los mismos sueños, cultiva las mismas esperanzas y, al final, nada de esto importa pues al traidor no le tiembla el pulso para dar el golpe por la espalda o vender al amigo por treinta monedas.

Ayer fui traicionado a mansalva:

Encontrándome aburrido en un restaurante de paso, en lo que en Sarchí denominan “La Altura” y es la ruta que lleva a Bajos del Toro, divisamos, mi amiga Catalina y yo, desde las ventanas del lugar, una especie de establo del cual salían animales: un caballo, varias ovejas y un increíble barraco que aparentaba tener el tamaño de un ternero. Decididos a ver más de cerca aquel extraordinario cerdo bajamos una pendiente resbaladiza.

El descenso, premonición de los futuros sucesos, fue accidentado: mis zapatillas me traicionaron y resbalé peligrosamente. Mi compañera tuvo una suerte igual: resbaló, casi rodó, y terminó con su pantalón sucio y los zapatos enlodados. Nos reímos buenamente y nos acercamos a los animales.

El cerdo era enrome, rosado, peludo, sucio y con un colmillo que le salía de la parte inferior de la mandíbula. Apenas vernos se levantó y quería volver dentro del corral. Sin embargo no se decidía a marcharse, lo cual me permitía fotografiarlo.

Estaba pues entretenido retratando al marrano cuando hasta nosotros llegó un ovejo de mediano tamaño, se acercó nervioso, olisqueó el pasto húmedo, nos miró extrañado y, como un cachorro, empezó a restregar su testuz contra mi pantalón. ¡La foto de aquel manso animal era obligatoria! Mi amiga posó junto a él y el ovejo no dijo “esta boca es mía”.

Mi objetivo, sin embargo, seguía siendo aquel magnífico, aunque algo sucio, cerdo.

Me acerqué lo más que pude, el cerdo me miraba y gruñía, pero no se marchaba. Yo trataba de buscar el mejor ángulo posible para retratar aquel gran puerco. Para quedar a la altura de su cara me coloqué de cuclillas, preparé la cámara, enfoqué y todo parecía confabular a favor de una foto para calendario porcino.

Pero no pude tirar la foto.

Ya estaba listo para dar el flashazo cuando, a traición y por la espalda, el cobarde ovejo me embistió. El celular cayó entre los animales, yo me incorporé rápidamente para escuchar, entre risas y gritos, que alguien decía “¡muchacho cuidado que ahí viene!” Y, efectivamente, el traidor animal arremetida por segunda vez contra mi persona. Sin embargo -de algo sirve ver las corridas de Zapote y escuchar a Cañero- logré esquivar el animal, recoger el celular y alejarme corriendo con dolor en la nalga mientras escuchaba, palabra por palabra, a una señora que decía:

-¡Lástima que no estábamos grabando!-

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