Cuidado con los escritores

Cuenta William S. Burroughs Jr., hijo escritor del también escritor William S. Burroughs, en uno de sus escritos autobiográficos, que cuando fue a ver a su padre a Marruecos, encontró en esa casa orgonitas. La energía orgónica es, aunque nadie nunca ha logrado medir ni detectar dicha energía, un invento del psicoanalista austriaco Wilhelm Reich que pretendía dar una explicación biológica a las teorías de Freud. El orgón sería una sustancia presente en todo el Universo. Una orgonita no es más que un invento para poder canalizar de alguna manera esa energía. En realidad, solo un cacharro relleno de virutas de metal de aspecto pintoresco que puedes comprar en internet o, como vi no hace mucho, en tiendas de esoterismo. Las teorías de Reich carecen de validez científica y están desacreditadas. De hecho, en la época en la que Billy Jr. visitó a su padre en Marruecos, ya lo estaban, y para la gente seria nunca tuvieron credibilidad alguna. En “Manual revisado del Boy Scout”, Burroughs padre describe ataques terroristas con energía orgónica, y solo se me ocurre pensar que ojalá todos los atentados terroristas que en el mundo son fueran tan inocuos como este o una bomba de arcoiris con polvo de unicornio.

Si Burroughs se hubiera preocupado de informarse, tal vez habría propuesto algún ataque más eficaz en su libro, y probablemente Billy Jr. no habría descrito su encuentro con las orgonitas de su padre en Marruecos. 
Lamentablemente, existen muchos ejemplos de escritores que, o bien ningunean el conocimiento científico, o bien se muestran abiertamente hostiles a él. En España tenemos al fundamentalista católico Juan Manuel de Prada, negacionista de la Evolución y creyente en la falsificación que es la Sábana Santa. No creo que sea el caso de Burroughs, al que atribuyo más ignorancia y una época y ambiente propicio para el maguferío que otra cosa, pero sí es, parece ser, el caso de Tom Wolfe.

En una entrevista publicada en el suplemento de El Mundo, Papel, Wolfe habla sobre su último libro, en el que al parecer refuta a Darwin (parece que Wolfe ignora por completo que desde Charles Darwin ha llovido mucho), pues al parecer los escritores tienen la facultad de lograr tumbar teorías científicas fírmemente asentadas desde su Mac sin mover el culo de la silla, lo que no es obstáculo para que en su libro acuse a científicos de hacer más o menos eso sin sonrojarse lo más mínimo. Al igual que en su día hizo el muy insoportable Fernando Vallejo, olvida o ignora que la única manera de tumbar una teoría científica es utilizar el método científico, y que las palabras pueden ser bellas y formar grandes obras, pero solo son palabras.

Científicos como Jerry Coyne han demolido las palabras de Wolfe. No soy científico, y ponerme a refutar su libro o lo que he leído que afirma en los artículos sobre él para escribir esta entrada, me viene grande. Sí me gusta creer que soy escritor. Uno al que nadie publica, pobre y carente de glamour, que viste de negro. Pero al menos un escritor al que jamás se le ocurriría oponerse al conocimiento científico, pues el que me oponga o deje de hacerlo no lo va a cambiar ni lo más mínimo, a la realidad le importa poco lo que yo escriba o piense. Además, no encuentro, por más que lo miro, alguna razón por la que la ciencia y la literatura tengan que estar enfrentadas, y para mí la cultura también incluye a la ciencia. Pero sí puedo señalar que Tom Wolfe se equivoca. Eso sí, no se equivoca en su valoración sobre las redes sociales: Son mensajes enviados por personas que tienen la esperanza de que alguien los leerá y que no suelen comprobar los hechos, por lo que cualquiera puede escribir cualquier cosa. El problema es que este juntaletras ha hecho exactamente eso en su libro, y también hace exactamente lo que critica al periodismo actual. Desde su ordenador. O tal vez escribiendo con una pluma de ave mientras se ajusta el monóculo. Quizá hasta tiene orgonitas en casa. Cuidado con él.

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