Los redimidos

La isla de Bastøy, en Noruega, a unos 75 kilómetros al sur de Oslo, alberga una prisión con un alto índice de reinserción. Es una prisión de mínima seguridad donde los presos tienen acceso libre a toda la isla. Sólo un 16% de ellos vuelven a cometer delitos después de dos años en la prisión, lo que debería hacernos pensar y avergonzarnos a los demás al mismo tiempo. Los presos trabajan y aprenden un oficio, y cobran un sueldo con vistas a su futura reinserción en la sociedad. Hay cientos de fotografías en internet retratando sus vidas. Los más rancios y derechistas se indignarán al pensar que están en un hotel (aunque sería el primer hotel en el que los clientes tienen que trabajar), y los más progresistas ven a la prisión de Bastøy como un ejemplo. Pero no siempre fue así.

Entre 1900 y 1953, la isla de Bastøy albergó un internado del Estado, que la compró en 1898. Allí eran enviados chicos conflictivos de clase baja, generalmente huérfanos de entre 8 y 21 años. Durante su estancia allí, eran olvidados por su país. La chusma, los que nacieron en la mugre, los que no pueden elegir, eran cruelmente depositados en la isla. Sus días eran muy duros. Eran obligados a trabajar bajo condiciones inhumanas. Importaba poco si llovía o nevaba, si había una temperatura por debajo de 0. Menores de edad obligados a talar árboles, a cavar, a decir a todo que sí. Sus “cuidadores” eran severos psicópatas con la firme convicción de convertir a esos chicos en buenos cristianos, pues para los buenos cristianos el que te abandonaran tus padres de niño te convertía en culpable. Los chicos sufrían salvajes castigos físicos y abusos sexuales. Como se puede ver, no era realmente un internado, era una cárcel para niños. Algo peor que una cárcel, incluso.

La monstruosa crueldad de los cuidadores rompió la olla a presión en 1915. Los chavales, hartos de sufrir todo tipo de arbitrariedades, violencia y abusos sexuales, se rebelaron el 21 de mayo. Quemaron un granero y obligaron a huír a los responsables del internado. Treinta chavales hartos de sufrir la humillación salvaje a la que eran sometidos, no pudieron más. Quizá, como aquello que decía Camus en “El hombre rebelde”, la gota que colmó el vaso no fue más que una más, una pequeña, pero que generó una explosión de violencia a todas luces justificada. El asunto fue tan grave que el ejército noruego tuvo que intervenir, incluso con aviones y lanchas torpederas.

El film noruego de 2010 “La isla de los olvidados” (Kongen av Bastøy), dirigido por Marius Holst, narra los acontecimientos que llevaron a la intervención del ejército. La cinta cuenta con rostros conocidos del cine escandinavo como el sueco Stellan Skarsgård y actores no profesionales, entre ellos algunos chicos que han estado internados en un correccional. Cuenta con una buena fotografía y una banda sonora potente, y está narrada con sobriedad y buen ritmo, ciñéndose a los esquemas tradicionales del cine carcelario, lo que resulta un acierto al equiparar el internado con una prisión. Lejos de ser desagradable, los acontecimientos más espinosos, como el abuso sexual, están tratados con mucha delicadeza no exenta de dureza. Apenas una mirada y un par de frases dejan al espectador bien seguro de lo que está sucediendo antes del desenlace.

Después del paso del ejército por la isla, los tres chicos a los que consideraron instigadores de la rebelión, fueron condenados a tres años de prisión en una, esta vez sí, cárcel noruega. En el internado de Bastøy, no había ni futuro ni pasado, sólo un doloroso y desolador presente.

Esta ausencia de pasado y futuro es señalada en el documental de TV3 “Los internados del miedo”, dirigido por Montserrat Armengou y Ricard Belis donde se cuentan las torturas y abusos sexuales que sufrieron muchos niños españoles huérfanos o hijos de madres solteras a las que se les arrebataba la custodia muy católicamente, en diversos internados católicos, maltratos que se prolongaron hasta después de la muerte de Franco. Como dice una de las personas que sufrieron aquella atrocidad, no había un antes y un después, sólo ahora. En España, siempre hemos sido de los últimos en llegar a todo, ya ves. Llama la atención, comparando el documental y la película noruega, que el cristianismo, católico o no, siempre ha tenido las mismas abyectas pasiones y el mismo desprecio a los desfavorecidos camuflado de caridad.

Algo parecido narra la cinta de 2002 dirigida por el gran actor escocés Peter Mullan “Las hermanas de la Magdalena” (The Magdalene Sisters). Los conventos de la Magdalena eran gestionados en Irlanda por las muy crueles y escasamente misericordiosas hermanas de la Misericordia. En estos conventos las chicas eran obligadas a trabajar para expiar pecados de diversa índole, como ser madre soltera, ser violada, ser fea, ser guapa, ser lista o ser tonta o ser prostituta. Esto último fue, en un principio, el objetivo original de la institución, de ahí el nombre Magdalena. La diferencia con lo narrado más arriba es que sus propias familias, además de los orfanatos, podían enviar a estas chicas a una de estas cuevas de trabajo esclavo en lavanderías. Eran sometidas a maltratos físicos y psicológicos. El último de los infames conventos de monjas torturadoras cerró sus puertas para alivio de las jóvenes de los alrededores en 1996, tres años después de que se encontraran los cadáveres de 155 internas enterradas al iniciar una obra en el convento de el Buen Pastor su nuevo propietario, lo que creó un escándalo en Irlanda. En 1997, el documental de Channel 4 “Sexo en clima frío”, (Sex in a cold climate) dirigido por Steve Humphries, cuenta con cuatro ex internas que narran los abusos físicos, sexuales y psicológicos a los que fueron sometidas por las hermanas de la Misericordia. La cinta de Peter Mullan, ambientada en 1964, parece deudora del documental, pues narra la historia de cuatro de las chicas internadas. Fue el debut en la dirección del actor, y es una película brillante.

Y nada, poca redención, así, en general, y mucho cristianismo.

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