Matar jubilados

Recientemente, en el diario Público, su director tuvo a bien publicar un artículo de su puño y letra en el que se preguntaba cómo es posible que los jubilados y la gente que vive en el ámbito rural, no voten a esa cosa que se ha dado en llamar “fuerzas de cambio”, sin que aún sepamos si el cambio es para bien. Esto en sí no tendría nada de reprochable si no fuera por la aparente esperanza que causa en el autor la obviedad de que los jubilados españoles, evidentemente, se morirán más pronto que tarde.

Este desprecio más o menos explícito por los jubilados puede perfectamente ser una de las razones por las que prefieren votar al PSOE o al PP, entre otras muchas. Más o menos lo mismo ocurre con las personas con rentas bajas, de esas que compran en Primark.

De aquí, ayer, día electoral con los resultados que todos conocemos, pudimos leer algunos tuits, digamos, peculiares, como este:

Y este:

Y este:

Un tuitstar y un “creador de ilusiones”, al parecer muy preparados y toda esa mitología que ha edificado la nueva política en torno a sí misma, cuestionan que los jubilados y los que no tenemos estudios podamos votar, porque al parecer al ser más tontos votaremos mal, lo que traducido quiere decir que no votaremos a quienes estos señores ( y este es un pensamiento más extendido de lo que me gustaría creer) han votado. Es decir, es un pensamiento total y absolutamente cuñao.

Estos dos preparadísimos personajes, especialmente el segundo, parecen ignorar que lo que están pidiendo tiene un nombre. Se llama voto censitario, o sufragio censitario, y lo que nosotros hoy disfrutamos es el conocido sufragio universal. No disfrutaban de este último las mujeres ni los obreros, ni la gente sin estudios ni propiedades, ni la chusma en general.

En el caso de los dos tuiteros es fruto de la ignorancia, pero existen nostálgicos del voto censitario. Muchos liberales del siglo XIX lo defendían prácticamente en los mismos términos que utilizan los dos tuiteros. El utilitarista(*) John Stuart Mill (1803–1876) justificaba la supremacía de unos sobre otros en base a conocimientos y formación. Aunque el pensador era consciente de la desigualdad de su tiempo, eso no le impidió, a pesar de hablar de un “sufragio universal”, defender que el sistema electoral tuviera limitaciones especialmente para la clase trabajadora, tan ignorante y harapienta y sedienta de sangre ella. Esto es, básicamente, lo que defienden los dos tuiteros, conscientes o no de ello.

El reaccionario Instituto Juan de Mariana, convenientemente camuflado de liberalismo, defiende el voto censitario en los siguientes términos:

Sin duda, muchas de estas restricciones (por sexo, raza o religión) son absolutamente indefendibles. Pero hay una restricción, una restricción basada en la riqueza de las personas, el voto ponderado basado en la aportación económica de cada uno al erario común, que me parece absolutamente clave para un ejercicio sano de la democracia.
Porque en el fondo, la democracia no es más una forma de decidir la gestión y el control del dinero que aportamos cada uno. Y lógicamente, por un elemental sentido de la justicia, quien más aporte debería tener más que decir sobre el destino que se da al fondo común, de forma proporcional a lo aportado.
Así, creo que el derecho a voto, libre y voluntario, debería tener un precio. Pongamos un ejemplo. Cada papeleta de voto, 100 €, 200 €. Cada persona decidiría cuántos derechos a votos quiere y/o puede comprar y, de esta forma, con el dinero que cada persona, de forma voluntaria, aporte, se financiaría el Estado, pues este dinero, estas digamos “participaciones” serían el único y exclusivo capital estatal con el que se financiaría… y, por supuesto, nada de impuesto adicionales.

Es decir, que sean tus niveles de renta los que determinen si tienes o no derecho al voto, hasta el punto de que quien más dinero tiene, podría emitir más votos, a ver qué te habías creído, preparao. Este sistema electoral, desde el sistema de las Tres Clases del Imperio Alemán, hasta el que perpetraron los revolucionarios franceses dejando votar sólo a los hombres mayores de 25 años que pagaran impuestos, hasta el misógino sistema suizo que hasta 1971 no dejó votar a las mujeres, son sistemas de sufragio censitario.

La hipocresía actual impide que los voceros del voto censitario quieran limitar el voto a los hombres blancos, y retoman (unos sin saberlo, como los dos tuiteros ignorantes, otros siguiendo de cerca a John Stuart Mill pero ajenos a su altura intelectual) el concepto intentando establecer quién puede votar, y desde luego, no son los pobres. La chusma sin estudios, la más numerosa, la que pertenece a las clases sociales con menor renta, no podrían votar si hiciéramos caso a estas personas. Es decir, los que más están sufriendo los recortes, los despidos y la precarización, no deben votar. O, como en el caso del director de Público, podemos conformarnos con la esperanza, la alegría por el futuro, esperando a que todos esos apestosos jubilados fallezcan y que los pueblos desaparezcan.

Hay algo que parece olvidársele tanto a unos como otros, y es la evidencia de que son precisamente gente con estudios, gente preparada, gente con pasta, la que está dirigiendo este país. Es gente preparada la que arruinó Bankia y es gente preparada la que ha perpetrado la reforma laboral y los recortes sociales. Pero, ante la incapacidad de la izquierda de movilizar a una parte del electorado, se prefiere culpabilizar a esa parte del electorado.

Los que han votado al PP conscientes de ello pero tienen estudios y posibles, no entran en las críticas. Las de nadie.

(*)Me avisan en Twitter de que he confundido utilitarismo con liberalismo al hablar de John Stuart Mill. Esto no es exactamente así, pero por si alguno más viene con lo mismo; http://www.ilustracionliberal.com/9/utilitarismo-o-iusnaturalismo-francisco-capella.html