Recuerdo de una caja de caudales.

Mi padre y otros dos compañeros, uno de ellos ajeno al sindicato pero que solía colaborar cuando era necesario, un buen chaval, dice mi padre, tuvieron que salir corriendo ante la aparición de policías de la Brigada Político-Social cuando estaban reunidos en un parque preparando actividades sindicales ilegales, como todas en aquellos entonces. Llegó un momento en la persecución en el que mi padre recomendó al chico que se separaran, él por un lado y ellos por otro. La intención de mi padre era que el chico no se encontrara con un marrón que no le correspondía, pues tenía la seguridad de que iban a por ellos. El caso es que el chico obedeció, y se fue por otro lado. Y la siniestra y criminal policía de entonces le calzó.

Cuenta mi padre, con muecas de dolor y tristeza, que se quitó la camiseta y tenía la espalda negra de golpes. La cara y la cabeza como un colchón, hecho polvo el chico. Al parecer pensaba que había tenido mucha suerte, pues le introdujeron en un vehículo policial de techo algo bajo y los policías no podían levantar mucho la porra pues daba en el techo, lo que evitó que los porrazos fueran más severos. Cuesta trabajo creer que aquello no era una forma de consolarse por haber pasado días interminables en las dependencias de la Dirección General de Seguridad. Al pobre muchacho lo soltaron cuando, después de ocho días terroríficos se convencieron de que en realidad no sabía nada. Lo que buscaban los cerdos era la caja de resistencia. Si hubieran pillado a mi padre, habría sido asesinado, supongo, pues la caja de marras estaba en su casa, en el hueco habilitado para tal fin en el interior de un sofá, hueco en el que yo introducía juguetes siendo niño, en una caja de caudales barata que mi padre guardó muchísimos años después de todo eso como si fuera el tesoro más importante del mundo, ya vacía de dineros pero llena de recuerdos tanto bonitos como dolorosos, qué sé yo, el carné del PCE y algunas fotos.

Mi padre no fue un activista. Era un luchador por los derechos de todos y contra la dictadura, con un pie en la ilegalidad y otro en su familia y amigos. Yo no lo recuerdo, claro, pero mis hermanos mayores cuentan que en mi casa había miedo. Mi padre no salía en fotos, ni le entrevistaban en los medios, ni existía Twitter, ni sus actividades eran legales. No tenía ningún afán por aparecer en ningún sitio, y probablemente habría estado más feliz cogiendo setas en el campo o paseando por el monte. Pero qué habría sido de mí sin todo aquello, apenas un gilipollas nadando en el lumpen, como tantos del barrio.

Hoy, como señalaba recientemente Daniel Bernabé, vivimos una especie de epidemia del activismo, la trampa de la diversidad. Tengo una imagen grabada a fuego de hace unos tres años: una mujer hacía una fotografía a la manifestación que en aquel momento pasaba por la estación de Metro de Sevilla en Madrid, y la pretensión era que una hoja de calendario saliera en primer plano, todo como muy estudiado, hasta traerse la hoja en una carpetita para que no se deteriorara mucho durante la manifestación. Encontré aquello espantoso, frívolo y obsceno.

Esta plaga de Lagarders y pornoactivistas (en serio, creo que el porno goza de buena salud, no hace falta activismo para algo que dura una paja), de gente en busca de casito, de fantasmas anticiencia y veganos misántropos, cada uno por su lado como pollos sin cabeza, con sus cartelitos y sus fotos y sus tweets, son a lo que hacía mi padre lo que Esteso y Pajares al cine. Al final, el “activismo” se ha reducido a algo llamado “visibilizar”, como si visibilizando algo se solucionaran las cosas, puro pensamiento mágico.

Así , entre tanto activista de lo suyo, tanto afán por la revolución de la nada absoluta, los curritos como yo hace tiempo que dejamos de existir. Ni tan siquiera las organizaciones de izquierdas se acuerdan de nosotros, que no somos la clase media ni tan siquiera un cuarto de clase. Estamos cada uno por nuestro lado, con la izquierda muerta y la derecha disfrutando sacándole los trapos sucios y limpios a los activistas mientras con el pie nos pisan el cuello reforma laboral mediante. El tiempo de mi padre, aquellos años durísimos, han pasado al olvido, tanto, que a veces me dicen que qué es aquello tan importante y a tener en cuenta que cambió mi padre — mis padres, todos aquellos valientes sindicalistas anónimos que guardan silencio — , y para eso mi padre tiene una respuesta: Nos ha jodido, que tumbamos al Sindicato Vertical.

Lo cual es rigurosa e históricamente cierto. Se lo cargaron, y mi padre y los suyos llevaron a juicio a la todopoderosa Roca y ganaron. Ninguno de ellos quiso ser el hombre lesbiana en el Orgullo Gay, ni el niño en el bautizo ni la viuda en el entierro. Solo eran personas, unas mejores y otras peores, unidas por lo que tenían en común. Todo esto que vivimos hoy lo encuentro ridículo. No me puedo tomar los botellines con Garzón porque soy alcohólico y llevo siete años sin beber. He perdido la cuenta de las veces en las que he sentido una profunda vergüenza ajena, pero es que hasta he perdido las ganas de votar a mi partido de siempre y las esperanzas de que algo cambie para mejor políticamente. Porque aquí a todo el mundo se le llena la boca de Cambio, el Cambio esto y el Cambio lo otro, como la Providencia o el Destino, palabras que han acompañado siempre a los cambios más desastrosos, la ambigüedad y el vacío. La nada que no tarda en llenarse de un todo siniestro y oscuro. En cambio, el fascismo trae algo consigo, algo que no es bueno para pornoactivistas ni Lagarders ni para nadie.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Jorge Matías’s story.