Un ambiente irrespirable

Todos tenemos capacidad para ofendernos y ofender. Sentirse ofendido es algo muy humano, como cagar, pero quizá es un poco contraproducente decirle al que ofende que deje de hacerlo, pues es posible que ni él mismo sepa que lo está haciendo, e incluso que ni tan siquiera lo pretenda. Incluso aunque el ofensor sea consciente de ello, ofender a alguien no es o no debería ser delito. Además, siempre podemos replicar lo que se nos está diciendo, lo que constituye un sano ejercicio de libertad de expresión. Te puede ofender que tu vecino escuche marchas militares a todo trapo por ser tú nacionalista vasco, o que alguien diga Lérida y no Lleida, o que alguien vaya marcando paquete o enseñando las tetas, pero esto tiene solución sencilla: no mires ni escuches, nadie te obliga a mirar ni a escuchar. La vida en sociedad tiene estas cosas, y si la sometes al pielfinismo de ofenderse por todo, puede llegar a ser asfixiante.

Esta sorprendente capacidad para sentirse ofendido es quizá la razón por la que los humoristas españoles que hacen monólogos suelen ser tópicos e intrascendentes. Las ofensas a la religión o a la creencia en la homeopatía o el odio a los demoníacos transgénicos, no tienen cabida más que en la equidistancia, y si pretendes hacer un debate entre defensores de la homeopatía y detractores, se les da voz a ambos en los mismos términos como si ambos tuvieran razón, cuando evidentemente no es así. El relativismo moral y cultural lleva a estas cosas, y al final, nos encontramos con un panorama en el que no tiene sentido defender una postura si todas son igualmente importantes y tienen validez. ¿Para qué voy a decir que la Ley de la Gravedad existe si tiene la misma validez la opinión de quien dice que eso es mentira?

Por supuesto, esto es sólo una fachada. Detrás de estas actitudes equidistantes se esconden quienes pretenden dar legitimidad y objetividad a sus discursos reaccionarios.

Así, nos venimos sorprendiendo de la detención de unos titiriteros, o el juicio a un artista que ha escrito la palabra PEDERASTIA con hostias consagradas, o la prohibición de realizar una procesión atea no ya en semana santa, también en fechas cercanas a ella. Un vídeo humorístico en el que se enseña a cocinar a un Cristo, llevó a Javier Krahe ante el juez, un tuit un poco pasado de rosca y un retuit, pueden llevarte al talego o, por último, un probablemente insufrible y repelente youtuber ha visto cómo EH Bildu pedía suspender su monólogo en un teatro municipal de Bilbao.

La izquierda feng shui, que lleva años pudriendo movimientos sociales con sus tentáculos, y que ha visto estos notoriamente alargados desde 2011 ( sí, desde ESE momento ), se ha erigido en defensora y delatora de las actitudes y actuaciones que no acaban de encajar. Se pongan como se pongan, la denuncia del padrenuestro blasfemo en Barcelona por parte de instituciones conservadoras, no se diferencia absolutamente nada de lo que ha hecho EH Bildu con el famoso youtuber, pero por aquello de que Ada Colau es “de los nuestros”, se apoya al padrenuestro pero no se monta la que se montó con esto con el caso del monólogo censurado, pues para eso EH Bildu también es “de los nuestros”.

Es la misma actitud que en 1954 expuso el psiquiatra Fredric Wertham con su lamentable Seduction of the Innocent, en el que denunciaba que los cómics pervertían a la juventud y la conducía por los caminos de la violencia, la homosexualidad y el bondage, lo que provocó la caída en desgracia de la mítica EC Comics y el posterior advenimiento de la supremacía de los cómics de superhéroes sobre todos los demás. La misma actitud a la que heroicamente se enfrentó el tan brillante como ególatra Frank Zappa en su memorable discurso en el Congreso de EEUU contra la censura en el rock y contra la organización cristiana comandada por la en aquel entonces señora de Al Gore, Tipper Gore, quien descubrió una alusión a la masturbación en una canción de Prince, se esconde tras la censura de EH Bildu.

Hoy, este pielfinismo presionaría contra el advenimiento del punk. Hoy, que los punks son jipis bienintencionados y amantes de lo políticamente correcto, es decir, no son punks, estamos dando pasos atrás a marchas forzadas, a derecha e izquierda, censurando o presionando a artistas malos, mediocres, buenos, brillantes o estúpidos, por sentirnos ofendidos. Esto es una mierda. Una constante medición de lo que uno dice o escribe. Es un ambiente irrespirable.

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