Relato para la lluvia suave.

No te preocupes, discúlpame este gesto de impaciencia. Es común tu desprecio por mis consejos. También es natural menciones a Lucas, que te acordaras de él a la hora de las nostalgias, cuando uno se deja corromper por esas ausencias que llamamos recuerdos y hay que remendar con palabras y con imágenes tanto hueco insaciable. Además no sé, te habrás fijado que esta es otra época. El espacio es el mismo, mismo cuartucho de un hotel de la calle 3. Nunca tuvimos una ventana pues bastaban los metros cuadrados y la compañía.

Me instalé desde hace meses, lejos de ti. Tierra lejana. Aunque basta con instalarse en el diario, el cuero negro, el desgaste de las hojas: “y te espero, sentado en el café…”. Qué manía de poner las horas a cada paso por el zócalo.

Me acuerdo del primer diciembre cuando nos decíamos los sueños, los discman aún eran el medio para escuchar música cuando se viaja. Y otra vez en la madrugada, cuando tu… ¿Pero por qué tienes miedo al olvido si ya no es necesario?

Tu mate está ahí, bebe. A veces me pregunto por qué te molestas todavía en venir a visitarme. Te ensucias y pierdes suéteres, te aguantas los mosquitos, la lluvia en una calle oscura…Ya sé, no pongas la cara del amigo ofendido. No es eso, Arturo, pero en realidad eres el único que queda.

Tengo lagrimas sin derramar y un hueco, ahí por el esternón. Tú, a veces sueles venir. Aun ofendiendo a tu cariño, negando tu amistad, vos me escribe. Las cartas al mar de vez en cuando tocan mi playa; te leo, te observo. Yo sigo acá, tenue y feliz pero últimamente más tenue. Te recuerdo con la cursilería en tu boca, nunca te hartabas de registrar una tarde pero también sabias herir. Tenías una daga afilada bajo la sonrisa de ese gran amigo. Después de ti me enamoré. Me perdí en unos ojos cafés del Pacífico. A lo mejor con la esperanzas de arrancarme alguna vez de ese encierro medio podrido. No te ofendas, pero casi me da histeria aquella temporada. Sin embargo reconozco que admiro esa rabia tuya de fidelidad amistosa.

Reconozco que eres una especie de testigo cariñoso que hasta en los peores sueños nos acosan sonriendo. Me conoces Arturo, no tengo espacio para preguntarme si aún piensas en mí, menos en esta temporada donde se acercan las lluvias suaves pero ahora que recibes la llamada me pregunto si vienes a salvarme sin necesitar retribución o si aún esperas sentado en una banca azul a que pase a saludarte.

Éramos tan jóvenes, Arturo, resultaba tan fácil acariciar la imagen de un futuro ensoñado, tal vez por Amy y tus discos de jazz y mate amargo. Tu siempre ilusionado como si fuéramos dueños de una sólida inmortalidad de cincuenta o sesenta años por vivir.

Te recuerdo con una caballerosidad alta. Recuerdas esa noche donde sufrías una emergencia, recuerdo correr por la habitación de ese cuartucho húmedo, salimos por el taxi a las 2 de la madrugada y en el momento de subirnos, tú, aún en el borde del desmayo, abriste la puerta, con una calma y rostro de antigua gallardía me hiciste entrar primero. Sabías conquistar con microdetalles. Pero habla de ti, he acaparado la llamada, dime como has llegado hasta esta capital, como vos no pierde el tiempo …

Sabes, lo terrible de ese momento de la juventud, de la cual tu tenías más que yo, es como decía Cortázar “en una hora oscura y sin nombre todo deja de ser serio para ceder a la sucia máscara de seriedad que hay que ponerse en la cara, y yo ahora soy el doctor fulano, y vos el ingeniero mengano, bruscamente nos hemos quedado atrás, empezamos a vernos de otro modo, aunque por un tiempo persistamos en los rituales, en los juegos comunes, en las cenas de camaradería que tiran sus últimos salvavidas en medio de la dispersión y el abandono, y todo es tan horriblemente natural”

-Te entiendo, Arturo, y a algunos nos llega a doler más que a otros, pues los mundos se reconstruyen y las mentiras afloran. Tal vez nunca te conté pero creo no saber brillar por mí misma. Me da miedo ser yo misma. Soy mala y culera con mis seres queridos.

Da tiempo, deja y termino… desde hace meses pienso en un sueño –probablemente lo tuve en algún cuartucho que visitamos- pero era un sueño que empezaba en un valle, conmigo mirando la luna llena sobre los cañaverales, mirando las estrellas, recordando el libro de Poniatowska y las frases que me cautivaron desde niño, pasaba mi mano sobre tus hombros, siempre gentiles al recibirme sin condición de tiempo. En el sueño estabas tranquila, como aquella mañana en el Ajusco, todo parecía se te había olvidado, la casa, la madre, las responsabilidades, los espacios cerrados. Pero sentí algo, sentía una distancia, un vacío entre los dos. Te miraba fijamente y me venía una soledad. Y no exagero, recuerdo muy bien esa sensación de lejanía sosteniendo tu cuerpo. No te mentiré Sofía, es la misma sensación de mayo de hace dos años, esa desolación y abatimiento del alma como si estuviera cayendo en un pozo de agua. Te cuento esto porque sabrás que siempre pensé en las conexiones, en esa sensación de unidad de los seres.

Y así me quedé en el borde.Y entonces apareció un cd. Tenía las viejas canciones de un cumpleaños y un mantra siempre repetido por ambos. El sueño parecía tener significado.Y entonces me hablas por las madrugadas. Con las mismas dudas y los mismos deseos, los insomnios regulares por fantasmas irregulares.

No resta nada por contarte. Hoy viene la lluvia suave y requieres los viejos deseos. Los regulares mantras para acariciar tu piel, hasta mi deseo más secreto.No vine a pedir nada. Ni a robar nada. Solo marqué tu número. En el fondo esperaba…Esperabas sin protocolos. Solo apuntaste con el dedo y sonó.

Pero tal vez, aún que he deseado un sitio así y hasta he necesitado un sitio así. Tal vez solo he soñado un sueño ajeno.

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