5. Que la porquería no oculte la poesía

(1) Recuerdo que hace unos años, MetroValencia inició una campaña de microrrelatos, que después los pasajeros podían leer en las pegatinas junto a las puertas de los vagones. Me pareció una idea buena, y después leí a Luis Bassat en su libro rojo, tratar este tipo de campañas de marketing.

Viajar en transporte público y leer son dos acciones (y dos actitudes) que, bien combinadas, tienen su segmento de público concreto.

(2) El problema de la suciedad urbana y el incivismo es un handicap para nuevos gobernantes, y una patata caliente que ha aliviado quitarse de encima a los antiguos gestores. Mucha gente es cerda, algunos porque sí, otros porque creen que pagar sus impuestos da derecho a que vengan a recogerle la mierda al portal de su casa.

La calle también es la casa de uno. Más bien se trata de un espacio que pertenece (en el sentido de uso, no de propiedad) a todos. Lo más frustrante de ver a cerdos de dos patas ensuciar las calles, es pensar que para muchos existe esa conciencia de pertenencia de la calle, y pese a sentirla suya, ensucian. De la empatía hablamos otro día, mejor.

(3) Hoy he visto en Facebook que un amigo publicaba un libro de poemas, y lo he relacionado -no tengo ni idea de por qué-, con esas fotos tan compartidas de micropoemas en pasos de cebra y en aceras, en las frases del tal Neorrabioso y su posible viralidad.

Y he pensado en qué pasaría asociando dos conceptos a priori tan antitéticos: poesía y basura. ¿Qué pasaría si se pintaran micropoemas alrededor de los contenedores, en esos espacios donde la gente deja sus trastos, sus mierdas?

Dándole una vuelta, he pensado en que también podría pintarse en el suelo mensajes como “Si no puedes leer esto, es porque tus vecinos son unos guarros”, pero desde el punto de vista del marketing no lo veo. Creo que el mensaje sería más bien una provocación. Pero, ¿y si el mensaje fuese “Que la porquería no oculte la poesía”?. La rima consonante ha sido pura casualidad, prometido.

(4) Pensando ahora desde el marketing, desde la búsqueda de un engagement para que la gente participe, se implique, y sienta más suya la calle, he recordado aquellas campañas planteadas por Bassat y que vi en Valencia. ¿Y si se abre un buzón de micropoemas, que después estarán firmados y podrán verse en las calles de, por ejemplo, Palma?

Imaginen que ven su micropoema junto a un contenedor de su barrio. Pero ahora imaginen que no es así, sino que sabe que lo han pintado, pero no saben dónde, pero que la gente sube fotos de esos poemas a Twitter, Instagram o Facebook, y le nombran. Y empiezan a seguirle. ¿Ven el beneficio? ¿Hay alguien que pierda?

Claramente, ideas como esta solo tienen en cuenta a una parte de la población, con acceso a Internet, con cuenta de usuario en las redes. Pero también llega a una parte de la población sin ella, acaso sin interés por la cultura, o por la poesía en sí, y puede que les entre el gusanillo. Y tal vez si leen fragmentos famosos de poetas, que no sabía que eran de Whitman o de Goytisolo, le dé por buscar algo más sobre ellos, o puede que mencionar en alguna conversación que “no sabía yo que aquello de verde que te quiero verde era de Lorca”.

Imaginen que les nombran en Twitter, con una foto de un micropoema suyo y les felicitan públicamente, simplemente por haber enviado un mensaje a un mail. Imaginen ahora que alguien quisiera dejar unas bolsas de basura en el suelo, pero por no tapar su texto, abren el contenedor; no les llegará notificación alguna, pero seguro que el beneficio lo notamos todos.

¿Probamos?