BUSCANDO LA FELICIDAD: Martes 10/3/09

“Miren, ¡sé de qué estoy hablando!” gritó Felicitas a los cuatro vientos. “¡Gané mi primera competencia de moda cuando tenía tres meses!” aquellos que estaban presentes eran sus compañeros en la mansión que apenas había conocido hacía menos de media hora: Tomás Cúfaro y Candelaria Aranis, más bien conocidos como Cufa y Laria. “Somos lo menos” prosiguió Felicitas. “Tenemos que aprender a llevarnos bien como compañeros que so…” repentinamente, fue interrumpida por el sonido de una puerta abriéndose de par en par. Era Miguel Cápumann, otro de los alumnos del colegio San Martín que creía que podía entrar sin permiso a la institución cuando sea que se le antojara y venía junto con su compañera Nélida Ibella.

“¿Qué? Sigan, chicas. Hagan de cuenta que no estoy acá” dijo Cápumann antes de sentarse en un asiento a observar a los tres chicos como si fueran ratas de laboratorio.

Felicitas resopló y decidió ignorar al joven: “Dejar entrar a las puertas de la institución a un chico con problemas de conducta social es ridículo e irónico”.

“Creo que Ruben piensa que la ironía es lo que lo hace interesante” respondió Capu inmediatamente. “Después de todo, ¿qué sería de sus patéticas vidas sin alguien que puede venir a hacérselas interesantes?”

“¡No hay nada de irónico en la vida de unos adolescentes!” declaró Felicitas. “Dejá de mirarnos como si fuéramos animales” dijo, antes de salir de la sala principal. Ruben, quien acababa de llegar, fue testigo de la última parte de la escena. Por lo que se tomó el trabajo de seguir a Felicitas para evitar que las cosas se convirtieran en una tragedia. Sin embargo, Felicitas fue la primera en hablar al ver al profesor tras ella: “Sé lo traés acá porque suma puntos que el hijo mayor de los Cápumann apoye no demoler la mansión, pero necesitamos un ejemplo masculino que pueda estar a la altura de alguien como yo” confesó Felicitas. “Y la verdad es que no veo eso en Capu o en Cufa”.

“Tenés razón, Feli” dijo Ruben. “Admito que me precipité en traerlo acá porque es un buscapleitos, pero no hay muchos chicos que los vean a ustedes como gente normal, si sabés a lo que me refiero. Pero hace poco llegó un chico que puede llegar a ser la solución a nuestros problemas”.

“¿Sí?” preguntó Felicitas, la curiosidad era evidente en su tono de voz.

“Sí” respondió Ruben. “Es el heredero varón de una de las familias más prestigiosas del país. Y justamente está asistiendo al colegio San Martín. Me gustaría que lo conozcas un día de estos”.

“Me encantaría” dijo Felicitas. “Si es como usted me dice que es”.

“Perfecto” dijo Ruben, sonriendo de emoción. “Voy a tratar de hablar con él ahora mismo” dijo, dejando a la muchacha sola. Salió de la mansión y se dirigió directo al patio escolar, donde encontró un par de adolescentes reunidos en torno a un joven, también con uniforme. Sin importar lo que dijeran los chicos de la ronda, Ruben los separó para agarrar a quien se encontraba en el medio. “Ey, Daniel, seguís debiéndome ese trabajo de What you did last summer”.

“¿Qué?” preguntó Daniel.

“Lo que hiciste el verano pasado” dijo Ruben.

“Casi tengo hecha la mitad de casi todo el trabajo, señor Dallo” respondió Daniel.

Mientras Daniel hablaba con Ruben, no se percató de que dos de los chicos a su alrededor lo estaban mirando fijo al primero. Uno de ellos le habló a su compañero: “Ey, chabón” dijo Borja. “Ese es el tipo que me quiso armar bardo la vez pasada”.

“¿Sí?” preguntó Santi. “Entonces miralo bien. Porque dentro de muy poco tiempo te va a costar trabajo reconocerlo” dijo, chocando el puño izquierdo con su palma derecha mientras su amigo se frotaba las manos.

Cuando Ruben se fue del patio escolar, Daniel comenzó a irse en dirección a donde estaban Santi y Borja. Santi vio que Daniel estaba prestando atención a Ruben, por lo que aprovechó a meterse en su camino mientras todavía seguía de espaldas. Daniel se volteó, chocándose con Santi, mientras el último lo veía con una mirada amenazante: “Eu, ¿qué te pasa? Mirá por dónde andás” dijo Daniel.

“¿Tenés algún problema?” preguntó Santi.

“Yo no” contestó Daniel.

“Pero yo sí” dijo Santi, dando un paso hacia Daniel. “No me gustan los nuevos que se la quieren dar de muy rudos, mirá” dijo, y Daniel echó la mirada hacia otro lado. Pero Santi no tenía pensado dejarlo ir. “Esto no es un establo, donde seguro te criaste” Daniel sonrió ante las palabras de Santi. “¿Qué? Acá estás entre gente bien, ¿me entendés?” agregó, señalándolo con el dedo. “Tratá de andar derechito, si no querés meterte en problemas”.

Daniel se acercó aún más a Santi: “Mirá que no sé cómo te llamás, pero acabás de buscarte un problema. Así que decime cuándo, dónde y…”.

Antes de que Daniel pudiera terminar, escuchó su nombre a lo lejos: “Ey, Daniel” gritó Capu, su mejor amigo de la infancia.

“Cuando quieras” balbuceó Santi mientras ambos seguían frente a frente.

“Daniel, Daniel” dijo Capu, tironeándolo del brazo mientras este seguía mirando fijo a Santi. “Te estoy hablando”.

“Uy mirá” dijo Borja. “Tenemos miedo” agregó.

“Necesitan que firmes una solicitud. Vení ahora” ordenó Capu y su amigo lo siguió, sin alejar su gélida mirada de los ojos de Santi.

Mientras tanto, Felicitas estaba ocupada cepillándose el pelo frente al espejo de su habitación, cuando de repente vio la figura de Daniel a través del espejo como si estuviera detrás suyo. Ella no pudo evitar sonreir, pero rápidamente se sacudió a Daniel de sus pensamientos. Trataba de no pensar en él, pero le estaba costando demasiado. Agarró una hoja de papel que tenía a mano con el nombre de Daniel escrito dentro de un corazón y cerró sus ojos.

“Hola” escuchó Felicitas, mientras pensaba en Daniel aún con sus ojos cerrados.

“¿También hablás?” preguntó Felicitas.

La voz soltó una risa incrédula y susurró al oído de Felicitas: “Desde los dos años”.

Felicitas dio un sobresalto y se volteó para darse cuenta efectivamente de que la voz que estaba escuchando no era producto de su imaginación, sino que era el mismo Daniel sonriéndole. Ella no pudo evitar decir lo primero que se le vino a la cabeza: “Creo que el resto de los chicos espera que vos y yo estemos en algo formal” fue lo único que se le ocurrió. “Vos, sexy, varonil, y yo, alucinante, joven e ingenua por la que todos en el colegio aclaman”.

Daniel soltó una pequeña risa entre dientes, pensando que se trataba de una broma. Inmediatamente vio la hoja de papel que tenía Felicitas entre manos y se la arrebató de las mismas: “¿Y esto?” preguntó Daniel, observando más a fondo lo que tenía escrito la hoja. “¿De quién es este corazón?”

“Y-yo no-no-no-nno…” alcanzó a tartamudear Felicitas.

“No, no te preocupes” dijo Daniel y Felicitas soltó un suspiro, llevándose las manos a la cara. “Se ve que te gusto”.

“¿Qué?” preguntó Felicitas, visiblemente alarmada. “¡No! Claro que no” refutó.

“Bueno, ¿entonces de quién es?” preguntó Daniel con tono inocente, dejando a Felicitas sin palabras.

“Yo no hice eso” respondió Felicitas. “No es mío”.

“Contestame, entonces. ¿De quién es el corazón?” insistió Daniel. “No te preocupes, no te voy a hacer nada”.

Felicitas no tuvo otra opción más que asentir: “Bueno, sí es mío”.

“Ah, ¿sí es tuyo?” dijo Daniel, visiblemente contento.

“Sí, pero no está terminado” dijo Felicitas, arrebatándole de las manos a Daniel el papel que antes había estado en las suyas. “Le falta esto” continuó mientras agarraba lápices y fibras para colorearlo. Acto seguido, le devolvió el papel al muchacho. “Porque era una broma que te iba a dejar en tu locker”.

Daniel observó el nuevo diseño hecho sobre la hoja de papel, indignado: “Unos cuernos”.

Felicitas asintió y Daniel ahora se veía confundido: “¿Por qué?” le dijo a ella, mostrándole su propio dibujo.

“Porque era una broma” respondió Felicitas. “O sea, una broma”.

“¿Broma de qué?” preguntó Daniel.

“¡Ay, una broma! ¡Ya está!” exclamó Felicitas. “Sos un pesado, dejame en paz…” soltó, antes de querer pasar por al lado de Daniel para irse, pero él la retuvo con sus manos, haciendo que ambos quedaran frente a frente a unos pocos centímetros entre ellos. Felicitas no podía quitarle los ojos de encima.

“¿No me vas a explicar…?” comenzó Daniel. “Digo, esto de la broma. Porque mirá que no estoy entendiendo nada”.

Felicitas jadeó y se soltó del agarre de Daniel: “Es para que… para que veas que… no me caen bien los extranjeros como vos”.

Daniel no esperaba aquella respuesta de la joven: “Bueno, pero yo no me creo nada” dijo Daniel, recriminándola con su dedo índice. Felicitas seguía mirándolo a los ojos. “Y vas a darme la razón algún día… porque yo sé perfectamente que te voy a caer muy bien” continuó, haciendo que Felicitas agachara la cabeza como si no le estuvier prestando atención. Daniel contuvo su ira y simplemente dijo: “Tenelo mucho en cuenta”.

Felicitas asintió riéndose entre dientes e hizo un ademán con la mano: “Chauchis” dándole el pie a Daniel para retirarse de la habitación de la chica.

Al salir, Daniel vio a Cufa metiendo llevando un bolso para su habitación. Pensó que era la chance perfecta para averiguar información: “Eu, ¿vos sabés algo de Felicitas Alighieri?”

Cufa se detuvo al ver al joven que le hablaba y respondió: “Sí, ¿por qué? Digo, si te interesa, ya está fichada”.

“No, no, no, no, no” contestó Daniel. “Nada más quiero saber qué sabés de ella”.

“Que es hija de un empresario muy importante y que… es la líder de las chicas” comenzó Cufa. “Y… bueno, que toda la escuela está atrás de ella” con eso, Daniel no tenía información que pudiera importarle. “Digo, muchos se preguntan si tiene una hermana, aunque sea como premio de consolación”.

“No, no. Ella es hija única” dijo Daniel en voz alta. Al percatarse que había hablado de más, decidió cambiar el tema de la conversación. “Digo, porque lo leí en una revista de empresas y eso… emm, cosas de economía y finanzas” continuó, ayudando a Cufa a llevar su bolso a su habitación.

Al abrir la puerta, ambos chicos vieron al profesor Ruben dentro de la habitación de Cufa, inspeccionando las camas: “¿Así que ahora leés revistas deeconomía?” preguntó el profesor a su alumno. “Es bueno que leas. Acá nuestro amigo Cúfaro tiene muchas revistas de moda y demás que podrían llegar a interesarte. No creo que le moleste prestarte alguna” dijo. Acto seguido, le pasó una revista de la repisa que había al lado de una de las camas.

Daniel le echó un vistazo a la revista antes de devolvérsela a su profesor: “¡Ni siquiera sé quién es la Mujer Crónica!” ante lo cual Cufa resopló con indiferencia.

La conversación fue interrumpida por una llamada telefónica hecha al teléfono de Ruben. El profesor atendió y se dirigió inmediatamente a la puerta de la entrada de la mansión. Los otros dos chicos lo siguieron.

“¿Qué pasa, profe?” preguntó Daniel mientras Ruben abría la puerta que daba al patio.

“Eso pasa” dijo Ruben, señalando una multitud de chicos guiada por Santi. Se podía ver a Santiago hostigando a un alumno, que no era ni más ni menos que el mismísimo Borja, su mejor amigo.

“Bola de desgraciados” dijo Daniel, lanzando una mirada furiosa en dirección a la muchedumbre y yendo el mismo donde ocurría el alboroto. Sin pensarlo dos veces, se abrió paso entre la multitud para lanzando a Santi contra la pared del colegio mientras ayudaba a Borja a levantarse.

“¿Qué te pasa, flaco?” preguntó Santi, tratando de lucir como si no hubiera sido empujado frente a todo el colegio.

“¿Estás bien?” dijo Daniel mientras ayudaba Borja. “Perdón, no te vi” le dijo a Santi. Los demás alumnos seguían riéndose de Borja y haciéndole bromas por haber sido defendido, pero a Daniel no podía importarle menos. Sin embargo, rápidamente, la muchedumbre se olvidó de Borja para pasar a prestarle atención a Felicitas Alighieri pasando por el centro del patio. Daniel vio su oportunidad y volvió a abrirse entre la multitud. “Permiso, permiso” dijo, y se detuvo cuando llegó a estar frente a Felicitas, quien estaba conversando con Nélida. “Hola”.

“Ay, perdoname. Pero es que… ahora no te puedo atender” dijo Felicitas. “Es que ya termina el receso y todos tienen que volver a sus clases. ¿Verdad, chicas?” y el resto de las personas a su alrededor asintieron.

Daniel, sin embargo, sonrió: “No, no te preocupes. Yo venía nada más para hablar con ella” dijo, señalando a una de las chicas que estaba atrás de Felicitas. “Eu, ¿te importaría pasarme los apuntes de la próxima clase? Es que tengo que ausentarme para hablar con Ruben y no me quiero perder de nada importante”.

La chica que estaba detrás de Felicitas y Nélida asintió completamente emocionada. Daniel había ganado esta batalla, por lo que regresó donde estaba hablando antes con su profesor.

“¿Me querés contar hace cuánto que venís teniendo problemas con las drogas, hijo?” le preguntó Ruben a Daniel una vez que estuvieron lejos del resto del alumnado.

“¿Qué?” preguntó Daniel. “¿Por qué supone algo así, señor Dallo?”

“Porque tenés que estar drogado si querés meterte así con uno de los hijos de la familia Bazanis” respondió Ruben, con una gran sonrisa en su rostro. “No vas a salir ileso si seguís jugando con fuego”.

Mientras tanto, Santi no había dejado de mirar ni un segundo a Daniel. En ese momento, fue que Borja apareció a su lado, como si nada hubiera pasado. “Ahí va el pelilargo ese” le dijo

Santi a su amigo. “Sabía que iba a querer hacerse el héroe. Pero vas a ver que hoy mismo voy a darle una lección”.

“¿Pero por qué no mejor esperamos hasta la noche?” preguntó Borja.

“Error” respondió Santi sin inmutarse. “El agua es el lugar perfecto. Ya me va a conocer ese pendejo de cuarta. Vas a ver”.

Felicitas aprovechó el momento para ir a quejarse con el profesor ruben: “Señor Dallóngaro, ¿tiene alguna idea de lo ridículo que es dejar entrar a las puertas de la institución a estos chicos con problemas de conducta?”

Antes de que Ruben pudiera responder, Capu apareció detrás de Felicitas: “Te dije que creía que el señor Dallo usaba la ironía para mejorar la relación entre nosotros, ¿no?”

“¡Y yo te dije que no hay nada de irónico respecto a jugar con nosotros!” volvió a decir Felicitas. “Esto así no se puede. ¡No me banco más a ninguno de estos chicos!” replicó, yéndose a la mansión y dejando a Ruben sin emitir ni una palabra

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