Capítulo 8: Tiempo de curar heridas parte 1

Respirá. Respirá. Martina repitió la palabra en su cabeza tantas veces como pudo para asegurarse de que siguiera respirando cuando dejara la seguridad de la limosina en la que estaba. La limosina había estado estacionada frente al Nacional Buenos Aires y al San Martín por cinco minutos y Martina todavía estaba buscando el valor para poder abandonar el auto. Tras las ventanas blindadas, ella podía ver a sus compañeros en las escaleras, probablemente hablando sobre sus fines de semana. Martina deseaba poder participar en sus conversaciones y escuchar sus historias. Probabemente habían tenido un mejor fin de semana que Martina. Su fin de semana tuvo muchísimas peleas, gritos y llantos.

Después de que la voz de Avellaneda revelara su secreto, Martina había abandonado la fiesta lo más rápido posible. Ni siquiera habló con Daniel. Él trató de hacerlo, pero ella se sentía como si fuera a ahogarse en un lugar donde todos los ojos estaban posados sobre ella y se había ido antes de que él tuviera la chance. Los padres de ella le habían quitado su celular cuando ella llegó a casa. No querían que hablara sobre el tema con nadie. Ni siquiera con Daniel. Una hora después habían desactivado el teléfono de la casa, porque no paraba de sonar.

Juan Stutzen había estado furioso. Seguía gritando que denunciaría la página web, pero Martina sabía que no tenía sentido. Por un lado, la voz de Avellaneda había tenido razón. No podía ser denunciada por contar la verdad. Lucía Stutzen, por otro lado, se había puesto del lado de Martina y le dijo miles de veces que debería haber aceptado el trato de Felicitas Alighieri. Su padre luego comenzó a maldecir a Alighieri. Casi llamó a su abogado para denunciarla a ella, pero afortunadamente su madre le quitó esa idea de la cabeza. Mientras sus padres discutían su estrategia, Flor (la hermana de Martina), estaba sentada en el sofá, observando la discusión. A veces echaba una mirada sentenciosa, como si todo fuera culpa de ella. Ahora tal vez había algo de razón en eso, pero Martina no había sido la que rechazó el trato que podía salvarlos. Nada de eso la hacía sentir mejor. Martina lloró tanto el fin de semana pasado, que se sintió como si se hubiera quedado sin lágrimas.

“¿Señorita Stutzen?” el chofer interrumpió sus pensamientos. “Ya casi empiezan las clases. ¿Va a querer salir del auto?”

Martina suspiró. Tenía que salir del auto eventualmente, sin importar si le gustara la idea o no. Respiró profundo y enderezó su espalda: “Sí. Gracias, Mario”.

Abrió la puerta de la limosina y salió. Era peor de lo que ella esperaba. Al principio no se había percatado, pero mientras subía las escaleras, las cabezas se daban vuelta y los susurros se movían a su alrededor. Ella siguió con su cabeza gacha para evitar tener contacto visual con cualquiera, pero eso no ayudaba. Las lágrimas (aparentemente todavía tenía algunas) quemaban sus ojos. Nunca había sido tan largo el camino hacia el cielo seguro del Nacional Buenos Aires. Desde la esquina de sus ojos vio a Seba Borrego y a Santi Aranis. Aunque ella los consideraba como amigos, podía ver el juicio en sus rostros. Tal vez la amistad en Avellaneda sólo existía los días buenos. Apenas estos terminaban, ellos se alejaban como si su vida también se alejara de sus manos.

Martina casi había llegado al Nacional Buenos Aires cuando vio a Nélida y a Shiana. Cruzó miradas con ellas. Había sólo lástima en sus ojos, nada de juicios, pero tampoco ninguna se acercó a ella. El dolor de la puñalada en su espalda le agobiaba. Hasta sus dos mejores amigas parecían no apoyarla. Ella tenía que tragarse las lágrimas para poder seguir en pie.

Finalmete llegó a los seguros pasillos del Nacional Buenos Aires. La escuela no estaba poblada aún y las pocas miradas que tenía encima, Martina claramente podía manejarlas, pero en un minuto o dos todo comenzaría de nuevo. No estaba segura de si sobreviviría este día.

Fue a buscar sus libros y se sorprendió al encontrar allí a Daniel. Se acercó a él con dudas. No estaba de humor para hablar con él sobre su embarazo, pero él ya la había visto, así que ella no podía acobardarse. Respiró profundo mientras él también se acercaba a ella con una expresión de preocupación en su rostro.

“Martina, ¿estás bien? Te mensajeé y te llamé miles de veces este finde pero no me respondiste”.

Martina balbuceó algo sobre sus padres quitándole el teléfono pero no lo miró a los ojos. No podía.

Daniel parecía no haberlo notado, simplemente asintió luego de escuchar su historia: “¿Cómo te está yendo?”

Era una pregunta honesta. Más honesta que nada de lo que le habían dicho el fin de semana pasado. Aún así, ella no podía soportarlo. No le había contado nada sobre el embarazo a Daniel. Le había mentido. Su mejor amigo lo sabía y él no. No se merecía la preocupación en su voz. Aún sin mirarlo a los ojos, ella respondió: “Estuve mejor”.

“¿Fuiste… fuiste al doctor? Por el bebé, digo”.

“No” salió más irritado de lo que Martina había anticipado, pero simplemente no quería hablar del bebé que estaba llevando. Había pasado todo el maldito fin de semana hablando del tema y estaba harta. Era irracional que ella se enojara con Daniel por esa razón. Él no había hecho nada malo después de todo, pero ella no podía evitarlo.

Desafortunadamente, Daniel no notaba nada de su enojo y eso sólo lo empeoraba: “¿Pediste un turno? Mi mamá dice que esa es una de las primeras cosas que tenés que hacer cuando estás embarazada. Me dio el nombre de la clínica en la que yo nací. Claro que es tu decisión, pero…”

“Dani” Martina interrumpió con un gruñido. “No quiero hablar del tema”.

Por un momento, Daniel no parecía saber qué decir: “Pero yo sólo…” él comenzó, pero fue interrumpido por el timbre.

Salvada por la campana, Martina pensó. No le dijo ni una palabra más a su novio y se dio vuelta. Olvidándose completamente de su libro de matemática, se alejó y se reforzó a sí misma para prepararse para las horas de interminables miradas y susurros que estaban por venir.

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