Confiá en mí: capítulo 22

Camila se sentó con su espalda contra la pared mientras oía las voces gritando desde adentro. El señor Cacace estaba gritándole a Dante y Gonza estaba gritándole al señor Cacace por gritarle a Dante y Dante estaba gritándole a Gonza por gritarle al señor Cacace por gritarle a él. Ella se estaba volviendo loca.

“¡No podés inventar mentiras!” ella oyó al señor Cacace gritar, lo cual hizo que ella mirara hacia otro lado. Eso era básicamente lo únic0 que él estaba diciendo y seguía repitiéndolo una y otra vez.

Como si hubiera sido una señal, el señor Muñoz gritó: “¡Él no es el que está mintiendo!”

Y entonces, por supuesto, Dante lo siguió con un: “¡Dejen de gritar!”

Camila miró sus manos y luego pasó por el pasillo para ver a Borja parado con sus brazos cruzados y una sonrisa en su rostro. Ella quería acercarse y gritarle, quizás incluso abofetearlo, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por una declaración que le dio ganas de vomitar.

“Debí haber dejado que tu madre abortara” gritó el señor Cacace y el corazón de Camila se quebró. En cuestión de segundos, la puerta se estaba abriendo y Dante salió con una mueca en su rostro. Cerró la puerta detrás suyo y mientras caminaba por el pasillo con Camila siguiéndole el rastro, Gonza y el señor Cacace seguían gritándose el uno al otro.

“Dante, esperá” instó Camila, acelerando para poder estar trotando detrás de él. Él se volteó hacia ella rápidamente y ella chocó levemente con él. “Auch”.

“¿Esperar a qué?” preguntó él, su voz daba la impresión de que estaba molesto con ella. Ella se lamió los labios y se alejó un paso de él, mirando sus pies antes de esperar a que él siguiera con su colapso emocional. “¿Esperar a que me digan que mis papás no me quieren? ¿Esperar a que tenga un juez que me diga que estoy mintiendo? ¿Esperar a que el señor Mu se de cuenta de que soy un fracasado como todos dicen?”

“Pero, Dante…”

“¡No, Cami!” replicó Dante, pasando sus manos por su cabello irritado. “Estoy cansado de esperar a que alguien le importe”.

“A mí me importa” interrumpió Camila. “¿Por qué simplemente no entendés eso? ¡Estoy acá! ¡Me importa!”

Dante la miró y tomó un par de respiros profundos antes de pasar una mano por el cabello de ella y empujarla ligeramente contra la pared. Segundos después, para satisfacción de Camila, él se agachó y chocó sus labios con los de ella. Se acercaron con gran facilidad el uno hacia el otro antes de que Dante se alejara y la mirara con culpa.

“Perdón” él susurró, alejándose.

Ella sacudió su cabeza y sonrió: “No pidas perdón” respondió antes de dar un paso hacia él y conectar sus labios una vez más.

“Vayan a un telo” refunfuñó Sebastián, agarrando los hombros de ambos y alejándolos el uno del otro. “No necesito ver eso”.

“Lo dice el que prácticamente viola gente en el comedor” dijo Fran, yendo hacia ellos con una sonrisa en su rostro. Dante observó a Camila ponerse nerviosa con la elección de palabras de Fran. Agarró la mano de ella en un intento de consolarla.

“Ah, eso ya fue” balbuceó Sebastián con cansancio, pasando una mano por su cabello. “¿Entonces qué está pasando con tu viejo? ¿Y Borja?”

Dante se lamió los labios: “Estoy declarando contra mi papá y él está acá porque quiere ser un imbécil y bueno, Borja… le rompo un poco las pelotas”.

“Bancá…” comenzó Fran, su mente daba vueltas en círculos interminables. “¿Por qué estás declarando contra tu papá? ¿Y Borja?”

Mientras Dante trataba de dar su mejor esfuerzo para explicar la situación, Mimí yacía en su cama y miraba fijo las paredes deseando poder estar mirando fijo las paredes de su propia habitación. Incluso llegaría a un acuerdo si estuviera mirando las paredes de la habitación del centro de rehabilitación. Cualquier lugar sería mejor que aquí.

“¿Cómo te sentís?” el doctor que había hablado con ella anteriormente preguntó mientras entraba a la habitación mirando su pequeño anotador. Ella quería mirar hacia otro lado, pero en cierta forma eso no se veía apropiado viendo que él pudo haber sido el que salvó su vida. Así que en vez de eso, ella mostró su falsa sonrisa habitual y se encogió de hombros. “Es bueno escuchar eso. ¿Te sentís con ganas de tener una visita?”

Ella se despabiló y asintió con su cabeza, intrigada con la idea de alguien queriendo visitarla. De haber sido su madre, tendría una torta con ella. Mimí sonrió ante la idea. O tal vez su padre había tomado una licencia para venir y ver cómo estaba. Él andaba siempre tan ocupado y siempre que podía pasar tiempo con ella, hacía feliz a la chica.

“Hola, Mimí” dijo Melisa con una sonrisa en su rostro mientras entraba a la habitación. El doctor lo que sea dejó la habitación mientras Mimí se desplomaba nuevamente, la desilusión era demasiado para que ella la manejara. “¿Cómo te sentís?”

Quería gritar, pelear, hacer algo pero su autocontrol era más fuerte que nunca. En vez de ello, lució otra de sus falsas sonrisas y se sintió un poco más a gusto: “Me dan drogas, así que me siento genial”.

Melisa sabía que no estaba mintiendo porque había estado en aquella cama antes, no en aquella misma cama sino en una cama de hospital exactamente igual: “Digo emocionalmente, no físicamente”.

Su sonrisa flaqueó ligeramente, pero a pesar de que Mimí trató de ocultarlo, Melisa se percató inmediatamente. La rubia tosió ligeramente mientras Melisa se dirigía a sentarse en la silla que estaba convenientemente ubicada al lado de la cama: “¿Por qué te contaría a vos?”

“Porque estoy acá por vos” presionó Melisa suavemente, alcanzando a agarrar la mano de la chica. A Melisa le dolía saber que alguien más estaba pasando por esto, pero mantuvo la pequeña sonrisa en su rostro en un intento de consolarla. “Y quiero que sepas que podés hablar conmigo. Hay muchísimas maneras diferentes de lidiar con el estrés. Es mi trabajo mostrarte cuáles son”.

“Eso es lo que dijo la psiquiatra” balbuceó Mimí suavemente, mirando sus manos. Tomó un respiro profundo antes de decir: “No estoy loca, lo sabés”.

“Lo sé” insistió Melisa, asintiendo con su cabeza. “Sólo estás perdida y confundida. Dejame ayudarte, Mimí”.

De vuelta en el centro de rehabilitación, Gonza y el señor Cacace habían dejado de discutir el tiempo suficiente como para darse cuenta de que ninguno era capaz de convencer al otro que admitiera sus errores. Cada uno de los hombres iba a creer lo que quería y eso era todo. Gonza caminó hacia la sala de espera y frenó al ver a los cuatro adolescentes mirando una película juntos. Dante tenía su cabeza en el regazo de Camila y sus pies en el de Fran. Sebastián estaba en el suelo apoyado a los pies del sofá. Cada uno de ellos se veía tan absorto con la película que no estaba seguro de que siquiera lo notarían si les golpeaba a cada uno en la cabeza.

“Ey, chicos” saludó Gonza, caminando para pararse frente a la televisión. Sebastián se burló antes de apretar el botón de pausa en el control remoto. “¿Qué están mirando?”

“Bueno, estábamos mirando ‘El sorprendente Hombre Araña’” balbuceó Sebastián, sus ojos estrechos en dirección a Gonza. Dante se lamió los labios y levantó la mirada al hombre que se veía severamente molesto por algo. Asumió que tenía algo que ver con su padre.

Camila también lo percibió, así que decidió elevar la voz con algo sin relación al tema: “¿Saben cuándo vuelve Mimí a casa?”

Pensar en Mimí hacía que el rostro de Dante se volviera pálido ligeramente al igual que a Gonza: “Su doctor dijo que mañana en algún momento, si todo resulta bien. Simplemente vamos a tener que esperar a que Melisa regrese”.

“¿La señora García está en el hospital?” preguntó Sebastián, su curiosidad lo distraía del hecho de que ya no estaba mirando la película. “¿Por qué nosotros no pudimos ir?”

Gonza suspiró y sacudió su cabeza: “La van a ver mañana. Dante, necesito hablar con vos apenas terminen su película”.

Dante asintió con su cabeza a pesar del hecho de todavía estar descansando en el regazo de Camila. Mientras Gonza se alejaba, se aseguró de que Camila pasara sus manos por el cabello del chico. Se mordió la lengua para evitar asustarse y salir del lugar. En este momento, estaban bien. Era más tarde que tendría que preocuparse.

“¿Pensás que va a pedirte que limpies su oficina?” preguntó Fran, volteándose para mirar en dirección a Dante.

Dante estrechó sus cejas mientras sacudía su cabeza: “La verdad no pienso que pueda hacer eso. Podría meterse en problemas como esa chica en Annie”.

“¿Querés decirme que miraste esa película?” preguntó Camila, sorprendida mientras lo miraba. Él se sonrojó ligeramente y se mordió el labio. “¿Incluso aunque se trate de una nena chiquita que prácticamente es maltratada por su papá y su directora?”

“En realidad, esa es Matilda. Yo estoy hablando de Annie” Dante argumentó. Lo habría negado todo a la vez, pero ella sería capaz de darse cuenta si él estaba mintiendo.

“Honestamente odio que sepas eso, chabón” balbuceó Sebastián, volteándose para poder mostrarle una mueca al chico.

Dante sacudió su cabeza y se lamió los labios: “Mi hermanita me obligó”.

“Eso no es lo que me dijo anoche” Fran se rió disimuladamente, oprimiendo su risa mientras Dante se sentaba para mirarlo con furia. Él frenó cuando Dante lo golpeó ligeramente en la parte de atrás de su cabeza.

“Tiene ocho, chabón” Dante sacudió su cabeza antes de apoyarla de vuelta en el regazo de Camila. “Volvé a poner la película”.

“Qué mandón” Camila se burló mientras alcanzaba a agarrar el control remoto. Apretó para continuar y por el tiempo que estuvieron viendo la película, todo parecía estar bien en el mundo.

Desafortunadamente, las películas eran sólo representaciones de lo que la gente quería que fueran. Tenían una forma de sacar a uno de la realidad donde el hombre araña era sólo un personaje, y ponerte en un nuevo mundo donde cualquier cosa era posible. La gente salía lastimada en las películas, pero era raro que el personaje principal muriera. Y mientras los cuatro chicos se sentaron allí, completamente abstraídos en la historia de amor entre Gwen y Peter, Marcelo Cacace y Borja estaban confabulando.

Pero durante aquellas dos horas, todo parecía estar bien en el mundo.

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