Confiá en mí: capítulo 26
Cuando finalmente llegaron al auto, Gonza, Dante y Marcelo formaron un pequeño círculo alrededor del vehículo. Camila observaba cómo aparentemente se gritaban el uno al otro pero no pudo entender qué estaban diciendo porque sus voces eran amortiguadas por el vidrio. Marcelo se veía extremadamente molesto mientras que Dante se veía perfectamente satisfecho a pesar de la situación en la que se había metido. Gonza, por otro lado, seguro que se vía nervioso, casi como si estuviera a punto de vomitar.
“¿Quién es ese?” preguntó Mimí, sentándose en su asiento e inclinándose hacia adelante para poder ver con mayor claridad.
“Marcelo Cacace” balbuceó Borja, mirando la escena que se desarrollaba frente a él. “Es dueño del shopping y de un par de otros negocios en la ciudad”.
“Bueno, ahora veo a quién se parece Dante…” murmuró Mimí sin querer decir aquello. Sonrojándose ligeramente, sacudió su cabeza y volvió a concentrarse en los tres sujetos afuera. Dante estaba comenzando a verse más incómodo mientras Marcelo seguía gritando en dirección a él. Algunas personas que pasaban frenaban para prestar más atención y Camila se enojaba un tanto con ellos.
Dante no se percató sin embargo, mientras su padre lo hería con sus palabras como si fueran un cuchillo. Decir que debería haber abortado fue malo, pero ahora su padre estaba simplemente siendo cruel. Mientras más pensaba al respecto, se daba cuenta de que probablemente no podría ni llamarlo papá. Estaba acostumbrado a eso, pero todo cambió en algún momento. Dante no pudo recordar cuándo.
“… y acabás de… ¿Al menos me estás escuchando?” cuestionó Marcelo, trayendo a Dante de vuelta a la realidad de la situación. Miró alrededor a la gente que estaba simulando hacer algo más que escuchar el drama que se estaba desarrollando. Lamiéndose los labios, se volteó hacia su padre y asintió con su cabeza. “¡No me mientas!”
Estrechando sus ojos, Dante se lamió los labios una vez más antes de balbucear: “Pero quiero ser tal como vos, papi y sos uno de los mejores mentirosos que conozco”.
El Marcelo rojo se veía que estaba a punto de tomar el control, pero suspiró en vez de dejar que sucediera. Dante siempre había sacado los peores atributos de Marcelo y únicamente ahora se estaba dando cuenta. Por qué incluso habían decidido que estaban preparados para tener niños estaba ahora más allá del área de entendimiento de Marcelo. Mientras se quedaba allí parado con una expresión vacía en su rostro, Dante sacudió su cabeza y se dirigió hacia la camioneta para poder treparse a uno de los asientos vacíos.
“¿Estás bien?” preguntó Melisa, una vez que Dante había cerrado la puerta del auto detrás suyo. Sonriendo ligeramente pero no muy convencido, él asintió con su cabeza.
El auto permaneció en silencio, incluso a pesar de que Gonza había tratado de entablar una conversación en varias ocasiones. Los adolescentes también estaban envueltos en sus propios pensamientos como para reconocer siquiera la existencia de Gonza. La mayoría de ellos estaban reprochándole silenciosamente a Dante por arruinar su ‘excursión’. Camila, por otro lado, estaba demasiado ocupada pensando en Dante, quien de momento estaba pensando en ella.
Gonza vio qué tan miserables parecían todos por el espejo retrovisor. Esperaba que fueran capaces de manejar estar en público, pero aquello no funcionó y se arrepintió de su decisión de dejarlos salir en primer lugar. Pero aún así, mientras los miraba haciendo muecas y viéndose sin ganas de vivir, no pudo evitar sentir algo de empatía hacia ellos. Suspirando ante su inminente derrota, dio vuelta el auto y comenzó a manejar hacia un lugar divertido que no estuviera asociado con la familia Cacace.
Cuando llegaron al estacionamiento, los chicos se veían un tanto confundidos. Había dos edificios y un mini golf que obviamente parecía estar lleno únicamente de niños. Gonza desabrochó su cinturón de seguridad y salió del auto, elongando mientras hacía eso. Dante lo imitó.
“¿Qué estamos haciendo?” preguntó Fran, mirando el lugar y comprendiendo dónde estaba. El edificio más grande se llamaba ‘Centro de entretenimiento familiar de Dani’ y había una ardilla mascota gigante vestida de amarillo.
“Bueno, me di cuenta de que ya que no funcionó lo del shopping…” comenzó Gonza, forzándose a sí mismo a mirar severamente en dirección a Dante. Con toda honestidad, sin embargo, estaba un poco orgulloso del chico no sólo por dar la cara por sí mismo, sino también por alejarse de las mentiras interminables de su padre. “Asumí que ustedes no querían volver al centro tan rápido, chicos”.
“¿Entonces nos trajiste a jugar como bebés?” Mimí murmuró ofendida, cruzándose de brazos y mirándolo fijo como si fuera la persona más loca del mundo. “Me siento un poco insultada”.
“Obviamente nos trajo acá porque Dante se estaba portando como un bebé” escupió Sebastián, volteándose para mirar con furia en dirección a Dante. Ahora, los dos habían comenzado como enemigos, pero Dante seguía un tanto conmocionado porque Sebastián se volvió en su contra así de rápido por algo tan estúpido. Camila también estaba un tanto sorprendida.
Gonza sacudió su cabeza y cerró con llave el auto: “Adentro hay pizza y podemos jugar al simulador de tiros”.
“Esto es tan estúpido” se quejó Sebastián, echando su cabeza hacia atrás de la irritación.
Gonza cerró sus labios, molesto por lo cerrado de mente que era el chico: “¿Preferirían ir a casa?”
“No” refunfuñó Sebastián, cruzándose de brazos como un niño. “Preferiría volver al shopping y dejar ahí a Dante”.
Dante bajó la mirada antes de sentir alguien masajeando su espalda para tranquilizarlo. Volteándose, vio a Camila allí parada con una pequeña sonrisa en su rostro.
“Ya fue” Borja dio la cara por el chico, sorprendiendo a todos menos a sí mismo. Sebastián gruñó, pero siguió al señor Mu hasta el edificio.
Mientras los otros chicos deambulaban para buscar comida o algo así, Dante agarró la mano de Camila y la guió hacia una mesa de afuera. Una vez que se sentaron, él dijo: “En serio te pido perdón, Ca. No me di cuenta y fui un estúpido”.
“No, no lo fuiste” balbuceó ella, sacudiendo su cabeza mientras se concentraba en golpear sus dedos contra la madera. “Si estuviéramos en el lugar de donde yo vengo, habría hecho lo mismo. Es una porquería ser juzgado”.
“No deberías ser juzgada” él devolvió, observando los dedos de ella mientras parecían bailar sobre la mesa. “No hiciste nada malo”.
“Y vos tampoco” ella ofreció incluso a pesar de que él no le creía en lo más mínimo. Era demasiado tarde para convencerlo que no había hecho mal, y a pesar de que ella le dijera que no lo hizo, ella todavía suponía que él seguía teniendo el derecho de pensar lo que quisiera. Pero al mismo tiempo, ella no quería que él se preocupara por eso. Ella quería que él fuera feliz. “Supongo que ambos estamos en la misma”.
“Bonnie y Clyde” él reflexionó con una sonrisa en su rostro. Ella se rió mientras lo miraba. “Salvo que no robamos bancos”.
Ella sonrió y se lamió los labios: “Quizás debamos empezar a hacer eso en vez de andar con esos tipos” murmuró, asintiendo con su cabeza en dirección a donde se habían ido los demás.
Dante soltó una carcajada y asintió con su cabeza: “Tenemos que tener como objetivo robar todos los bancos del mundo entero sólo para asegurarnos de tener suficiente plata para comprar Hawai”.
“¿Se puede al menos comprar Hawai?” Camila lo puso a prueba, mirándolo de manera burlona. “Digo, ¿no podemos simplemente comprar otra isla y llamarla ‘Isla Camila’?
“Eu, ¿por qué tiene que tener tu nombre?” preguntó Dante, inclinando su cabeza de costado de manera inquisitiva. “Yo fui el que dijo que éramos Bonnie y Clyde”.
“Sí, y yo fui la que dijo que deberíamos empezar a robar bancos” Camila bromeó con una pequeña sonrisa en su rostro. “Digo, yo te dejaría vivir ahí”.
“¿Ah? ¿Vos me dejarías vivir en tu isla?”
“Sólo si sos bueno” mencionó ella, lamiéndose los labios. “Lo que significa no irrumpir en salas privadas usando ilegalmente el sistema del intercomuncador”.
Él soltó otra carcajada antes de mirarla con seriedad: “Quise decir todo lo que dije por el intercomunicador, por cierto. Sos hermosa, Cami, y cualquiera que no quiera ser visto con vos es un idiota”.
“Gracias” ella se sonrojó y bajó la mirada, sin estar muy contenta con la dirección que había tomado la conversación. Concentrándose en sí misma, dejó que sus pensamientos fueran sin rumbo y no podía arriesgarse a que eso pasara. Después de todo, su plan era salir de rehabilitación y concentrarse en el pasado no era una buena manera de hacerlo. Necesitaba seguir adelante y olvidar, sin vivir los momentos en que su vida se volvía un infierno. Tomando un respiro, levantó la mirada y permitió que sus ojos vagaran sin rumbo hasta llegar al campo de mini-golf a un par de metros de ellos. “¿Querés jugar mini-golf? Te voy a dejar ganar”.
“¿Vos vas a dejarme ganar?” él preguntó, levantando sus cejas ligeramente antes de sonreír. “No me hagas reír, Camila Bermúdez. Soy el Tiger Woods del mini-golf”.
Riéndose entre dientes, ella se paró y alcanzó a agarrar la mano de él. Eran como los niños pequeños que ya estaban jugando con sus familias, andando de la mano y pagando con el dinero que Gonza les había dado a todos antes de que partieran para el shopping. Dante usó su dinero para pagar por los dos mientras Camila eligió los palos y las pelotas.
“¿Cómo terminé teniendo el rosa?” Dante preguntó con tristeza mientras Camila le entregaba su palo de golf. Veía con repugnancia la pelota que ella había elegido para él antes de hacer una mueca en dirección a ella. Ella se rió y se encogió de hombros antes de poner la pelota violeta sobre el suelo y acomodarse para golpearla. “¿Cómo terminaste yendo primera?”
Ella lo miró antes de asentir con su cabeza y dar un paso hacia atrás: “Tenés razón. Mujeres primero. Andá vos”.
Mientras ella sonreía ante su propia broma, él no pudo evitar sonreírle a ella. Se lamió los labios y sacudió su cabeza: “Cuidado, Bermúdez, o voy a tener que tomar medidas extremas”.
“¿Ah, sí?” ella lo desafió, levantando sus brazos mientras lo miraba con seguridad. “Dale”.
“No querés meterte conmigo. Soy tan fuerte como La Roca Johnson” él continuó, ignorando la confianza de ella. Ella sonrió y sacudió su cabeza.
“Lo dudo” ella agregó y lo observó tirando su palo de golf en broma con un falso enojo. Ella se rió entre dientes mientras él cerraba el espacio entre ellos y la levantaba del suelo. Con un suave movimiento, ella estaba colgando boca abajo con su cabeza a centímetros del cemento. “¡Bajame!”
“Retirá lo que dijiste” él ordenó, mirándola. Se veía ridícula, pero aún así tan deslumbrante como cuando estaba parada normalmente. “Decí ‘Dante Cacace es el chico más fuerte y más sexy del mundo y definitivamente no se merece tener una pelota rosa’”.
“Dante Cacace…” ella comenzó entre risas, pero fue interrumpida por una tos molesta que venía por detrás de él.
“¿Van a tirar en algún momento?” preguntó un hombre. Se veía como si estuviera alrededor de los 40 o más o menos y había un joven parado al lado suyo, pero Camila no estaba segura porque estaba colgada boca abajo. Dante tosió incómodamente y se corrió del camino. “A mi hijo le gustaría jugar antes de medianoche”.
“Ah eh… sí” Dante murmuró incómodamente, pateando su pelota hacia un costado. “Ustedes pueden ir antes que nosotros”.
Camila se burló y miró a Dante, quien todavía no la había bajado: “¿No vas a bajarme?”
“Sabés cómo son las reglas” él balbuceó mientras observaba tirar al sujeto. “Decilo o quedate boca abajo por el resto de tu vida”.
“Dante Cacace es el chico más fuerte y más sexy del mundo” ella balbuceó con desagrado, riéndose entre dientes cuando levantó la mirada y la vio sonriéndole. “¡Lo dije! ¡Bajame!”
“No dijiste la última parte”.
Ella gruñó y se lamió los labios: “Y no se merece tener una pelota rosa” murmuró, suspirando del placer mientras era levantada una vez más para no seguir estando boca abajo. En vez de eso estaba de costado, pero seguía en los brazos de él.
“Gracias” él susurró, sus labios casi tocaban los de ella.
Ella sonrió y susurró también: “De nada”.
Sin pensarlo ni dos veces, ella alcanzó a pasar sus dedos por el cabello de él antes de chocar sus labios. Él respondió rápidamente, bajándola y ubicando sus manos en la cintura de ella. Se sentía bien, como si estuvieran hehos el uno para el otro y resolvieron que quizás así era.
Él se alejó primero y apoyó su frente sobre la de ella. Ella sonrió y arrugó su nariz mientras él la besaba. La felicidad que ella estaba sintiendo parecía incomparable. Sabía que él tenía el potencial para destrozarla apenas con un par de palabras, pero también sabía que él daría lo mejor suyo para asegurarse de jamás hacerlo.
“¿Eu, Cami?” él preguntó con una mirada reflexiva en su rostro, aún apoyando su frente sobre la de ella. “¿Podés hacerme un favor?”
“Seguro” ella susurró, considerando que estaban apenas a centímetros de distancia.
“¿Podrías ser mi novia?” él preguntó lleno de esperanzas, alejándose para poder mirarla apropiadamente. “Puedo ser un novio bastante genial”.
“Claro que podés” dijo ella con sarcasmo, mientras seguía resaltando su sonrisa perfecta. “Y me encantaría ser tu novia”.
Y en un abrir y cerrar de ojos, la vida de Dante se sintió perfecta por primera vez en un tiempo.