Confiá en mí: capítulo 8

Diez minutos pasaron y Camila se encontraba acurrucada en un pequeño armario en la cocina tratando de quedarse quieta para no hacer demasiado ruido y revelar su ubicación. De todas formas, mientras más seguía allí sentada, más contraída y claustrofóbica parecía volverse. Tomando la oportunidad para echar un vistazo, se encontró con la oscuridad de la cocina. Decidiendo que no había moros en la costa, abrió completamente la puerta y prácticamente salió del armario, golpeándose la rodilla con el suelo.

“Mierda” ella susurró, masajeándose las rodillas. Podía escuchar a Sebastián afuera hablando con alguien y sabía que tenía que actuar rápido antes de que la encontrara. Cruzando la habitación, rápidamente abrió la puerta del placard y la cerró detrás de ella, dejando que la oscuridad cubriera la sala una vez más.

Al sentarse, sintió dos manos en su espalda empujándola. Se congeló inmediatamente, aterrada de repente de lo que sea que estuviera en la oscuridad.

“¿Quién está ahí?” ella susurró, retrocediendo hasta que su espalda tocó la puerta. Estaba a punto de abrirla también y tropezarse cuando una luz le iluminó la cara.

“¿Cami?” la voz preguntó obviamente un tanto sorprendida. La luz se movió y ella pudo ver a Dante allí parado con una mueca en su rostro. “No te podés esconder acá”.

Ella hizo una mueca y se cruzó de brazos: “¿Y por qué no?”

“Yo estaba acá primero” él discutió ignorando su puchero. “Ya eché a Fran, así que ni pienses que esa cara va a funcionar”.

“Pero el armario es tan incómodo…” ella reclamó, manteniendo su labio inferior haciendo puchero. “¿Por favor?”

“No es mi culpa que seas una pelotuda” él refutó, abriendo los ojos de par en par al escuchar cerrarse la puerta de la cocina. Hizo un gruñido y agarró los hombros de Camila, prácticamente tirándola al suelo. En cuestión de segundos, estaba siendo arrastrada hacia atrás para que su espalda estuviera contra la pared. “No te muevas”.

La mano de ella se movió hasta su espalda, donde sintió un dolor punzante y miró hacia abajo a su rodilla que ahora estaba roja por la fricción con la alfombra. Miró hacia arriba sólo cuando lo sintió sentándose al lado de ella, bloqueando su escondite con una pila de cajas que Dante había amontonado.

“Eso duele” ella balbuceó, sólo para hacer que su boca fuera tapada por la mano de él. Él se estaba tomando el juego demasiado en serio para gusto de ella, pero ella tenía miedo de lo que le pasaría si se pusiera a discutir.

La puerta se abrió y la luz de la cocina brilló dentro de la habitación, iluminando el rostro de Dante de manera perfecta. Sebastián buscó dentro, sólo viendo cajas frente a él. Hizo una mueca. Honestamente había pensado que alguien sería lo suficientemente estúpido como para esconderse en el oscuro placard. Este juego iba a ser más difícil de lo que pensaba.

“Sos tan chillona” Dante comentó una vez que escuchó a Sebastián abandonar completamente la cocina. Camila se burló y miró hacia otro lado.

“Vos simplemente sos grosero”.

“No lo soy” él discutió, tomando lugar una pequeña sonrisa. “Sólo que no me gusta esconderme con nadie”.

Ella pensó por un segundo, sin ser consciente de cómo elaborar su pregunta: “¿Por qué no te caen bien las personas?”

“¡A mí también me caen bien las personas!”.

“No, no es verdad”.

“¡Sí lo es!”

“Nombrame una”.

“Vos me caés bien, ¿o no?” él propuso mientras un rubor reptó en el rostro de ella seguido de una sonrisa. “Y Fran…” y así como si nada, su sonrisa desapareció.

“¿Por qué estás en este lugar?” ella preguntó después de un par de segundos de pensar. Él suspiró y colgó su cabeza hacia abajo mientras recordaba el mensaje que había recibido anteriormente. “Yo te lo conté”.

“Es complicado…” él respondió, lamiéndose los labios y volteándose para ver una mirada para nada impresionada en el rostro de la chica. Ni siquiera estaba enojada porque él no quisiera contarle. Simplemente estaba decepcionada. Resolvió luego de lo que pasó en la escalera que él confiaba en ella.

“¿Y mi historia no lo era?” ahora ella lo enfrentó, en cierta forma molesta.

“Mirá, es sólo…” él comenzó antes de frenarse a sí mismo cuando escuchó pisadas. Se desvanecieron y él recuperó el hilo de la conversación “es bastante”.

“Bueno…” Camila empezó. “Parece que tenemos bastante tiempo”.

La noche se hizo eterna para los otros adolescentes que no fueron lo suficientemente suertudos como para tener alguien con quien esconderse. Todos fueron encontrados en menos de una hora y Sebastián estaba orgulloso de sí mismo por haber logrado eso. Pero ahora que venía buscando a Dante y Camila por más de 5 horas, se estaba cansando más y más mientras el tiempo transcurría. Ya había pasado de la medianoche y Gonza se estaba empezando a enfurecer con el juego. Ni siquiera podía llamar a Dante y a Camila por el intercomunicador sin despertar a todos los demás y crear una especie de pandemonio.

“Tal vez deberías dejarlos” Melisa sugirió, tocando tiernamente el hombro de Gonza. Él la sacudió y siguió por el pasillo, buscando por todos lados a los dos (incluso debajo de la alfombra, aún sabiendo que era imposible).

Él había sido profesor, supervisor de campamentos, cuidador de niños y jamás había perdido a uno. Ahora, en un centro de rehabilitación lleno de adolescentes, había perdido a dos. Sebastián se dio vuelta al llegar a la esquina y sacudió su cabeza al profesor impaciente. Gonza suspiró y se cruzó de brazos.

“Podés ir a la cama, Sebastián”.

“De verdad lo siento, señor Mu” Sebastián murmuró antes de enfurruñarse hasta su habitación y desplomarse en la cama. Mientras se acostaba y se quedaba mirando el techo, no pudo evitar reflexionar sobre los eventos del día de hoy.

Cayó dormido en cuestión de minutos, sólo para ser despertado al día siguiente por un anuncio: “Camila y Dante, el juego terminó. Salgan de su escondite” dijo la voz cansada de Gonza, interrumpiendo el silencio que en un momento había llenado los oídos de Sebastián.

Sebastián no fue el único en ser despertado por el pedido de Gonza. Camila se despertó de un sobresalto, sin tomar consciencia de dónde estaba. Frente a ella había pilas de cajas, pero estaba demasiado cómoda como para moverse y ver de qué eran. Estirándose, sintió que su mano tocaba algo y levantó la mirada para ver a Dante acostado al lado de ella con su brazo envuelto alrededor de suyo con delicadeza.

Ella rápidamente se sentó, ignorando por completo el hecho de que la parte de atrás del placard tenía algo que sobresalía. Maldiciendo al golpearse levemente la cabeza, se dio vuelta hacia el chico que ni siquiera se había despertado. Ella se mordió el labio meditando sus opciones. Podía simplemente irse y hacer de cuenta que nada de esto había pasado o podría despertar a Dante y tratar de hacer de cuenta que nada había pasado.

“Dante” ella balbuceó, sacudiéndolo con tanta fuerza como podía. Él la empujó y se dio vuelta para poder estar de su lado.

“Dejame en paz” él respondió cansado, bostezando ligeramente mientras se ponía cómodo de nuevo.

“Levantate” ella instó, golpeándole el brazo repetidamente.

“Mierda. Pará de pegarme” él gritó, estirándose. “¿Igual por qué me estás pegando?”

Ella miró dentro del placard y suspiró: “Me parece que estamos en problemas”.

“Mierda. ¿Qué hora es?” él preguntó, sentándose rápidamente y golpeándose la cabeza igual que Camila un minuto atrás. Ella no pudo evitar que una carcajada pasara por sus labios. “Auch”.

“Dejé mi teléfono en la habitación. ¿Qué hora es?” ella esperó mientras él sacaba su teléfono y le hacía una mueca a lo que veía. “¿Qué pasó?”

Él levantó la mirada por un segundo antes de sacudir su cabeza: “N-nada. Son las 8 de la mañana”.

“¿Simplemente se olvidaron de buscarnos?” Camila preguntó, gateando para salir de la pequeña abertura que Dante había dejado entre las cajas. Él la siguió y ella esperó pacientemente a que él le abriera la puerta.

“El puto de Sebastián probablemente nos dejó acá a propósito” Dante escupió mientras se paró saliendo del placard de la cocina. Cuando se dio vuelta, vio a la mayoría de las chicas que sirven la comida mirándolo fijo como si estuviera loco. Sonriendo incómodamente, él saludó con la mano y arrastró a Camila afuera de la cocina y adentro del comedor. Él miró alrededor y vio otras personas sentadas desayunando. “¿Comida?”

Ella bostezó y sacudió su cabeza: “No. Yo me voy a la cama”.

“Camila y Dante vayan a mi oficina” sonó el intercomunicador, haciendo que Camila se sonrojara un poco. “Ahora”.

Camila engulló mientras forzaba sus pies a ir por el pasillo con su cabeza colgando hacia abajo para evitar las miradas fijas de algunos adolescentes parados alrededor observándolos. Dante también, aunque normalmente no le importaba, estaba empezando a avergonzarse con la arrolladora atención que estaban recibiendo.

“¿Dónde mierda estaban, chicos?” Sebastián preguntó, caminando al lado de Camila. Dante le gruñó al chico que lo había dejado en un almacén toda la noche. “Buscamos por todos lados”.

“La cocina” Camila respondió cuando se dio cuenta de que Dante simplemente iba a ignorarlo. Sebastián la miró confundido, preparado para discutir con ella porque había buscado por toda la cocina, pero fue interrumpido por Gonza aproximándose. Él acompañó a Dante y a Camila hasta su oficina.

“Bueno, estamos empezando a tener un problema” Gonza simplemente reveló mientras observaba a los dos adolescentes moviéndose nerviosos e incómodos ante su mirada fija. “Es la segunda vez que andan deambulando juntos”.

Dante estrechó sus ojos confundido: “¿Cuál fue la primera?”

“Melisa me contó que ustedes estaban dando vuetas ayer en el hospital. No volvieron por veinte minutos” Dante asintió mientras el recuerdo volvía a su mente. Camila se mordió el labio mientras esperaba que Gonza continuara. “Ahora, yo sé lo que es ser un adolescente. Piensan que saben en qué se están metiendo, pero no lo saben. Tienen que tener cuidado con esto”.

Era el turno de Camila para estar confundida mientras Gonza los miraba con expectación. Dante podía sentir su cara enrojeciéndose al darse cuenta a qué estaba haciendo alusión Gonza: “N-no sé de qué estás hablando”.

“Camila, no tenés que mentirme a mí” Gonza presionó dándole una mirada compasiva. “Si ustedes dos están eligiendo llevar su relación al siguiente nivel, no voy a juzgarlos”.

“Pero ni siquiera somos…” Camila trató de explicar, pero fue interrumpida por Dante.

“¡No es así!” él instó, su cara todavía estaba roja como un tomate. “En el hospital surgió algo y ella tuvo que irse de la habitación. Y anoche ella tenía el escondite más estúpido posible y me obligó a compartir el mío. Simplemente nos quedamos dormidos, supongo”.

Camila apenas estaba escuchando a esta altura. Todavía estaba tratando de conectar la idea de que el señor Muñoz pensó que ella estaba teniendo sexo. Se ponía nerviosa apenas al hablar con chicos y ni hablar de pensar en quitarse la ropa en presencia de alguien más.

“¿Qué pasó en el hospital?” Gonza preguntó, mirando a Camila, quien estaba demasiado absorta en sus propios pensamientos como para responder. “¿Camila?”

Ella lo miró a él y lo miró completamente perpleja. Qué buena forma de llamar su atención. Él pensó antes de abrir su boca para hacer la pregunta una vez más. Sin embargo, fue interrumpido por su teléfono sonando.

“¿Qué pasa con vos?” Dante susurró para no interrumpir la llamada telefónica del señor Mu. “Parecés totalmente ida”.

“¿Me veo como una prostituta?” ella respondió susurrando, mirando su ropa. Estaba usando un jogging y una remera de egresados que le había conseguido su tía. Dante se rió entre dientes y sacudió un poco su cabeza.

“¿Yo sí?” él preguntó y miró a Camila observándolo de arriba a abajo. Se sintió en cierta forma ofendido cuando ella asintió con su cabeza. “¡No me veo así!”

“Te ves como un modelo de Hollister” ella simplemente respondió, volteándose para mirar a Gonza cuando colgó el teléfono.

“¿Entonces eso me hace un prostituto?”

Ella miró hacia otro lado y se volteó para mirarlo: “No. Sólo quiere decir que sos atractivo”. Y ese fue el momento en que las mejillas de ella se volvieron más rojas de lo que él jamás las había visto.

Él levantó sus cejas y sonrió un poco mientras se miró a sí mismo: “¿Cómo es que ser atractivo me hace un prostituto?”

“Amaría que ustedes continuaran con esta conversación, pero estoy llegando tarde a otra reunión” Gonza se levantó y se acomodó la corbata antes de escoltar a ambos fuera de la oficina. Se encontró inmediatamente con dos hombres y un adolescente. “Los estaba esperando a las nueve”.

Camila levantó la mirada para ver a quién le estaba hablando Gonza y sus ojos se encontraron con un adolescente de cabello castaño oscuro. Usaba gomina en el cabello y portaba una sonrisa en su rostro, obviamente ajena al infierno al que había entrado. Era bastante bien parecido y ella no pudo evitar quedarse mirándolo.

“Soy Borja Montonero” se presentó a sí mismo luego de percibir la mirada fija de la morena. Agarró la mano de ella y la besó dulcemente, haciendo que Camila se sonrojara y que Dante estrechara la mirada.

“Camila” ella alcanzó a escupir antes de se agarrada por Dante y arrastrada hasta el pasillo. “Auch. Dejá de tocarme. Me estás lastimando”.

“Lo conozco” Dante balbuceó antes de guiarla hasta el comedor. “Creeme cuando digo que no querés involucrarte con ese”.

“¿Y simplemente por qué no?” ella lo desafió, cruzando sus brazos delante de su pecho. “Hay gente que me dijo que no confiara en vos tampoco”.

Él miró hacia otro lado y se lamió los labios: “Bueno, para empezar, su apellido es Cúfaro y no Montonero”.

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