Confiá en mí: capítulo 9

Camila se mordió el labio y esperó a que Dante continuara, pero cuando no lo hizo, ella decidió apresurar las cosas: “¿Por qué mentiría sobre su nombre?”

Dante suspiró y sacudió su cabeza. Le gustaba saber todo lo que sabía, pero las razones detrás de su conocimiento le daban ganas de vomitar. Mirando alrededor, suspiró de nuevo al darse cuenta de que Camila no era la única que parecía estar interesada en la conversación. Sebastián y Mimí habían encontrado de alguna manera la mesa que Dante y Camila estaban ocupando.

“¿De quién estamos hablando?” Sebastián preguntó, haciendo que Camila saltara sorprendida. Ni siquiera se había dado cuenta de que él estaba sentado al lado de ella. Dante miró con furia en dirección a él antes de sacudir su cabeza.

“De nadie” él finalmente respondió cuando Camila se quedó en silencio. Sebastián asintió con su cabeza y mordió un pedazo de la torta que estaba desayunando. Mimí lo observó deslizar la primera porción adentro de su boca con envidia. Por qué ella no había nacido como un chico así no tendría que preocuparse por las calorías era algo que estaba más allá de su entendimiento a esta altura.

“¿Dónde estuvieron anoche, chicos?” ella preguntó como forma de distraerse a sí misma de su estómago en cierta forma vacío. Por supuesto que no estaba realmente vacío. Había comido una tostada ayer a la noche e incluso le había agregado manteca.

Camila la miró y se encogió de hombros: “Si te contamos ahora, entonces no vamos a poder escondernos la próxima vez”.

Dante se rió entre dientes y sacudió su cabeza: “El señor Mu no va a dejarnos jugar de nuevo”.

“¿Por qué no?” Sebastián preguntó, metiendo más porciones de torta en su boca. Mimí se encogía mientras el olor llenaba sus fosas nasales.

“Piensa que tuvimos sexo” Dante respondió con una sonrisa en su rostro. Mimí levantó la mirada mientras el chisme potencial llenaba sus oídos.

“¿Lo hicieron?” ella preguntó repentinamente, inclinándose hacia adelante en su asiento. Dante estaba honestamente sorprendido. Era la primera vez que tenían una conversación con ella y parecía callada aunque aquí le estaba haciendo preguntas sobre su vida sexual. Él únicamente podía culpar de aquello a que era una chica.

Camila se sonrojó y sacudió su cabeza: “No”.

“¡Eu, chicos!” Fran los saludó mientras tiraba sus tres porciones de torta arriba de la mesa. Junto con la torta había algunos huevos, salchichas y pan francés. También había agarrado la manzana más verde disponible, así que tenía el aspecto de tener una dieta balanceada. “¿De qué estamos hablando?”

Mimí miró el plato de él tratando de practicar aplicar todo el autocontrol que posiblemente podía tener, pero se estaba volviendo cada vez más difícil mientras los olores intoxicantes llenaban sus fosas nasales. Ella necesitaba salir del comedor, pero a este punto no podía moverse. El gruñido en su estómago estaba controlando sus pensamientos y sabía que eventualmente se rendiría. ¿Acaso le importaba su peso ahora? No estaba realmente segura.

Rápidamente, alcanzó a agarrar algo del pan francés de Fran y lo metió dentro de su boca, saboreando cada pedazo que tocaba sus papilas gustativas. Habían pasado años desde que se permitía satisfacerse así y quería gritarse a sí misma por eso. Pero mientras la comida desaparecía de su boca y comenzaba el curso hasta su estómago, un nuevo sentimiento voló por su cabeza. Seguro que las calorías de un pedazo de pan francés eran abundantes. Era sentido común.

Mientras corría por la mesa hasta el pasillo dentro del baño, se volvía evidente que de hecho le importaba su peso. Era lo único que le importaba.

Camila observó preocupada a la rubia saliendo del comedor. ¿Quizás se había olvidado el teléfono o algo? La morena no estaba segura, así que volvió a prestarle atención a los chicos, quienes estaban mirando fijo en dirección a la rubia completamente estupefactos.

“¿Qué fue eso?” preguntó Dante, encogiendo sus ojos. Sebastián se encogió de hombros y Fran miró su plato con impotencia.

“Ese era mi pan francés” hizo una mueca y corrió su bandeja. “Ahora mi comida está arruinada”.

“Sólo andá por más” Sebastián le ofreció cansado mientras agarraba la fruta de la rubia. “Ella se comportó como si no hubiera comido en días”.

Y entonces un pensamiento pasó por la cabeza de Camila. Sabía exactamente qué estaba sucediendo. Parándose y siguiendo a la chica tan rápido como le era posible, corrió hacia el baño más cercano esperando que tal vez Mimí estuviera allí. Afortunadamente al abrir la puerta, escuchó el sollozo viniendo del baño.

Lentamente, caminó hacia la fuente: “¿Mimí?”

“¡Andate!” la rubia replicó antes de retorcerse del dolor. Camila hizo una mueca y abrió la puerta del baño de todas formas.

“¡Mimí!” Camila chilló mientras sus ojos deambulaban por el baño. No sólo había vómito en el baño que guardaba un cierto parecido con un pan francés, sino que también una sustancia roja viscosa estaba cubriendo el suelo alrededor de los pies de Mimí. “¿Qué pasó?”

“¡No entendés!” Mimí gritó, retorciéndose dolorida una vez más. Camila miró alrededor y sacó algo de papel higiénico. Entonces se agachó al lado de ella y limpió la frente de Mimí donde había algo de sudor acumulado.

“Sos hermosa, Mimí” Camila habló después de un par de segundos. “No necesitás hacerte esto a vos misma”.

Mimí se refregó la nariz y asintió con su cabeza antes de alcanzar a agarrar el papel de la morena. Había oído eso antes pero no cambiaba nada. La gente mentía para esparcir otros sentimientos y Mimí estaba segura de que eso era lo que todos los demás hacían.

Dante miró irse a Camila mientras ella corría en dirección hacia donde Mimí había ido. No era sorpresa que él estuviera confundido y que los otros dos chicos pensaran lo mismo.

“¿Qué carajo está pasando con ellos?” Sebastián balbuceó, mirando su bandeja y jugando con la torta que le quedaba. Segundos después de que habló, otro chico de cabello castaño oscuro se sentó al lado de él con un agua en su mano. “¿Quién mierda sos?”

“Soy Borja Montonero” el chico que usaba gel en el cabello se presentó a sí mismo, estirando su mano para que Sebastián la estrechara. “¿Y vos sos?”

“Su nombre es Fernando” Fran le informó a Borja mientras comía un bocado de sus huevos. Dante se rió entre dientes disimuladamente antes de que Sebastián le lanzara una mirada fulminante.

“Hola, Fernando” Borja anunció, volteándose para ver a los otros chicos en la mesa. “¿Quiénes son ustedes, chicos?”

“Soy Dante” Dante balbuceó sorprendido de que el chico siquiera preguntara. “Vos vivías al lado de mi casa. Nuestras mamás eran mejores amigas. Íbamos juntos en auto al colegio”.

Borja sacudió su cabeza, claramente confundido: “Me parece que estás equivocado”.

“Como sea” Dante balbuceó antes de que sus ojos se encontraran con los de Gonza, quien estaba parado en las puertas del comedor haciéndole señas para que se acercara. De mala gana, Dante se paró y caminó hacia Gonza, quien lo guió a su oficina.

“¿Tenía entendido que conocías a Borja de antes?” Gonza preguntó tan rápido como Dante se sentó, pero lo único en lo que Dante podía pensar era en el hecho de que había estado en este lugar durante semanas y ahora había visto el interior de su oficina más veces que nunca apenas en dos días. “¿Dante?”

“Ah, sí. Cierto” él respondió lamiéndose los labios y mirando sus zapatos. “Vivía en mi barrio”.

“Eso escuché” Gonza respondió fácilmente, saliendo de atrás de su escritorio para poder hablar de manera apropiada con el chico. “¿Querés hablar sobre eso?”

“Él no recuerda haberme conocido, así que en realidad no importa mucho”.

“Si te está molestando, entonces importa” Gonza presionó, observando al chico que parecía estar pensando en sus palabras. Se veía como si estuviera a punto de liberar todo lo que tenía contenido dentro, pero antes de que Gonza siquiera supiera lo que estaba pasando, Dante se paró y salió furioso de la habitación.

No le estaba molestando. Nada le molestaba.

Camila guió a Mimí hasta el comedor más cercano y la ayudó a sentarse en una mesa en una esquina. Sin decir nada más, se metió en la fila y agarró algo de ceral para ella y una manzana para Mimí. Un paso a la vez era todo lo que Mimí necesitaba.

Mimí trató de sonreír lo mejor que pudo, pero fue un intento fallido y ella lo sabía. ¿Cómo Camila podría esperar que comiera esto cuando acababa de vomitar un pan francés? No tenía sentido. Pero aún así, Mimí mordió un pequeño bocado y permitió que el gusto ácido llenara su boca.

“Ey, señoritas” alguien dijo, sentándose al lado de Camila. Ella se puso nerviosa ante la presencia de alguien antes de mirar y ver al chico de antes sentado al lado de ella. “Qué sofisticado encontrarlas acá”.

“Es el comedor” Mimí largó, claramente poco impresionada con sus habilidades de coqueteo. Borja asintió con su cabeza y sonrió, inclinándose hacia adelante para poder estar cara a cara frente a Mimí.

Camila la ignoró y se dio vuelta para estar frente al chico: “¿Vos no eras Borja?”

Borja asintió con su cabeza y sonrió. Mimí balanceó su mirada entre los dos antes de mirar hacia otro lado y burlarse. No era justo que Camila tuviera a Dante y a este nuevo chico, incluso aunque Mimí pensara que ambos eran irritantes. Ella sabía que los chicos la evitaban. Era bastante obvio. Su peso estaba fuera de control.

“¿No me parece que sepa tu nombre?” Borja dedujo serenamente y Camila miró y señaló a la rubia.

“Ella es Mimí y yo soy Camila”.

Borja se rió entre dientes y se mordió el labio: “¿Como la banda?”

Mimí contuvo su risa estando a punto de atragantarse con su manzana mientras Camila fruncía el ceño. Primer encuentro y él le estaba haciendo recordar que se llamaba como una mala banda de pop latino. Perfecto.

“Bueno, me encantaría quedarme y conversar, pero tengo que llamar a Lucio” él comentó, volteándose y saliendo del comedor hasta llegar a su habitación para poder llamar a su amado novio.

Camila se sentó frente a Mimí, una mirada de decepción se veía en su rostro: “Bueno, eso fue vergonzoso. ¿La banda?”

Mimí se rió una vez más y sacudió su cabeza tratando de parar. Sebastián se acercó confundido y se sentó al lado de ella, sacándole la manzana de la mano y mordiéndola él mismo: “¿Qué es tan gracioso?”

“Eso es mío” ella le arrebató la manzana y la puso dentro de su boca. “Y no es nada que te importe”.

“¿Me veo como una chica que escucha música grasa?” Camila preguntó, agarrando las puntas de su cabello y sosteniéndolas de manera que estuvieran frente a ella. Sí, necesitaba cortarse el cabello, ¿pero que la tildaran de mersa? No creía que fuera tan malo.

“Ese chico nuevo básicamente le dijo que era grasa”.

“¿Hablan de ese chico Borja?” Sebastián preguntó tratando de agarrar la manzana de nuevo. Mimí le alejó la mano de un golpe mientras asentía con la cabeza a su pregunta. “Está loco”.

“Todos lo estamos, ¿no?” Camila tuvo la necesidad de saltar en defensa del chico. Ambos la veían en cierta forma ofendidos hasta que se dieron cuenta en parte de que ella tenía razón.

“No, pero él está literalmente loco” Sebastián insistió, sus ojos se ensancharon mientras el interés que las dos chicas estaban mostrándole comenzaban a alimentar su ego. “Después de que ustedes se fueron, él habló conmigo y con Fran, y de vez en cuando volteaba la cabeza y susurraba algo. Era raro como la mierda”.

“Tal vez estaba sólo…” Camila comenzó pero no pudo encontrar una explicación lógica. No importaba igual porque mientras Dante se sentaba al lado de ella, Sebastián continuó.

“No. Estaba hablando con alguien. Es cosa de chiflados” Sebastián insistió.

Dante frunció el ceño. Normalmente no era tan entrometido, pero considerando los eventos del día, se permitió hacer la pregunta cuya respuesta estaba seguro de conocer: “¿De quién están hablando?”

“Ese chico nuevo Borja” Mimí respondió, tragando el último pedazo de su manzana. Camila le sonrió sintiéndose bastante feliz de ella misma, como si hubiera hecho una buena acción.

“Es un friki, chabón” Sebastián agregó.

Dante sacudió su cabeza mientras la culpa maldecía su cuerpo: “Callate, flaco. No tenés idea de qué carajo estás hablando”.

Camila lo miró sorprendido. Dante no parecía el tipo de chico que defendería alguien que estaba siendo molestado. Pero ahora que Camila lo pensaba, parecía tener sentido. Le había dado una paliza a alguien por burlarse de uno de sus vecinos.

“Sólo estaba diciendo…” Sebastián empezó pero Dante había escuchado demasiado. Se paró y salió del comedor por segunda vez en el día, permitiendo que la puerta se cerrara detrás de él. Los adolescentes miraron confundidos.

Todos estaban pensando exactamente lo mismo. ¿Qué carajo acaba de pasar?

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