Empezó como un juego, es verdad. Pero terminó siendo algo mucho más grande que eso. En su clase de literatura, sobresalía por sobre todos los demás compañeros por su excelente caligrafía y su poder de redacción. Le dijeron que eso sólo no alcanzaba para poder abrirse de verdad. Le dijeron que jamás podría escribir poesía. Él se decidió por tomar el desafío. Se decidió por escribirle a ella, por escribirle el que sería el mejor poema de todos los tiempos. Simplemente tenía que esperar a que llegaran el lugar y el momento adecuado para recibir la inspiración. Pero él era impaciente por demás. No podía quedarse de brazos cruzados sabiendo que tenía poco tiempo y que ella tendría que saberlo. Tendría que saber todo lo que le pasaba a él y quizás, aún quizás, él así tendría una chance de que su amor fuera correspondido. Ella siguió con su vida y él siguió buscando aquella inspiración. Es que lo que sentía era tan grande que no podía ser explicado con palabras. Pero tenía que hacerlo. Ya se había vuelto algo personal. Trató y trató con todas sus fuerzas, pero aquella hoja de papel seguía en blanco. Él no quería arruinarla. No quería mancharla. No hasta encontrar las palabras exactas. El tiempo pasó y él nunca terminó de escribir el poema inconcluso que nunca comenzó. Ella terminó el colegio, fue a la universidad y por lo poco que él sabía, hasta había conseguido un novio. No sólo un amante. Alguien con quien ella se sentía correspondida. Alguien que le hacía sentir lo que nunca nadie pudo, o al menos lo que él no pudo. Él trató de seguir con su vida. Trató de seguir con su mísera vida, tratando de llenar ese vacío existencial en un mundo lleno de mentiras, creadas para poder mantener en pie su alma en pena. No escuchó nada más acerca de ella. No hasta que murió, joven. Se decidió por ir a su funeral, a pesar de haber dejado de formar parte de su vida años atrás y quizás en el fondo, nunca formó parte de la misma. Pero él quería estar allí. Quería despedirla. Y si no podía ser cara a cara, si no podía ser con palabras, lo haría a través de una carta. Así que terminó yendo al velorio, con aquel viejo pedazo de papel que atesoraba más que a su propia vida. Esperó a que se fueran sus padres, que se fueran sus hermanos, sus tíos… Espero hasta que no quedara nadie para así, al menos poder acercarse a su cajón. Apenas soltó un par de lágrimas que fueron suficientes para demostrar lo mucho que ya había llorado su alma en vida. Él ya se había quedado sin lágrimas. Metió las manos en sus bolsillos, sacó de su interior aquel viejo papel aún incompleto para poder apoyarlo sobre el cajón y no pudo evitar preguntarse a sí mismo: ¿Qué habría pasado si aquella carta hubiera sido terminada a tiempo?